Armando Mayorga. 25 marzo

La vida nos da sorpresas canta Rubén Blades. ¡Ay, Dios! La pandemia de coronavirus es una. Miente quien diga que se la imaginaba así.

Es muy difícil y angustiante lo que vemos en estos días, pero, alto. Son tiempos de ver el vaso medio lleno. De ver la vida en positivo, de visualizar que cuando pase la emergencia sanitaria, es cierto, habremos derramado muchas lágrimas, perdido vidas, empleos y mucho dinero, pero también habremos ganado otra forma de vivir.

Esta crisis marcará un antes y un después porque convencerá que el trabajo se mide por los resultados, no por calentar una silla.

De toda crisis, nace algo bueno. Esta, de seguro reforzará la solidaridad mundial, pues resultó clarísimo que los virus no conocen fronteras, razas y nacionalidades.

La emergencia también fortalecerá la unión de las familias, pues, de un día a otro, las guardó a casi todas en la casa. La contingencia traerá múltiples oportunidades de mejora, tanto personales y sociales como económicas.

Una de ellas es el teletrabajo: cómo costó que las empresas y hasta los trabajadores optaran por el método. Hoy, los patronos o empleados más anticuados, quienes decían “no se puede”, están, en la practica, obligados a hacerlo para sobrevivir y evitar la propagación del virus.

De súbito, entonces, la covid-19 deja en cama una de las “enfermedades” más costosas que sufren los trabajadores, empresas y gobiernos en este siglo: el “presentismo” laboral, que no es otra cosa que creer que el acto de presencia es trabajar.

Esta crisis marcará un antes y un después porque convencerá que el trabajo se mide por los resultados, no por calentar una silla.

También es cierto que no todos los puestos son teletrabajables y tampoco todos tenemos la capacidad de trabajar a distancia, pero la pandemia se convierte en una oportunidad única para ponernos a prueba y procurarnos el “sí, puedo”.

El reto es grande. El teletrabajo, sobre todo cuando llega de golpe, como ahora, es estresante. Todos estamos con los pelos parados, intolerantes y ansiosos. Así, pintan estos primeros días por la falta de costumbre. Vienen los reclamos, las discusiones, las omisiones y los errores. En toda nueva experiencia ocurre porque estamos en el aprendizaje, mas el tiempo afinará procedimientos y mejorará la unión de esfuerzos a distancia concluyen en lo que al final es el trabajo: un resultado.

Cuesta mucho. Sí. Se necesita comunicación constante, escrita y verbal, pero hay unos que son cortos en eso y otros a los que les sobra. También se impone la organización. Unos se apuntan, otros no tanto. Es cuestión de tiempo. Nos ajustaremos.

Sin duda, el coronavirus se contagia y, también, el cambio.

amayorga@nacion.com

Armando Mayorga es jefe de Redacción de La Nación.