
Esta semana, como casi todas las semanas, algún titular en las noticias anunció que científicos descubrieron una nueva cura para el cáncer. Y usted tal vez pasó por esa montaña rusa de llenarse de esperanza e inmediatamente preguntar: ¿entonces, por qué no llega nunca? Algunos concluyen que la esconden. Otros, que es mentira. La verdad es más interesante que cualquiera de esas dos posibilidades.
El problema está en la pregunta.
Preguntar “¿cuándo llegará la cura para el cáncer?” es como preguntarle a un médico “¿cuál es la cura para las infecciones?”. No existe respuesta única, porque la pregunta asume que hay un solo enemigo. Una infección puede ser causada por una bacteria, un virus o un hongo, y cada uno necesita ser abordado con un tratamiento completamente distinto.
El cáncer funciona igual: existen más de 200 tipos de cáncer documentados, cada uno con una biología propia, un comportamiento distinto y, por lo tanto, un abordaje diferente (Cancer Research UK, 2024). El cáncer de pulmón no tiene casi nada en común con la leucemia infantil, salvo que, en ambos casos, las células crecen sin control. Es como decir que un huracán y una tormenta de nieve son “lo mismo” porque los dos llevan agua.
Y ahí está la raíz de la confusión: cuando los medios anuncian un avance, generalmente están hablando de un avance real, pero específico. Un tratamiento que funciona para un subtipo de cáncer. Por ejemplo, un cáncer de seno específico en mujeres con cierta mutación genética. Un medicamento que redujo tumores en ratones con cáncer de páncreas. Eso no es mentira, pero tampoco es “la cura”.
¿Y, entonces, qué está pasando en los laboratorios? Bastante, en realidad. Hay tres grandes frentes de investigación que explican por qué los titulares de este tipo no cesan.
El primero es la inmunoterapia, que se basa en la idea de entrenar al propio sistema inmunitario para que detecte y destruya las células cancerosas. Nuestras defensas naturales a veces no reconocen el cáncer porque las células tumorales son expertas en disfrazarse. La ciencia ha desarrollado formas de quitarles ese disfraz.
Un ejemplo concreto: la terapia CAR-T, aprobada por primera vez por la FDA en 2017, toma células inmunes del paciente, las “edita” en el laboratorio para que reconozcan el cáncer y las reintroduce al cuerpo, programadas y listas para combatir células cancerígenas. El primer paciente tratado con esta técnica para leucemia sigue libre de cáncer 12 años después (Nature, 2025). ¿Es “la cura”? No. ¿Es un avance real y documentado para ciertos tipos de cáncer? Absolutamente.
El segundo frente es la medicina de precisión: en lugar de tratar a todos los pacientes con cáncer de colon de la misma manera, se analiza el tumor de cada persona para identificar exactamente qué mutación lo está causando y atacar esa mutación específica. Es la diferencia entre lanzar una bomba y usar un bisturí.
El tercero es el descubrimiento de medicamentos dirigidos: compuestos químicos o proteínas diseñadas a medida para bloquear un mecanismo específico que el tumor necesita para sobrevivir. Herceptin, usado en ciertos cánceres de mama desde hace décadas, es uno de los ejemplos más conocidos de este enfoque.
Los tres frentes son reales. Entonces, ¿por qué no llegan más rápido?
Cuando un investigador anuncia que “mató el cáncer” en células de laboratorio, eso es solo el primer paso de un camino que puede durar entre 10 y 15 años: primero, se prueba en células; luego en animales; después, en grupos pequeños de seres humanos (para ver si es seguro); posteriormente, en grupos más grandes (para ver si funciona) y, finalmente, pasa por revisión regulatoria.
En cada etapa, la mayoría de los candidatos fallan. Y más allá de una conspiración o una torpeza, la razón es una mezcla entre la complejidad biológica de la enfermedad y el sistema que impide que se les den medicamentos peligrosos a los pacientes.
Sin embargo, avances de hace una y dos décadas sí han conducido a cambios significativos en este campo de la medicina. Las inmunoterapias investigadas entre 2014 y 2018 para tratar leucemia linfoblástica aguda infantil de maneras más específicas permitieron dar el salto de considerar esta enfermedad casi como una sentencia de muerte a lograr una tasa de supervivencia del 97,5% para un niño de riesgo promedio (SickKids, diciembre 2024).
Por ello, cada vez que vea una noticia de este tipo, sí hay razón para celebrar, porque, la mayoría de las veces, sí se refiere a un avance real. Cada vez hay más investigadores, más herramientas y más resultados que nunca antes en la historia de la medicina. Y eso, poco a poco, está cambiando vidas para bien.
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María José Durán es la primera costarricense que cursa un doctorado en Bioingeniería en el MIT.
