
Con una Unión Soviética deshaciéndose a pedazos, el 1.° de agosto de 1991, el entonces presidente estadounidense, George Bush, aterrizó en Kiev para ofrecer a los parlamentarios ucranianos un sermón bienintencionado en el que los instó a renunciar al “nacionalismo suicida” y, en suma, a seguir rindiendo pleitesía al imperio ruso. La exhortación fue soslayada. El 24 de agosto, 346 diputados contra apenas 2 votaron a favor de la independencia, refrendada el 1.° de diciembre por amplia mayoría de los ciudadanos.
Es cierto que la administración republicana temía que el colapso de la Unión Soviética desatara inestabilidad. Pero la ceguera sobre las raíces históricas de la aspiración ucraniana, combinada con la obsesión del consejero de Seguridad Nacional, Brent Scowcroft, por una “estabilidad” en términos de Moscú, llevó a Bush a cometer uno de sus dos peores errores de política exterior. El columnista del New York Times, William Safire, apodó la homilía como Chicken Kiev Speech, en protesta por lo que consideró un colosal error de juicio y excesiva complacencia con Moscú.
Aun así, aquel traspié palidece frente a la grotesca combinación del ahora Chicken a la Trump, con salsa rusa: una mezcla de desdén de Donald Trump hacia Ucrania, su insólito empeño en castigar al país agredido y una indescifrable colusión con los intereses de Vladimir Putin.
El reciente plan de paz –inequívocamente prorruso, como evidencian las filtraciones de las conversaciones del enviado especial Steve Witkoff– es la cereza de un pastel de concesiones que compromete los logros internacionales de Trump. Más inquietante aún, arriesga situarlo en la categoría de gobernantes cuya ceguera geopolítica los condenó a la infamia. Como Neville Chamberlain cuando, en 1938, creyó haber conjurado la amenaza de Hitler entregándole los Sudetes checos. La historia, implacable, rara vez absuelve semejantes capitulaciones.
Lo más perturbador es que la postura de Trump parece trascender la torpeza política para asemejarse a la conducta de un presidente condicionado por temores hacia Moscú. No debe olvidarse que el convicto sexual Jeffrey Epstein ofreció información sobre Trump a los rusos –a través del ex primer ministro noruego Thorbjorn Jagland– en junio de 2018. Un año después, Epstein volvió a ser arrestado y, se dice, se suicidó en prisión.
Además, nada en la conducta del presidente estadounidense recuerda la sofisticación de la jugada a tres bandas de Henry Kissinger, quien en 1971 supo explotar la rivalidad sino-soviética para abrir el diálogo con Beijing, fracturar el bloque comunista y reposicionar a Estados Unidos, incluida una salida más digna de Vietnam.
Lo que sí queda claro es la traición flagrante a los principios que Estados Unidos defendió durante décadas frente a dictaduras y tiranos, principios cincelados con mucha sangre. No solo fueron puestos a prueba en dos guerras mundiales y forjaron la doctrina de la contención, que prohibía tolerar pérdidas territoriales o ideológicas por pequeñas que parecieran, pues cada renuncia corroía la credibilidad estadounidense. Ese credo llevó a Washington a intervenir en Corea en 1950, en Indochina –Vietnam incluido– y a compromisos globales que configuraron el orden liberal posterior a 1945. Trump, al plegarse a Putin, dinamita esa tradición.
Ahora, las implicaciones del plan prorruso son desalentadoras. Ucrania debería entregar territorios que Rusia no ha podido conquistar por las armas, a pesar de tener el tercer ejército más poderoso del mundo. Además, Ucrania recibiría nebulosas garantías de seguridad, la OTAN tendría prohibido asentarse en su territorio y se otorgan abundantes señales que favorecen futuras agresiones de Rusia a países europeos.
Trump parece ignorar el sufrimiento histórico del pueblo ucraniano, quizá el más golpeado de Europa en su búsqueda de independencia. Probablemente, nadie le ha hablado del Holodomor, la hambruna que Stalin provocó en 1932-1933 y que mató a millones de ucranianos. Tampoco de la represión sistemática contra la lengua ucraniana ni de los cientos de miles de víctimas de las purgas estalinistas; una violencia tan profunda que llevó a muchos a recibir a los alemanes en 1941 como liberadores del yugo ruso, solo para descubrir pronto que estaban atrapados entre los dos totalitarismos más feroces.
Desde entonces, el país soportó la opresión comunista, el desprecio ruso por su historia y su libertad y, desde los años noventa, la obsesión por absorberlo como parte de la llamada madre Rusia. Pero no se trata de una fraternidad ancestral: sencillamente, Rusia sin Ucrania es un imperio precario.
Durante 2023. recorrí el país mientras escribía el libro Ucrania, el precio de la libertad. Lo que constaté no fue solo la determinación inquebrantable de un pueblo por defender su tierra e identidad, la dignidad elemental de existir, sino también su deseo de integrarse a Europa Occidental y distanciarse de Rusia.
Pero conviene recordar que Ucrania ya confió en Occidente. En 1994, el Memorándum de Budapest la persuadió de renunciar a su arsenal nuclear a cambio de garantías de seguridad de Estados Unidos y el Reino Unido, promesas luego incumplidas. Lo mismo ocurrió con los Acuerdos de Minsk de 2014 y 2015. Repetir ahora semejante transgresión sería consumar la más grave traición moral y estratégica de nuestra generación.
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John Mario González es analista político e internacional.