
Durante décadas, la economía internacional se organizó en torno a la apertura comercial, la integración de las cadenas globales de valor, la búsqueda sistemática de eficiencia y un rol central de los organismos multilaterales. En ese contexto, la economía y la geopolítica operaban, al menos en parte, como esferas separadas.
Las relaciones comerciales entre países se desenvolvían, en general, bajo marcos de reglas relativamente claras y previsibles, tanto entre bloques económicos como en las relaciones bilaterales, lo que reducía la incertidumbre para la inversión, la producción y el comercio internacional. Ese mundo que conocíamos pareciera estar desapareciendo.
Estamos entrando a un entorno más fragmentado, político y estructuralmente volátil. Las tensiones geopolíticas dejaron de ser episodios aislados para convertirse en un factor permanente que condiciona el comercio, inversión, energía, la tecnología y, en última instancia, los precios y el crecimiento. Este cambio no es retórico. Es profundo. Y plantea desafíos especialmente complejos para economías abiertas como la de Costa Rica.
A continuación, presentamos cinco tendencias que están redefiniendo el funcionamiento de la economía global.
1 La economía deja de ser neutral
Hoy los países no comercian libremente con cualquier otro: o se es aliado… o se es un riesgo. Las decisiones económicas ya no se toman únicamente con criterios de oportunidad, costos, productividad o eficiencia. Cada vez más, se toman con base en criterios de seguridad, poder y alineamiento geopolítico.
En Estados Unidos, se ha decidido proteger y subsidiar de forma activa la producción doméstica, incluso cuando esta resulta más costosa que la alternativa externa. Europa, por su parte, condiciona el acceso a su mercado a exigencias regulatorias, políticas y ambientales cada vez más estrictas. China, en paralelo, ejecuta una estrategia explícita de autosuficiencia tecnológica y expansión de su capacidad manufacturera, al tiempo que restringe la exportación de minerales críticos y ejerce una presión creciente sobre las empresas extranjeras que operan en su mercado.
El gasto militar ilustra también con claridad este giro. Durante años, el mundo destinó menos del 2% del PIB a defensa. Hoy el gasto global se acerca al 2,5% o 3% del PIB. Estados Unidos supera el 3,5% y Rusia se aproxima al 7%. Más gasto militar, controles tecnológicos y subsidios estratégicos se han convertido en la nueva normalidad. El cambio es fundamental: la economía deja de ser un espacio técnico y pasa a ser un instrumento de política de poder.
2 La globalización se está fragmentando
El comercio mundial crece a una tasa inferior al de la propia economía global y la inversión extranjera directa se está fragmentando, adoptando un perfil cada vez más defensivo y estratégico. Al mismo tiempo, las cadenas globales de valor se están acortando.
Pasamos de una globalización en la que los países y empresas escogían libremente a quién venderle y comprarle, a un esquema en el que el comercio y la inversión se organizan por bloques.
Durante décadas, las empresas fragmentaron su producción en múltiples países para reducir costos y explotar ventajas competitivas. Hoy, en cambio, acortan cadenas de suministro, reducen proveedores lejanos, relocalizan procesos, priorizan esquemas regionales y aceptan estructuras de costos más altas a cambio de una menor exposición a riesgos geopolíticos, regulatorios, ambientales y logísticos.
A este cambio estructural se le suman nuevas barreras: aranceles, subsidios, restricciones a las exportaciones y bloqueos tecnológicos. El resultado es una menor integración global, mayores costos de producción, más incertidumbre para la inversión y un entorno particularmente desafiante para economías pequeñas y abiertas que dependen del comercio y de los flujos de capital.
Conviene subrayar, además, que la globalización que hoy se está revirtiendo ha sido el motor central de crecimiento económico que permitió sacar a cientos de millones de personas de la pobreza y contribuyó a una reducción significativa de la desigualdad. El retroceso de esta dinámica plantea riesgos adicionales para la estabilidad económica y política.
3 Tierras raras que hoy valen más que el petróleo
Quien controla los minerales controla el futuro. Ya no se trata de precio, sino de valor estratégico.
Los minerales críticos como el litio, las tierras raras, el galio y el germanio, y otros insumos estratégicos son hoy indispensables para producir semiconductores, baterías, vehículos eléctricos, turbinas eólicas, radares, misiles, teléfonos inteligentes, sistemas de inteligencia artificial y equipos médicos.
A diferencia del petróleo, que puede ser sustituido parcialmente por electricidad, biocombustibles o hidrógeno, muchos de estos minerales no tienen sustitutos tecnológicos viables. En varios casos, no es solo un problema de precio, sino de imposibilidad técnica. Por eso, el mundo enfrenta una carrera abierta por asegurar fuentes cercanas, confiables y políticamente alineadas de estos minerales, transformándolos en un activo estratégico tan sensible o más que la energía en el siglo XX.
China controla una parte muy relevante de la extracción global y más del 80% del procesamiento de varias tierras raras. Esto convierte esos insumos en verdaderas herramientas geopolíticas. Los recursos estratégicos dejan de ser simples materias primas para transformarse en instrumentos de presión y negociación internacional.
4 La migración ha vuelto a ser un fenómeno económico y político
Millones de personas migran no tanto por elección, sino porque no pueden vivir ni trabajar con un mínimo de estabilidad en sus países de origen. Este patrón no es nuevo; es similar al observado a finales del siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX, cuando los grandes flujos migratorios respondían a crisis económicas, conflictos políticos y profundas brechas de oportunidades entre países.
La migración responde cada vez más a procesos de inflación persistente, pérdida del poder adquisitivo, falta de empleo formal, inseguridad, autoritarismo y persecución política. A diferencia de otros momentos históricos, los flujos actuales son más masivos, rápidos y con mayor capacidad de desarraigo en periodos muy cortos.
El problema es doble. Por un lado, más personas se desplazan desde países que no logran despegar hacia economías que, al mismo tiempo, enfrentan un menor crecimiento como Europa. Por otro, el mundo envejece, pero políticamente se resiste a abrir sus fronteras.
5 La economía crece… pero sin empleo
Crecemos en PIB, pero no en trabajos. La tecnología, la automatización y la inteligencia artificial permiten producir más con menos trabajadores. El resultado es una economía que puede expandirse sin generar mayores puestos de trabajo ni mejorar de forma generalizada los ingresos de los hogares. La productividad aumenta, pero el empleo y los ingresos se concentran. El crecimiento se vuelve compatible con mercados laborales más frágiles y una mayor percepción de exclusión.
Un mundo distinto exige respuestas distintas
Este nuevo entorno pone a prueba a todos, pero con mayor intensidad a países pequeños y abiertos como Costa Rica. Pone a prueba nuestros modelos de inserción internacional, nuestras estrategias de atracción de inversión, política cambiaria, competitividad y, en el fondo, muchas de las creencias sobre cómo funciona la economía global.
Este nuevo entorno reduce el margen de Costa Rica para escoger, con libertad, sus socios comerciales y estratégicos. Al mismo tiempo, nos obliga a plantear una pregunta de fondo: ¿qué modelo de país necesitamos para los próximos 30 años?, ¿sigue siendo realista planificar a tan largo plazo en un mundo crecientemente volátil y fragmentado?
Probablemente, el desafío no sea elegir entre visión de largo plazo o capacidad de reacción, sino construir un modelo de país que combine ambos, una estrategia clara, pero con instituciones capaces de adaptarse rápido a cambios en reglas, mercados y alianzas. En este contexto, el enfoque tradicional del “nadadito de perro” dejó de ser una opción viable.
dortiz@cefsa.cr
Luis Liberman y Daniel Ortiz son economistas.