Juan Carlos Mora Montero. 3 mayo

El año pasado, en uno de los momentos más críticos de la pandemia, en Europa, varios países de los más desarrollados sufrieron desabastecimiento de artículos sanitarios indispensables, como oxígeno, mascarillas y batas.

Finlandia donó a las naciones con mayores carencias estos insumos, mientras conseguían reactivar la producción propia. ¿Por qué a los finlandeses les fue posible apoyar a sus vecinos? ¿Acaso no correrían la misma suerte?

De acuerdo con el investigador prospectivista Freddy Vargas, de Perú, Finlandia construyó una serie de búnkeres subterráneos en los cuales fue almacenando, a lo largo de 40 años, alimentos, medicamentos, productos sanitarios y otros artículos básicos para atender un posible invierno nuclear causado por el estallido de la tercera guerra mundial en los Balcanes, que se extendiera por toda Europa.

Finlandia basó su planificación a largo plazo pensando en algo que el acaudalado empresario indioestadounidense Vinod Khosla llama la hipótesis del cisne negro.

El concepto fue acuñado por Nassim Taleb y se trata de un evento de muy baja probabilidad de ocurrencia, pero de enorme impacto. Tiene la característica adicional de que sus causas son fáciles de descifrar después de sucedido.

Según Khosla, las empresas y los países que fundamentan su planificación a largo plazo en la hipótesis del cisne negro obtienen el mayor éxito en el futuro.

Aprovisionarse. La hipótesis consiste en pensar de manera metódica y sistemática en eventos disruptivos capaces de alterar nuestras vidas y, por ende, significa estar preparados para lo peor, porque, de darse, las personas habrán desarrollado capacidad de anticipación y resiliencia.

Además de Finlandia, también son ejemplos la empresa Shell, la unificación de Sudáfrica, la creación de Dubái, el surgimiento comercial de China, el atentado de las Torres Gemelas y la crisis inmobiliaria del 2008.

Lo común es que empresas y países prefieran creer más en proyecciones y pronósticos del futuro basados en comportamiento histórico de las variables clave, especialmente económicas, que en la posibilidad de que el mañana ofrezca rupturas absolutas de lo que ha venido ocurriendo. Esto tiene que ver con una actitud de control del porvenir que el ser humano necesita, porque le aterra la incertidumbre.

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«Resulta más que probable que lo que nos aguarda en el futuro no sea un escenario dominado por los tradicionales pronósticos de la econometría, sino más bien un ámbito en el que las circunstancias que hoy consideramos improbables acaben convirtiéndose en el saber popular del mañana», explica Khosla.

Para trabajar con la hipótesis, lo primero que debe tener en cuenta un negocio, una familia o un país son las peores y las mejores condiciones en las cuales se ve a corto, mediano y largo plazo. ¿Qué podría suceder en el futuro que amenazaría nuestra existencia o la haría muy placentera?

De la pregunta derivarán varias respuestas, una de ellas es que se está preparado y la otra es que no lo está. Este ejercicio estimula lo que Khosla describe como un entorno dinámico de competencia creativa y brillantez colectiva; saldrán las ideas más brillantes para alistarse para el cambio.

Naturaleza humana en contra. Pareciera una práctica natural en todos los ámbitos del desempeño, pero no es así. Al contrario, la inercia humana promueve las zonas de confort, espacios donde de alguna manera se siente más control de la incertidumbre que depara el porvenir; al fin y al cabo, el ser humano siempre buscará la seguridad y el dominio sobre lo que desconoce.

Entonces surgen las tácticas de resistencia a las variaciones con las cuales un conspirador del futuro topará: «No hay tiempo para pensar en eso», «el futuro nadie lo sabe», «no es que sea negativo sino realista», «para qué hacerlo de otra manera si nos ha estado yendo bien», «que lo cambie otro», «alguien debería hacer algo», «esperaremos que surja un líder como en el pasado», «eso es estar a favor del mercado, «no hay evidencia de los beneficios»... en fin, la lista es muy extensa cuando de renuencia se trata.

Investigadores han señalado que la actitud de negarse al futuro que no nos gusta lleva a considerar los cambios como irrelevantes, dada la magnitud de las dificultades implícitas.

¿Qué pasaría si un equipo de fútbol se preparara para partidos de 90 minutos exactos, con los 11 jugadores sin pensar en tiempo de reposición, expulsiones, lesiones, etc.? ¿Qué si un chofer de bus llena el tanque con la gasolina exacta para un viaje, el tiempo medido y sin seguro para pasajeros? ¿Qué si un gobierno se alista para sus cuatro años contando con su plan presentado en campaña, con un equipo de apoyo poco entrenado, con los recursos exactos y algunos sin identificar? ¿Qué si un país se pone metas con miras al 2030 o el 2050 pensando que las manos invisibles equilibrarán las balanzas y se mantendrá una tendencia lineal de acontecimientos similares al pasado?

En el deporte, el cine, el arte, la literatura, la ciencia, la tecnología y hasta en la vida personal, pensar linealmente tiene un único final: el fracaso. Ahí, radica la necesidad del pensamiento disruptivo y la utilización de la hipótesis del cisne negro para, con apertura mental, presuponer que todo va a ocurrir y quizá no haya nada imposible.

Mentes previsoras. Se cuenta que entrenadores de equipos de fútbol llevan a cabo prácticas previendo uno y hasta dos jugadores expulsados, se entrenan en tiempos no de 45, sino de más minutos. Un jugador de campo practica para portero, y el saber popular manda «por aquello» o «por si acaso».

Finlandia lo hizo y también Sudáfrica, Shell y Correos de Costa Rica; así como el expresidente Trump cuando, para llegar primero en la carrera por las vacunas, financió con recursos del país buena parte de las investigaciones en laboratorios y universidades.

Así, actuó la persona anónima que habiéndose quedado sin trabajo durante la pandemia sacó ventaja de su capacidad para los postres, que había aprendido a preparar en un curso por aquello de que se quedara sin trabajo.

El factor común entre los casos señalados es la forma diferente de relacionarse con el futuro, una actitud conspiradora y la creencia en que el éxito o la estabilidad del pasado no son necesariamente la constante, sino el cambio.

El autor es docente en la UNA y la UCR.