
En diciembre de 1908, Víctor M. Salazar, editor, junto con Omar Dengo, de la revista Sanción, reflexionó sobre la historia electoral costarricense y señaló:
“Una sola vez en la historia nacional, la voluntad de los más se ha realizado cumpliendo con su triunfo el principio magno de la democracia; y, aun entonces, la acción violenta hubo de dar a la labor electoral la fuerza que habrá de menester en contra de la imposición y del engaño que los defraudadores de la esperanza popular le pusieran”.
Salazar se refería a los hechos del 7 de noviembre de 1889. En aquella fecha, por la tarde, policías y civiles que apoyaban al candidato oficial, Ascensión Esquivel, desfilaron por las calles de San José lanzando vivas y rechazando el triunfo que las elecciones de primer grado le dieron al partido opositor, cuyo candidato era José Joaquín Rodríguez.
Ese desfile alertó a los oposicionistas, por lo que, por la noche, la capital fue sitiada por varios miles de simpatizantes de Rodríguez. Ante esta amenaza, el presidente Bernardo Soto le entregó el poder al Dr. Carlos Durán, para que este lo traspasara al candidato vencedor.
Al recordar esos hechos, Salazar advirtió:
“Grabados están en la memoria colectiva los nombres y los hechos. Jamás, esa que llaman virtud cívica del patriotismo ha acarreado a un pueblo tanta desventura como a la que a Costa Rica trajo el triunfo de la democracia en el año 1889”.
¿Por qué ese acontecimiento, presentado como un hecho trascendental para la democracia costarricense, era, a su vez, el origen de un periodo de infamia?
Historia de una desventura
La movilización del 7 de noviembre conmocionó el mundo de la política costarricense. La Prensa Libre mencionó alrededor de 7.000 hombres, quienes sitiaron San José en lo que llamó “la noche de San Florencio”.
Así, cuando se efectuaron las elecciones de segundo grado, el 1.° de diciembre de 1889, Esquivel no se encontraba en Costa Rica y sus militares adeptos no habían logrado movilizar gente para su causa.
El historiador Iván Molina Jiménez ha advertido de que los hechos del 7 de noviembre fueron causados por la posibilidad de que un creciente número de electores expresara en las urnas su desasosiego y oposición con las reformas liberales.
De acuerdo con Molina, Costa Rica experimentó una tendencia a la inclusión política de las clases populares, la cual se afirmó en 1885, gracias a que la Constitución de 1871 (restablecida en 1882) prácticamente había instituido el sufragio universal masculino en las elecciones de primer grado.
En ese sentido, la animosidad y la división política producidas por el 7 de noviembre se expresaron en la concreción de partidos políticos, pero también en un creciente autoritarismo del Poder Ejecutivo, expuesto en la actitud del presidente Rodríguez de cerrar el Congreso y perseguir y desterrar a sus opositores.
Asimismo, a mitad de setiembre de 1892, Rodríguez suspendió el orden constitucional, que solo se restableció un año después al convocarse a las elecciones.
Los enfrentamientos, los egos políticos y las individualidades se volvieron a colocar en la palestra política. Lo ocurrido en las elecciones de 1894 volvió más complicado ese escenario de choque.
En los comicios de primer grado, desarrollados entre el 4 y 6 de febrero, la Unión Católica obtuvo una considerable mayoría, gracias a la acción de los círculos y clubes católicos organizados por ese partido en cada provincia, pero el gobierno de Rodríguez hizo que las asambleas electorales de provincia anularan los resultados en lugares donde los católicos habían arrasado.
Luego, el gobierno acusó a la Unión Católica y a su candidato de fraguar una conspiración y, con ese cargo, metió en prisión a su candidato y suspendió las garantías individuales.
Ante eso, los católicos intentaron repetir el movimiento de noviembre de 1889, pero sus acciones solo le dieron la excusa perfecta a Rodríguez para desplegar a los militares y encarcelar a numerosos líderes opositores.
Con el principal partido opositor perseguido y neutralizado, las elecciones de segundo grado se desarrollaron el 1.° de abril de 1894 y Rafael Iglesias obtuvo el triunfo.
La cultura pactista
Lo ocurrido en las elecciones de 1889 y 1894 decantó al menos dos frentes políticos que se reconocieron abiertamente como enemigos: el de los civilistas seguidores de Iglesias y el de los otros liberales que lo veían como un impostor en el poder.
La violencia fue creciendo como opción legítima para ambos bandos, en su carrera por el poder, pues las ofensas se fueron acumulando.
La campaña política con miras a las elecciones de 1897 fortificó esas rencillas, pues Iglesias cambió a su gusto la Constitución para que se le permitiera reelegirse inmediatamente.
Esa violencia tenía un patrón muy claro: ocurría en las villas y ciudades del Valle Central, recurría a cualquier artefacto que pudiera hacer daño al opositor, se producía en la calle, se presentaba en grupos y no temía llegar hasta el asesinato.
Por otro lado, la violencia era un recurso para exponer la animadversión por el contrincante político y para dejar en evidencia el sistema de represión en que estaba el país.
Empero, en agosto de 1901, Iglesias le envió una carta a Cleto González Víquez, entonces destacado abogado y militante de la oposición política, para llegar a un acuerdo que permitiera una transición en 1902.
Gracias a esa correspondencia, el 14 de setiembre se materializó una reunión de Iglesias y algunos de sus allegados con dirigentes del Partido Republicano, de la cual resultó un consenso para postular como candidato presidencial a Ascensión Esquivel.
Muchos opositores no aceptaron esa transacción y su imaginación literaria llevó a uno de ellos, Rogelio Fernández Güell, a denominar a quienes transaron con Iglesias como “el Olimpo”.
¿Resolvió la transacción el problema de la violencia política que se arrastraba desde 1889? Sí.
Las vías seguidas por los opositores a Esquivel fueron las de ir a elecciones, intentar evitar que Esquivel fuera electo como primer designado a la presidencia –mediante una discusión en el Congreso acerca de su lugar de nacimiento– e impugnar las elecciones de segundo grado.
Agotadas esas formas, el 3 de mayo de 1902 hubo un intento de cuartelazo, pero los políticos opositores no participaron en él. Además, Esquivel declaró una amnistía a los militares golpistas un mes después de su fallido intento.
Un país democrático
Los tipos de violencia política que generó el periodo de competencia abierto por la ampliación de la democracia costarricense en la segunda mitad de la década de 1880 desaparecieron en las contiendas electorales de 1906 y 1910.
La propaganda de las campañas de 1905-1906 y 1909-1910 se fue al cuerpo de los candidatos con insultos, valoraciones negativas, chismes y mentiras, pero permaneció en ese nivel de desprestigio, sin involucrar el enfrentamiento cuerpo a cuerpo.
De esa forma, las elecciones habían logrado insertarse en el discurso de la identidad nacional costarricense, como una parte fundamental de la expresión de su particularidad.
A mitad de la década de 1910, el joven estadounidense Dana G. Munro conversó ampliamente con González Víquez, Iglesias y Ricardo Jiménez, quienes le aseguraron que, desde 1902, Costa Rica vivía una plena democracia liberal.
Munro escribió en su diario personal:
“Para 1914, los costarricenses aseguraban, con mucha razón, que ellos tenían el gobierno más democrático en América Latina. La prensa gozaba de libertad y no había presos políticos.
”Todos los cinco presidentes que estaban con vida residían en el país y usualmente se les convocaba para contar con su criterio cuando se discutían asuntos de gran importancia.
”El Ejército era pequeño. Los costarricenses se ufanaban por tener más maestros que soldados”.
Ante el periodo de autoritarismo y falta de libertades vivido entre 1890 y 1902, los costarricenses supieron responder fortaleciendo las elecciones, lo cual llevó a un primer esplendor de su democracia.
david.diaz@ucr.ac.cr
David Díaz Arias es profesor catedrático de la Escuela de Historia de la Universidad de Costa Rica (UCR).
