
El 15 de setiembre de 1842, el general Francisco Morazán fue fusilado, atado a un árbol, en el parque Central de San José.
Según la historiadora Clotilde Obregón, alguien grabó entonces un mensaje en una pared cercana al parque: “El 15 de setiembre del año 42, Morazán dio cuenta a Dios para que el mundo se acuerde”.
La muerte del campeón de la Federación Centroamericana (1825-1839) fue un golpe muy fuerte para el proyecto centroamericano, pero provocó una decisiva discusión en Costa Rica sobre la necesidad de consolidar el orden republicano.
Y a finales del siglo XIX, cuando Morazán se convirtió en el héroe a recordar en los países del norte de Centroamérica, a Costa Rica le tocó lidiar con el asunto de haber sido el lugar donde se le mató.
Así, con motivo de la organización de las primeras exposiciones nacionales y por la cercanía de la realización de una conferencia diplomática centroamericana en San José, el gobierno costarricense decretó, el 15 de setiembre de 1887, la construcción de un parque consagrado a la memoria de Morazán.
Esa iniciativa provocó una discusión en la prensa nacional sobre cómo recordar al caudillo hondureño en suelo costarricense, pero, más importante aún, permitió discutir si Costa Rica era un pueblo pacífico que no temía levantarse contra el autoritarismo.

De santo a invasor
El alcalde primero de Aserrí, Hilarión Aguirre, inauguró el debate el 15 de setiembre de 1887, al narrar una historia muy particular.
Según él, durante el fusilamiento de Morazán, cerca del pelotón de soldados se encontraba “un grupo especial de mujeres del pueblo”, entre las cuales sobresalía una llamada María Candelaria, “alta, gruesa, negra, de cabellos crespos, de frente estrecha, de ojos grandes y nariz y labios gruesos”, con unos 35 años encima.
Cuando Morazán pasó su mirada por la multitud, la vio: “Ella se conmovió visiblemente. María era muy pobre y devota de san Francisco y le ofreció a este que encendería dos reales de candelas para que hiciese lo menos dolorosa posible la muerte del general”.
Aguirre apuntó que el 15 de setiembre de 1882 fue llamado por María Candelaria para que le tomara su testamento; entonces, le pidió “que le consignara en una cláusula, que le debía encender dos reales de candelas a san Francisco Morazán para que le facilitara el tránsito de esta a la otra vida”.
El notario le preguntó a la moribunda por qué creía que aquel hombre era santo y ella respondió: “Porque fue bueno y porque fue mártir”.
Aguirre utilizó la historia de María Candelaria para asegurar que la lucha de Morazán había sido ejercida por el bienestar de los centroamericanos y justificar así que tenía un sitial incuestionable en el recuerdo nacional.
Unos días después, el joven Francisco Sáenz consideró la medida del gobierno como “un procedimiento inconsulto, porque no está en sus atribuciones y porque, aunque lo estuviera, el general Morazán, lejos de haberse creado méritos, fue funesto para Costa Rica”.
¿Por qué funesto? Saénz alegó que Morazán “entró en este país como invasor protegido por la traición, derrocó la administración progresista de don Braulio Carrillo” y usó el poder para intentar reconstruir la Federación.
Saénz sentenció: “No se habrá olvidado que el pueblo costarricense, sintiéndose ultrajado por la invasión y amenazado más tarde en personas y bienes, fue el que rompió con su proverbial mansedumbre y, a costa de su sangre, levantó muy alto el estandarte de la libertad”.
Para Sáenz, era más justo dedicar el parque a la memoria de Braulio Carrillo o Juan Rafael Mora Porras.
Otro articulista, quien firmó como M. Robleto, entró en el debate para pedir que se siguiera la “lógica evangélica del perdón misericordioso” y conciliar así el actuar del gobierno.
Robleto argumentó que el deseo noble de Morazán chocó con los intereses del pueblo costarricense, “muy ajeno al espíritu de conquista” y, en un ataque de “delirio”, cometió el “error” de fusilar al general.
Derecho natural
La polémica siguió por semanas y en ella participaron ciudadanos como Carlos Saborío, Octavio Quesada y otros que utilizaron seudónimos, pero fue el abogado Julián Volio quien asumió la batuta de enfrentar el proyecto de ley.
En una serie de artículos publicados entre noviembre y diciembre de 1887, Volio argumentó como baladí usar la construcción de un parque para expiar el pecado de haber fusilado a Morazán y cuestionó los honores que se le rendían al general.
Además, para respaldar con documentación histórica sus argumentos, Volio intentó reconstruir el paso de Morazán por Costa Rica y los sucesos que llevaron a su fusilamiento, el cual consideró como un derecho universal de cualquier pueblo contra un tirano.
Volio indicó: “Costa Rica, al ejecutar al hombre que por tres días consecutivos la ametralló después de haberles causado toda clase de vejámenes, no hizo más que usar un derecho natural que todos los pueblos y en todos los tiempos han ejercido sin contradicción”.
Y en otro de sus aportes subrayó: “Nuestro único héroe es Juan Santamaría, voluntariamente inmolado para salvar la vida de un ejército. No admitimos aquí semidioses, ni héroes, ni genios de cartón (…)”.
Empero, el gobierno no cambió su parecer: el 15 de setiembre de 1888, inauguró el parque para recibir a los diplomáticos centroamericanos.
La discusión sobre el nombre del parque dejó al descubierto la lucha entre un discurso nacionalista sobre la “diferencia” costarricense y sus vínculos con Centroamérica.
Justamente, esa lucha de separación y unidad se hizo presente en un desfile que festejó la Independencia, la dieta centroamericana y las exposiciones nacionales el 16 de setiembre de 1888.
Ante la mirada de los delegados centroamericanos, rodó un carruaje en el que “eran conducidas cinco niñitas que representaban el cuadro alegórico de las cinco repúblicas de Centroamérica presididas por la Libertad”.
david.diaz@ucr.ac.cr
David Díaz Arias es profesor catedrático de la Escuela de Historia de la Universidad de Costa Rica (UCR).
