W. Edwards Deming (1900–1993) lo dijo sin rodeos: “Sin datos, usted es solo otra persona con una opinión”. Es una frase incómoda, especialmente en un espacio como este. Porque sí, esta es una columna de opinión. Pero no todas las opiniones son iguales. Y no deberían serlo.
“Bajo la lupa” nace de algo simple: mirar mejor. Detenerse un poco más. Cuestionar lo que parece obvio. No para ganar una discusión, sino para no perder la capacidad de aprender.
En medicina, esto es bastante claro: la opinión, incluso la de un experto, está en el nivel más bajo de la evidencia. No porque no tenga valor, sino porque es lo más expuesto a sesgos, intuiciones y errores. La experiencia orienta, pero no reemplaza los datos. Y esa lógica no debería limitarse al ámbito clínico. En una época de sobreexposición a la información, discriminar se vuelve una tarea imprescindible.
Saber no es un golpe de suerte: requiere observar, medir, comparar y, sobre todo, cuestionar. El método científico no está hecho para confirmar lo que creemos, sino para ponerlo a prueba; idealmente, para intentar refutarlo. Si una idea sobrevive, se acepta… siempre de manera provisional. Porque la ciencia no es rígida: se corrige, se ajusta, cambia cuando aparecen mejores datos. Esa capacidad de cambiar no es una debilidad; es justamente su fortaleza.
Fuera de ese marco, sin embargo, solemos hacer lo contrario. Opinamos primero y buscamos después –si es que buscamos– algo que lo respalde. Ahí aparece el sesgo de confirmación: esa tendencia a quedarnos con lo que valida lo que ya pensamos y a descartar lo que lo contradice. Este sesgo, además, se ve amplificado por los algoritmos de las redes sociales, que nos muestran más de lo mismo y terminan armando verdaderas “cámaras de eco”.
Las consecuencias no son menores. En salud, se traduce en decisiones basadas más en percepciones que en evidencia. En política, en posturas firmes construidas sobre datos incompletos –o directamente inexistentes–, en debates reducidos a consignas, en certezas que no toleran preguntas. Poco a poco, se instala la idea de que todas las opiniones valen lo mismo, aunque no estén igual de sustentadas.
Cuando eso pasa, se distorsionan las prioridades, se erosiona la confianza en el conocimiento y terminamos tomando decisiones colectivas sobre bases frágiles. Se pierde algo esencial: la disposición a cambiar de idea frente a la evidencia.
Se vuelve normal discutir sin entender.
Hace siglos, Sócrates proponía algo, aún hoy, necesario: preguntar. Preguntar hasta encontrar contradicciones, hasta reconocer lo que no se sabe. “Solo sé que no sé nada” no es modestia; es método.
Mirar bajo la lupa es, en el fondo, aceptar la incomodidad de no tener la respuesta en dos segundos. Es pedir evidencia, sobre todo cuando la opinión nos resulta convincente, ya sea porque la dijo alguien importante o porque confirma lo que ya pensábamos.
No voy a fingir que esto es fácil, ni que yo lo hago siempre. Pero la diferencia entre creer y saber no es un detalle menor. Es, a la larga, lo que separa una buena decisión de un disparate bien presentado.
De esos, ya tenemos demasiados.
avilaaguero@gmail.com
María Luisa Ávila es pediatra infectóloga, jefa del Servicio de Infectología del Hospital Nacional de Niños y miembro de la Academia Nacional de Ciencias y de la Academia Nacional de Medicina.