
Acaba de conmemorarse en España un aniversario muy significativo del 23-F, ese día de 1981 en el que botas, armas y gritos amenazantes irrumpieron en el Congreso de los Diputados poniendo en riesgo la transición a la democracia en ese país, tras décadas de dictadura franquista. Un aniversario especial, porque los 45 años de la intentona golpista coincidieron con la publicación de los documentos hasta entonces clasificados al amparo de la ley de secretos oficiales y, sorpresivamente, con el fallecimiento, el mismo día de su desclasificación, del teniente coronel Tejero, quien, aunque no era la cabeza de la operación, sí fue su líder protagónico.
Pues bien, ese que fue el día en que estuvo en mayor riesgo la naciente democracia española, acabó siendo el de su firme consolidación. Y lo fue, como agudamente apuntó hace años Javier Cercas en su libro Anatomía de un instante, gracias a la valentía cívica de unos pocos individuos; lección sobre la que hoy, que retrocede la democracia en todo el mundo, invito a reflexionar, porque, así como entonces la democracia española nació del valor, hoy las democracias (como dije hace poco en este mismo espacio) están muriendo de cobardía.
“Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender”, escribió Ortega y Gasset. Lo que casi tres décadas después del acontecimiento movió a Cercas a escribir su obra fue la impresión que le causó la imagen de ese instante en que tres hombres desacataron la orden de tirarse al suelo y se quedaron impertérritos en sus escaños. Entre periodistas, ujieres, letrados y diputados, habría más de 400 almas en el hemiciclo, pero solo el recién dimitido presidente Adolfo Suárez, el vicepresidente (y capitán general del Ejército) Manuel Gutiérrez Mellado y el líder del Partido Comunista, Santiago Carrillo, no se agacharon.
Pocas veces un gesto corporal, captado además por televisión, ha estado tan cargado de significado político y moral. Eso es lo que intrigó a Cercas. Eso y la disímil procedencia y posibles motivaciones de los tres. Suárez, proveniente de la burocracia civil del franquismo, estaba en medio de su más amarga derrota personal, abandonado por el rey, acosado por la oposición y traicionado por sus correligionarios, todos al unísono diciéndole que ya su labor transicional había terminado y que se hiciera a un lado. De modo que la democracia que quienes lo encañonaban querían traerse abajo era una de cuyo escenario ya lo estaban sacando a patadas. ¿Merecía la pena arriesgarse así por ella?
Gutiérrez Mellado era un militar franquista de primera hora. Había combatido en la cruentísima guerra civil contra quienes, en ese momento, en las cortes de 1981, se sentaban en pie de igualdad con él en curules representando la soberanía popular. No solo había hecho toda su vida en un estamento que, con la democracia, perdía prerrogativas y licencia para abusar del poder sobre la población civil, sino que sin duda compartía la frustración de sus compañeros de armas al ver cómo tantos de ellos caían día a día asesinados por el terrorismo etarra sin poder reaccionar como lo habrían hecho bajo la dictadura. ¿Era por ese nuevo régimen por el que, además de no agacharse, se ponía en pie e iba a encarar a los insubordinados?
Fuera de foco en la mayoría de las tomas está Carrillo, quien incluso enciende un cigarro en media balacera. Joven, peleó en el bando republicano, en cuyas trincheras vio sufrir y morir a miles de sus camaradas, a los que se sumaron otros tantos fusilados, exiliados y vejados por el franquismo durante décadas. Ahora un gobierno integrado por sus verdugos, en un sistema parlamentario en el que estos habían quedado impunes, era el que estaba siendo asaltado. Uno con una bandera y una monarquía opuesta a sus más íntimas convicciones. Pero igual se mantuvo en su curul, respaldando con su propio cuerpo el acuerdo democrático que los españoles habían votado en las urnas en 1978.
La democracia liberal es la más excelsa y sofisticada obra del espíritu humano. Una recientísima excepcionalidad en la historia de violencia política de nuestra especie (apenas 250 años, en el caso de los Estados Unidos, de los 300.000 del homo sapiens, y disfrutada hoy de forma plena por solo una veintena de los 200 países de la Tierra, es decir, ¡un 6% de la población mundial!). Sería absurdo pensar que algo así pueda conquistarse y preservarse sin un enorme esfuerzo colectivo, sin una ciudadanía consciente y sin unas élites valientes y comprometidas.
Eso eran Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo. Personas diferentes dispuestas a tratarse como iguales para convivir en paz. Personas que, más allá de la discrepancia ideológica, se habían convencido de la conveniencia mutua de comprometerse con un sistema en el que, si bien ninguno alcanzaba todos sus objetivos, todos podían seguir trabajando para conseguirlos sin temer ser aniquilados por ello. Personas que asumían la responsabilidad de sus cargos como un deber que les imponía obligaciones por encima de sus intereses personales.
Si hoy la democracia retrocede en todo el mundo es porque, como advirtió Ortega y Gasset, la declinación de funciones de las élites abre la puerta a la rebelión de las masas. A nuestras democracias no las están demoliendo a cañonazos, pero es mucha la gente al frente de la empresa privada, la academia, la judicatura, la prensa, el mundo del arte o las organizaciones religiosas, dispuesta a agacharse. Tiemblan como conejos ante la intimidación del matón autoritario y los minions que le hacen coro, porque, en el fondo, priorizan sus carreras y bienestar sobre los bienes colectivos que sustentan la democracia. He ahí la más sutil, pero perniciosa a la vez, forma de corrupción: la cobardía disfrazada de prudencia, la pusilanimidad revestida de repliegue estratégico, la falta de espina dorsal presentada como resiliente adaptabilidad.
Mencioné a la prensa y con eso quiero terminar. A las 10 p. m. de aquel día, tres horas antes de que el rey desautorizara el golpe determinando su fracaso, salió una edición especial del periódico El País con el titular “El País, con la Constitución” en la portada. Su director, Juan Luis Cebrián; su editorialista, Javier Pradera; la sala de redacción como un todo y –muy importante– los dueños del medio que los respaldaron, quedándose allí y sacando el periódico con ese claro posicionamiento cuando no podía saberse si el golpe prosperaría o no, encarnan, para mí más que el Watergate, la importancia cardinal de los periodistas en una democracia.
Me refiero a los periodistas de verdad, que es en esos momentos cuando se retratan. Porque el ascenso de los tiranuelos siempre va acompañado de mercenarios de la desinformación y la propaganda que les hacen de comparsa, bufones del régimen disfrazados de periodistas; de oportunistas, como Pedro J. Ramírez, de Diario 16, que sacó su pronunciamiento cuando ya el golpe había fracasado, y de peleles que, para no pintarse mucho, optan por una cauta equidistancia informativa. Pero esos momentos sombríos de los países, también, delinean la fisonomía de valientes profesionales de la prensa que asumen los riesgos y se juegan el tipo enfrentando al poder. Esos son los imprescindibles.
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Gustavo Román Jacobo es abogado.