Columnistas

Biodiversidad agrícola es esencial para la seguridad alimentaria

Nuestro sistema alimentario no está preparado para la crisis climática, explica un artículo de ‘The Guardian’

El diario británico The Guardian planteó recientemente en un artículo un tema crucial, del cual no se habla suficiente, sobre la relación entre seguridad alimentaria y crisis climática: la pérdida de especies agrícolas inducida por el mercado.

Fue publicado el 14 de abril, con el título Our food system isn’t ready for the climate crisis (”Nuestro sistema alimentario no está preparado para la crisis climática”).

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) señala que la diversidad genética de cultivos desempeña un papel crucial en la atención de las necesidades alimentarias y nutricionales humanas. Es imprescindible también para conservar el patrimonio genético agrícola y garantizar la resiliencia de los sistemas productivos.

En Asia, los campos de arroz se estropean a causa de las inundaciones con agua salada proveniente del mar. En Centroamérica, el aumento de la temperatura ha elevado el riesgo de propagación del hongo Hemileia vastatrix, o roya del café.

La sequía se ha llevado por delante la cosecha de garbanzos en gran parte del África subsahariana. Y en Alemania la lluvia ácida daña las raíces de los árboles.

Como las plantas no pueden escapar de una situación adversa, los límites de tolerancia al estrés ambiental constituyen el principal factor que define la distribución y variedad de vegetación alrededor del planeta.

La diversidad genética es uno de los principales mecanismos que tiene la Madre Tierra para lidiar con los estímulos ambientales negativos.

Unos son denominados bióticos, como plagas, enfermedades y malezas; otros, abióticos, como la sequía, la subida de temperatura, la radiación alta, la toxicidad del suelo, los incendios y la salinidad, entre otros.

Esta suerte de ingeniería genética, natural y resiliente, lleva millones de años en funcionamiento.

Si bien a lo largo de la historia el ser humano ha utilizado entre 7.000 y 10.000 especies para atender sus necesidades alimentarias, la FAO señala que hoy se cultivan solo unas 150, de las cuales 12 representan más del 70% del consumo humano y 3 suben al podio olímpico de los cultivos: arroz, maíz y trigo.

En 1970, el agrónomo estadounidense Norman Borlaug fue galardonado con el premio nobel por desarrollar un cultivo híbrido de trigo que producía más grano, absorbía más fertilizantes y resistía mejor las enfermedades, la lluvia y el viento.

Este fue el comienzo de una gran historia de amor entre la selección genética de híbridos y la omnipotente agroindustria mundial: la idea de Borlaug logró salvar del hambre, de forma rentable, a muchísimas personas en el planeta.

Desde entonces, las corporaciones multinacionales se enfocan en producir aquellos híbridos con una composición genética homogénea, más productivos y resistentes al estrés ambiental.

En el libro Refugiados climáticos, el investigador español Miguel Pajares resume muy bien la conformación de esta industria: “Las grandes multinacionales del agronegocio controlan el 80% del mercado mundial de semillas, el 90% de los fertilizantes, el 65% del mercado de la maquinaria y el 80% de los fármacos veterinarios”. No solo concentran el mercado, sino también la propiedad de la tierra.

Ahora bien, todo esto se ha conseguido a expensas del planeta. Producir en masa una sola especie viola el mecanismo natural de la diversidad genética y toda la inteligencia que encierra.

Cuando se cultiva solo una variedad, las otras son desplazadas y caen en peligro de extinción, o se extinguen. Los servicios ecosistémicos que esas plantas prestaban también desaparecen, entre ellos, la polinización y la fijación biológica de nitrógeno en el suelo, asociada a la rotación de cultivos.

El artículo de The Guardian detalla otro inconveniente relacionado con el mal hábito de poner todos los huevos en una misma canasta.

El aumento de patógenos, cada vez más resistentes a los antimicrobianos, podría convertirse en la kriptonita de la variedad más extendida en el mercado: el banano Cavendish y el enorme riesgo que supone una plaga del hongo letal TR4 o Panamá 4.

La historia está llena de ejemplos sobre estos peligros. Entre 1845 y 1849, Irlanda sufrió una gran hambruna que mató aproximadamente al 15% de la población y obligó a millones a migrar, debido a que la plaga de Phytophthora infestans acabó con todas las plantas de papa de la isla. Como no había una variedad alternativa, se desató el caos.

Pero la diversidad genética de los cultivos no está en riesgo solamente por la avaricia corporativa. A los seres humanos modernos nos gustan las frutas, las verduras y las legumbres perfectas. Somos tiranos con nuestra apariencia física y la de nuestros alimentos.

Si no, que le pregunten a la quinoa de color que se produce en Perú. A partir del bum que experimentó este superalimento, hace unos años, cientos de variedades de quinoa dejaron de producirse porque nosotros, distribuidores y consumidores preferimos la quinoa blanca.

Con las variedades de aguacate, entre ellas, Reed y Lamb Hass, pasa algo similar. El artículo de The Guardian explica cómo las grandes corporaciones se decantan, con base en sus propios criterios de rentabilidad, por el aguacate Hass. Lo demás es cosecha del marketing.

El kintsugi es una antigua técnica artesanal proveniente de Japón que consiste en reparar cerámica rota con una mezcla de oro y polvo de resina. La pieza resultante no esconde sus cicatrices, sino que las exhibe con elegancia.

En Occidente, el kintsugi resuena como una poderosa metáfora sobre el valor de la imperfección. Nos invita a cuestionar los cánones de belleza que se imponen, y que hemos integrado de forma consciente o inconsciente. Instagram y Pinterest están repletas de frases motivadoras sobre la filosofía detrás del método.

Pero ¿somos capaces de apreciar con los ojos del kintsugi las muchísimas variedades de frutas, verduras y legumbres que nos ofrece la naturaleza?

Vale la pena intentarlo. Si lo logramos, los bellos colores amarillo, rojo, rosa, violeta y verde que iluminan las plantaciones de quinoa del altiplano peruano continuarán estando protegidos por los apu, o espíritus de las altas cumbres.

manuelaurena@gmail.com

Manuela Ureña Ureña cuenta con más de diez años de experiencia internacional en las Naciones Unidas y la Unión Europea. Oriunda de la zona de los Santos, asesora pymes en diseño y ejecución de estrategias de internacionalización, así como en el análisis de riesgos y relaciones institucionales asociados a ella. Es asidua lectora y fiel seguidora del músico canadiense Neil Young. Siga a Manuela en Facebook y Linkedln.

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