
La derrota de Teherán por parte de Washington ha resultado más difícil de conseguir de lo que el presidente Donald Trump esperaba.
Después del éxito de la operación “Determinación Absoluta”, que culminó en pocas horas con la captura de Nicolás Maduro y su esposa, y con la ascensión de Delcy Rodríguez, la vicepresidenta venezolana en funciones, a la presidencia de Venezuela, Trump estaba convencido de que una intervención armada en Irán no solo sería exitosa, sino que sería cosa de días. Incluiría, estimó, la desaparición de su programa nuclear, la destrucción de la flota de misiles balísticos, el desmantelamiento de las milicias regionales financiadas por el régimen chiita y el recambio de autoridades.
El pasado 28 de febrero, las fuerzas aéreas israelíes y estadounidenses lanzaron una ofensiva conjunta contra la República Islámica de Irán.
Los primeros éxitos militares fueron apabullantes, sin lugar a dudas: la plana mayor de la dirigencia político-religiosa fue aniquilada; la capacidad ofensiva iraní, seriamente degradada; Teherán, parcialmente destruido, y las instalaciones nucleares, seriamente dañadas.
Sin embargo, Irán sigue en posesión de unos 400 kilogramos de uranio enriquecido al 60% y ha respondido atacando no solo las bases estadounidenses establecidas en la región, sino también objetivos económicos en los países árabes percibidos como aliados de Estados Unidos. Y lo más grave de todo: prácticamente ha cerrado el estrecho de Ormuz, por donde circulan el 20% del petróleo mundial, el 20% del gas y el 30% de los fertilizantes.
Si bien nadie pone en cuestión los éxitos militares, la falta de estrategia clara en el plano estratégico-político ha tenido como consecuencia cierta confusión desde el punto de vista militar.
Estados Unidos ha cesado sus ataques aéreos (Israel los ha mantenido, al tiempo que persigue una ofensiva a gran escala en Líbano, en contra de Hezbolá, la milicia chiita) y Washington ha movilizado miles de soldados de infantería que van camino a Oriente Medio, lo que podría significar la ampliación del conflicto. No está claro.
Al mismo tiempo, los indicios de una posible negociación se multiplican. Varios países, entre ellos Turquía, Egipto y Pakistán, tratan de acercar posiciones entre los dos adversarios. Mientras que el presidente estadounidense compartía en redes sociales un mensaje del primer ministro pakistaní en el que ofrecía a su país como sede para facilitar conversaciones significativas y concluyentes para un acuerdo exhaustivo que ponga fin al conflicto, los enviados Steve Witkoff y Jared Kushner dialogaban desde el sábado, según el mandatario, con una desconocida figura iraní con la que los estadounidenses estarían en negociación, cosa que los iraníes desmienten.
Por intermediación del gobierno de Pakistán, la administración Trump hizo llegar a Teherán una propuesta de paz que recoge básicamente los términos del acuerdo negociado por Barack Obama, suscrito entre Irán y los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad en 2015 y que el presidente Trump denunció durante su primer mandato en 2018.
A las garantías del uso para fines pacíficos de la energía nuclear a cambio de un relajamiento de las sanciones, se añaden el desmantelamiento del programa de misiles, el cese de ayuda a las milicias chiitas y la libre circulación por el estrecho de Ormuz. Términos que Teherán ha rechazado.
Para que haya una negociación exitosa, el cese de hostilidades y la reapertura del estrecho de Ormuz a la navegación internacional, ambos contrincantes tienen que poder decir que han ganado. Ambas partes deben poder construir una narrativa creíble que les permita establecer algún tipo de coexistencia pacífica en el futuro.
Es irónico, pero tanto Irán como Estados Unidos están frente a la misma disyuntiva: o encuentran un modus vivendi o los costos serán enormes para ellos, así como para el resto del mundo.
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Cristina Eguizábal Mendoza es politóloga.