Fernando Durán Ayanegui. 8 mayo

Torpe con el teclado, traigo a la pantalla de la computadora el anuncio de un expendio de alimentos para vegetarianos y enseguida comienza a taladrar mi cerebro el vago recuerdo de un cuento futurista del que olvido tanto el título como el autor.

Hasta podría imaginar que lo leí en un sueño. Sospecho que esto me ocurre porque el establecimiento comercial anuncia que, aun cuando sus productos son todos de origen vegetal, se presentan al consumidor como deliciosas y eficaces imitaciones de las diversas maneras que existen de servir animales muertos, incluidos los embutidos costarricenses, españoles e italianos.

Vuelvo a mi creencia de que, quien se sienta tentado a recordar todos los detalles de cuanto ha leído puede terminar delirando, como si la lectura surtiera efectos organolépticos permanentes.

Alguna vez me ocurrió, después de leer cien páginas, que un párrafo inteligente me recordara que ya había leído el libro completo y me había parecido infumable. Entiéndase bien, no pienso en esos libros científicos o de texto que al salir de la imprenta ya van momificados.

En esta oportunidad, la memoria me falla en relación con un cuento sobre algo que tendrá lugar en el futuro, cuando estará prohibido en todo el planeta el consumo de carne a menos que esta sea artificial.

Las normas en rigor dispondrán que el mercado de carne artificial sea libre y se reparta entre una multitud de marcas, de modo que ninguna de ellas disfrute de ventajas calificables de desleales.

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El eterno retorno

Medio recuerdo que en el relato se investiga la denuncia de que las carnes de la marca Sark satisfacen una porción desmesurada de la demanda y, en consecuencia, amenazan con arruinar a la competencia.

El resto lo reconstruyo más o menos así: comparece ante las autoridades el director ejecutivo de Sark, lo interrogan, pero al final todo parece estar en orden, Sark cumple todas las reglas, no hace nada ilegal.

Solo que un funcionario que llegó tarde le pide que trate de explicar por qué el público prefiere la carne de su marca. El confiado ejecutivo responde que se trata de un secreto relacionado con el sabor de sus productos.

El funcionario le exige, entonces, que diga claramente a qué diablos sabe la carne Sark. Balbuceante, el interrogado confiesa que los químicos de Sark lograron imitar el sabor de la carne humana.

El autor es químico.