
El precio del petróleo subió. Eso ya lo sabe todo el mundo. Lo que pocos se han detenido a analizar es que el verdadero problema va mucho más allá. Cada vez que hay un conflicto en Medio Oriente, la conversación se reduce a una sola variable. Es comprensible, es lo más visible, lo más inmediato, lo más fácil de medir y explicar. No obstante, detrás del precio del barril, hay una cadena de efectos que toca los alimentos, medicamentos, metales, industrias y, por ende, el bolsillo de la gente.
Para entender mejor lo que está ocurriendo, conviene tener clara una idea sencilla. Cuando un conflicto interrumpe la capacidad de producir algo que el mundo utiliza, los precios suben. A eso, los economistas le llamamos un choque de oferta. No es un fenómeno nuevo; lo vivimos con la pandemia, con la guerra entre Rusia y Ucrania, y lo estamos viendo de nuevo hoy. Lo importante es que este tipo de choques no se queda ahí.
Si los precios suben demasiado y por demasiado tiempo, las familias y las empresas empiezan a gastar menos. La demanda se enfría. Y lo que comenzó como un problema de producción termina convirtiéndose en un problema de crecimiento. Esa es precisamente la cadena que hoy está activándose en la economía global, y que vale la pena entender antes de que llegue a la puerta de cada hogar.
¿Y cómo se transmite ese choque a la economía? A través de varios canales.
El estrecho de Ormuz
El primer canal, y el más evidente, es la interrupción del comercio y del transporte energético. El principal punto afectado ha sido el estrecho de Ormuz, uno de los pasos marítimos más estratégicos del mundo.
Por ahí circula aproximadamente una quinta parte del petróleo global y del gas natural licuado. Para economías como China, India, Japón y Corea del Sur, esta ruta no es opcional; es vital. Solo en el primer trimestre de 2025, China importó cerca del 37% de su petróleo por ese estrecho.
Pero quedarse únicamente con el petróleo es volver a cometer el mismo error del principio. El petróleo es lo que se ve. Lo que no se ve es igual de importante, y en algunos casos, más preocupante.
El segundo canal
Lo que pocos están comentando empieza por algo tan básico como lo que comemos. La misma disrupción en Ormuz está sacudiendo el mercado global de fertilizantes. Aproximadamente un tercio del comercio marítimo mundial de fertilizantes pasa por esa ruta. El efecto ya es visible en los precios: la urea, el fertilizante más utilizado en el mundo, pasó de $484 a más de $750 la tonelada en cuestión de semanas. Un aumento del 55% en muy poco tiempo.
Menos fertilizante se traduce en menores cosechas, y menores cosechas significan menos maíz, menos trigo, menos arroz, los granos que alimentan a buena parte del mundo. Cuando la oferta cae, pero la demanda se mantiene, el resultado es algo que todos conocemos bien: precios más altos en el supermercado. Y no solo subirá el costo de los alimentos; también el del transporte, lo que encarecerá aún más todo lo que llega a nuestra mesa.
Ahí el choque deja de ser una noticia lejana. Cuando sube el gasto en comida, el ingreso disponible se reduce. Las familias ajustan. Consumen menos en otros rubros. El problema que empezó en un estrecho a miles de kilómetros termina viviendo dentro de cada hogar.
Insumos de industrias clave
El impacto no se detiene en la canasta básica. Hay un tercer canal que conviene señalar.
El conflicto está golpeando insumos que sostienen industrias clave. El polietileno, el plástico más utilizado en el mundo, presente en empaques, tuberías y productos médicos, depende en un 15% de la producción de Medio Oriente. El aluminio, indispensable para la industria automotriz, la construcción y los dispositivos electrónicos, enfrenta presiones similares: cerca del 9% de su producción global viene de esta región. Además, hay reportes de ataques directos a plantas productoras de polietileno, urea, gas natural y aluminio.
Como si esto fuera poco, tenemos el caso del helio. No es un gas meramente decorativo. Es indispensable para los equipos de resonancia magnética en hospitales y para fabricar semiconductores, los chips que hacen funcionar desde un teléfono hasta un automóvil. Cerca de una cuarta parte de la oferta mundial podría verse afectada.
Cuando se unen estas piezas, el panorama cambia por completo. Ya no estamos hablando únicamente de un problema energético. Estamos hablando de una disrupción que afecta al mismo tiempo la salud, agricultura, industria, logística y tecnología. En palabras sencillas, el problema va más allá del petróleo.
Y si todo lo anterior no fuera suficiente, existe un riesgo mayor que lo engloba todo: el comercio global.
Si el conflicto se prolonga, Irán ha amenazado con ir más lejos, bloquear el estrecho de Bab el-Mandeb, la puerta de entrada al canal de Suez, por donde transita el 25% del comercio mundial. Un bloqueo allí obligaría a desviar rutas alrededor de África, disparando costos logísticos y tiempos de entrega de forma significativa. En otras palabras, el problema dejaría de ser solo de precios. Cambiaría la forma en que el mundo comercia.
¿Qué significa todo esto para 2026?
En 2025, pese al ruido de los aranceles y las tensiones comerciales, la economía mundial mostró capacidad de adaptarse. Las empresas ajustaron sus cadenas de suministro; algunas diversificaron mercados y aprendieron a operar en la incertidumbre. Pero 2026 se muestra más complejo. No se trata de un nuevo susto pasajero, sino de un choque con capacidad de afectar simultáneamente los precios, el comercio, los costos logísticos y la confianza de consumidores e inversionistas.
El entorno guarda similitudes con el de 2022, cuando estalló la guerra entre Rusia y Ucrania. Y, como entonces, no todos los países enfrentan este golpe desde la misma posición: algunos se benefician, otros tienen margen para absorberlo y otros simplemente no lo tienen. Vale recordar que, en aquel episodio, el petróleo llegó a cotizarse a cerca de $125 por barril, por encima de los niveles que hemos visto hasta ahora y, aun así, el mundo siguió adelante. Los efectos resultaron menos severos de lo que los analistas habíamos previsto.
Recientemente, Estados Unidos e Irán acordaron una tregua de 15 días, noticia que trajo un alivio momentáneo a los mercados. Pero una tregua no es una paz, y 15 días no resuelven las causas profundas de un conflicto que lleva años gestándose. Aún no se tiene claridad sobre la magnitud del daño en infraestructura petrolera ni en las industrias productoras de agroquímicos, plásticos y gas, y tampoco sobre cuánto tiempo más se prolongará el conflicto. El precio del petróleo puede bajar y los mercados pueden calmarse, pero la cadena de efectos que hemos descrito no desaparecerá con un acuerdo temporal.
dortiz@cefsa.cr
Luis Liberman y Daniel Ortiz son economistas.