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Cero emisiones netas no es cero emisión

Las últimas promesas de descarbonización pueden parecer ambiciosas, pero solo promueven un nuevo conjunto de soluciones falsamente ‘verdes’

Puede parecer que el mundo por fin se está tomando en serio la crisis climática, a juzgar por la cantidad de promesas de alcanzar «cero emisiones netas». De los principales emisores, tanto Estados Unidos como la Unión Europea ofrecieron alcanzar el objetivo en el 2050, mientras que China pretende la neutralidad de carbono antes del 2060. Incluso las megapetroleras Shell y BP planean llegar a la emisión neta nula a mediados de siglo.

Las grandes corporaciones tecnológicas parecen incluso más ambiciosas. Amazon se comprometió a alcanzar la emisión neta nula de dióxido de carbono en el 2040. Microsoft dice que llegará a la «negatividad de carbono» en el 2030; y para el 2050 se plantea como objetivo haber eliminado de la atmósfera todo el CO2 que emitió desde su fundación en 1975.

Google asegura que alcanzó la neutralidad en el 2007 y apunta a ser «libre de carbono» en el 2030. De hecho, es posible encontrar promesas de emisión neta nula en cada sector de la economía, incluidas las industrias ganadera, aeronáutica, minera, financiera y la dedicada a la venta minorista.

Pero estos objetivos aparentemente ambiciosos no son sino otra ronda de ecoimpostura y distracciones peligrosas, que demorarán e impedirán la adopción de soluciones climáticas reales. La razón es que cero emisión neta no es cero emisión.

En primer lugar, para el 2050 faltan casi tres décadas. Los compromisos de cero emisiones netas a largo plazo permiten a gobiernos y empresas evitar una reducción drástica inmediata de las emisiones. Y, en particular, el plazo fijado a mediados de siglo es excesivo desde el punto de vista de la justicia climática.

Por sus emisiones históricas y su riqueza actual, los países ricos e industrializados del norte global (Australia, Canadá, la totalidad de Europa y Rusia, Israel, Japón, Nueva Zelanda, Singapur, Corea del Sur y Estados Unidos) tienen la responsabilidad de descarbonizarse mucho más rápido.

Para colmo, muchos planes de emisión neta nula no incluyen metas de reducción provisorias a corto plazo, por ejemplo, para el 2025. En vez de eso, la mayoría de las «contribuciones determinadas a escala nacional» conforme al Acuerdo de París sobre el clima (2015), que hace poco se actualizaron o revisaron, se refieren al plazo del 2030, y omiten el ciclo de revisión quinquenal que es un elemento esencial del acuerdo.

Peor aún, la inclusión del término «neto» en los compromisos climáticos confirma el hecho de que en realidad las emisiones no van a reducirse a cero, sino que supuestamente se compensarán (hasta dónde no está claro y es discutible) con la eliminación de CO2 de la atmósfera.

Muchos de estos esquemas de emisión neta nula son excesivamente dependientes de los ecosistemas naturales para la eliminación y el almacenamiento del CO2 atmosférico. De allí, el alboroto que se está haciendo en torno de las «soluciones basadas en la naturaleza».

Si bien una cuidadosa restauración de los ecosistemas naturales es crucial para resolver la crisis climática y de biodiversidad, no puede ser pretexto para prolongar la existencia de las industrias contaminantes.

Pero las soluciones basadas en la naturaleza también incluyen propuestas que transformarían la agricultura en una enorme oportunidad de mitigación de emisiones asociada con un mercado para el contenido carbónico del suelo.

Muchos planes de emisión neta nula también se basan en tecnologías de eliminación de CO2 de la atmósfera especulativas. Las tecnologías de geoingeniería climática, por ejemplo la bioenergía con captura y almacenamiento de carbono (Beccs, por sus siglas en inglés) o la captura directa desde el aire («direct air capture», DAC), son muy riesgosas, no están probadas (en particular, en escalas con incidencia sobre el clima) y pueden tener consecuencias potencialmente devastadoras para la gente y para los ecosistemas.

En cualquier caso, «soluciones» como la Beccs y la DAC nos exponen a prolongar por varias décadas más la producción y el consumo de combustibles fósiles.

En vez de eso, es necesario volver a hablar de las soluciones climáticas reales que hoy no aparecen en las conferencias intergubernamentales de alto nivel. El debate debe centrarse en la muy postergada transformación integral de nuestros sistemas económicos destructivos y explotadores.

Para una auténtica reducción a cero de la emisión mundial de gases de efecto invernadero (GEI), es necesario resolver la multiplicidad de injusticias globales e históricas que causaron y todavía configuran la crisis climática.

En concreto, cualquier solución climática debe girar en torno de los derechos, las vidas y los medios de vida de los pueblos indígenas y de las comunidades locales. Esto implica escucharlos y tomarse en serio sus prácticas y propuestas. Fortalecer y asegurar sus derechos sobre la tierra es uno de los modos más eficaces de proteger los ecosistemas, la biodiversidad y el clima.

Además, los combustibles fósiles tienen que quedar enterrados desde ahora mismo. Hay que detener el desarrollo de estos recursos y descontinuar lo antes posible las infraestructuras relacionadas que ya existen, sobre la base de una transición justa para los trabajadores y las comunidades que dependen de ellas.

Otra prioridad es abandonar la agricultura industrial. La producción destructiva y ultraintensiva agotó los suelos y ecosistemas de la tierra y está generando cantidades inmensas de GEI, mientras apenas alimenta a una fracción de la población mundial.

Es el principal factor de deforestación, y es probable que la consiguiente destrucción de barreras ecológicas y áreas de separación haya contribuido a la aparición de la pandemia de covid‑19.

En cambio, la agroecología ofrece nuevas posibilidades para la transformación socioecológica y puede contribuir a resolver la crisis climática en forma segura, además de proteger la biodiversidad y la seguridad y soberanía alimentarias y nutritivas.

El consumo excesivo del norte global y la explotación con fines de lucro de los recursos del planeta deben ceder paso a una economía en consonancia con los objetivos de la justicia social y climática internacional, en la que nuestros esfuerzos por proteger el entorno que compartimos estarán centrados en el bienestar y el cuidado de las personas.

Las últimas promesas de emisión neta nula pueden parecer ambiciosas, pero solo promueven un nuevo conjunto de soluciones falsamente «verdes». Gobiernos y empresas deben abandonar de una buena vez por todas la ecoimpostura. En este momento crucial, necesitamos voluntad política real para crear cambios reales.

Maureen Santos, coordinadora del Grupo Asesor Nacional de la Federación de Organizaciones para la Asistencia Social y Educativa (FASE), es profesora en la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro y fue coordinadora de programas en la oficina en Río de Janeiro de la Fundación Heinrich Böll.

Linda Schneider es directora del Programa sobre Política Climática Internacional en la oficina en Berlín de la Fundación Heinrich Böll.

© Project Syndicate 1995–2021

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