
En 1942, intrigado por el nazismo, el teórico político alemán Franz Neumann (1900-1954) escribió: “El poder carismático ha sido ignorado y ridiculizado durante mucho tiempo, pero aparentemente tiene raíces profundas y se convierte en un poderoso estímulo una vez que se dan las condiciones psicológicas y sociales adecuadas”.
¿Qué tipo de personas eran necesarias para que un proyecto maligno como el nazismo creciera y se consolidara en una sociedad como la alemana de la década de 1930?
La personalidad autoritaria es un concepto construido por un grupo de científicos sociales de la Universidad de California en Berkeley (entre quienes estaba la psicóloga polaco-austríaca Else Frenkel-Brunswik), liderados por el filósofo Theodore Adorno y cuya meta era entender cómo había llegado al poder el nazismo en Alemania.
La investigación se desarrolló en Estados Unidos, con ciudadanos de ese país, en el contexto de la etapa final de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y de las terribles revelaciones sobre el Holocausto. Los resultados se publicaron como libro en 1950.
Para evaluar los hallazgos, el grupo de investigación produjo la “escala F”, la cual medía el grado de autoritarismo en una persona.
A partir de allí, se destacaron nueve rasgos de la personalidad autoritaria:
1) una rígida adherencia a los valores de clase media.
2) sumisión a las autoridades morales.
3) apoyo a la violencia en contra de quienes violaban los valores convencionales.
4) superstición.
5) disposición a pensar en categorías sociales rígidas (estereotipos).
6) generalizada hostilidad y cinismo.
7) identificación exagerada con figuras poderosas.
8) creencia en que hechos salvajes y peligrosos ocurrían en el mundo.
9) una exagerada preocupación por las actividades sexuales de los otros.
Crítica
Según los hallazgos, la personalidad autoritaria se alimentaba de las percepciones de amenazas sociales, la desconfianza política, prejuicios, inseguridades, ansiedades, resentimientos, odios, ira, sentimientos de pérdida y se vinculaba con una fuerte creencia en la necesidad de enlistar las metas deseables para preservar la estabilidad social supuestamente amenazada.
Esa teoría fue recibida de forma muy crítica por otros investigadores, quienes alertaron de que la mayoría de las características asociadas con la personalidad autoritaria correspondían a personas con un alto grado de ansiedad. Otros criticaron la “escala F”, al concebirla como un valor predeterminado, de forma que los hallazgos podrían haber sido afectados para satisfacer la idea preconcebida que alimentó todo el estudio.
No obstante, a pesar de las críticas, la teoría ha sido utilizada múltiples veces para explicar el nacimiento de gobiernos autoritarios. Además, lamentablemente (porque es un indicador de lo que sucede) se ha puesto de moda últimamente para tratar de entender el retorno al poder en Occidente de líderes con tendencias autoritarias.
De hecho, el proyecto Open-Source Psychometrics tiene colgado en su sitio electrónico la prueba de medición de personalidad autoritaria y cualquier persona puede realizarla.
Investigadores que han profundizado en el análisis de grupos políticos extremos, como neonazis o miembros del Ku Klux Klan, también han anotado la forma en la cual sus miembros reclutan más personas a su causa.
Así, han indicado que esos grupos son diestros al escoger personas con sentimientos de alienación, incompetencia y desempoderamiento para convertirlas en parte de un ethos colectivo con sentido de propósito ontológico. Es decir, les proporcionan una identidad (un sentido de pertenencia) que les incrementa la autoestima y potencia sus deseos de “venganza”.
¿Qué tipo de liderazgo está a la cabeza de movimientos así?
En 1964, el psicoanalista Eric Fromm acuñó el concepto “narcisismo maligno” para referirse a un tipo severo de personalidad narcisista, a la cual visualizó como la quintaesencia del mal, principalmente por su falta de empatía y moralidad.
Al estudiar el culto a los líderes autoritarios de movimientos violentos, Steven Hassan ha utilizado el concepto de Fromm para subrayar el perfil maligno-narcisista que reside en esas personas.
Hassan las caracteriza por tener un comportamiento grandioso y egocéntrico, por desarrollar fantasías sobre su poder, su éxito y su atractivo físico, por padecer siempre de la necesidad de recibir elogios y admiración (hasta el punto de demandar devoción), por creer que su excepcionalidad les permite obtener lo que sea que quieran (riqueza, sexo, devoción, trato especial, sentirse por encima de la ley) y por la falta de empatía.
Los líderes maligno-narcisistas, según Hassan, se alimentan de la envidia y del uso de técnicas para confundir y mentir; esto último, particularmente expuesto en su capacidad para lanzar una gran cantidad de información, la mayoría contradictoria y falsa, lo cual les permite atosigar y ralentizar el pensamiento crítico.
Hassan señala que esos líderes mienten sobre casi cualquier cosa, desde el estado del mundo hasta el tamaño y la devoción de sus adoradores. Por supuesto, se les reconoce por tener un comportamiento violento y por su obsesión de percibir enemigos por todas partes.
Históricamente, ha habido muchos tipos de líderes maligno-narcisistas a quienes sus seguidores les han rendido culto. Esos líderes, asimismo, cargan en sus espaldas con una gran cantidad de muertos.
Pero la historia también muestra la capacidad de los críticos para erosionar esos liderazgos y poner en aprietos su culto, a partir de insistir en enfrentar las mentiras y las políticas autoritarias y de exclusión. La gente común les ha puesto final a esos cultos, además, gracias a su capacidad por liberar a sus familiares y amigos del dominio que los obnubila.
La historia no solo brinda ejemplos de terror, sino también de esperanza.
david.diaz@ucr.ac.cr
David Díaz Arias es profesor catedrático de la Escuela de Historia de la Universidad de Costa Rica (UCR).
