
María Hon tenía 12 años cuando sus padres llegaron a Costa Rica huyendo de la Revolución Cultural china, a inicios de los años 70. Alquilaron una vieja casona en el corazón de San José donde montaron un restaurante. Ella y sus hermanas crecieron entre el patio con la mata de hojas gigantes y el ruido perpetuo de la cocina.
Luego Hon se fue al mundo, estudió, trabajó, viajó, se enamoró —de un hombre y de la gastronomía de toda Asia— y volvió a Costa Rica donde hace décadas, junto a su esposo Robert Faulstich, transformó el Tin Jo en uno de los puntos de encuentro culinario y cultural más conocidos del país.
Este sábado, sin embargo, ella y su esposo confirmaron que decidieron soltar las riendas del sitio que juntos asumieron como propietarios y administradores.
“Es hora de pensionarse”, expresó este sábado Hon a La Nación. “Como regalo, creo que vamos a dejar volar al Tin Jo. Hay que soltarlo. Hemos sido papás por mucho tiempo”.
La pareja cedió la administración del local a una nueva propietaria, amiga de confianza de la familia, con condiciones precisas: los 26 empleados se recontratan en su totalidad, las recetas no cambian durante la transición, y la filosofía de servicio que distingue al restaurante deberá preservarse.
Por respeto a la nueva dueña, Hon explicó que prefiere no divulgar su identidad públicamente, pero indicó que es una amiga de su mamá, Doña Rosa (quien fundó el restaurante). Ambas forman parte de la Junta Directiva del Centro Cultural y Educativo Costarricense Chino, indicó Hon.

El anuncio no sorprende necesariamente a quienes conocen a la pareja de cerca.
Faulstich, quien cumplirá 70 años en junio, lleva tiempo volcado en un proyecto de reforestación en Barrio México, junto al río Torres. Hon, por su parte, se ha adentrado en el Chi Kung y en lo que describe como “trabajo espiritual”.
“Los últimos años he estado en el trabajo espiritual y deseo dedicar más tiempo a esto”, explicó. “Robert está involucrado con un proyecto de reforestación y desea dedicar más a eso también”.
El traspaso, dijo, no fue apresurado.
“Encontramos a unos amigos que se van a ocupar de todo. Mi mamá cumple 90 años —ella y mi papá fundaron el Tin Jo— y la nueva administradora es amiga de ella. Hablamos mucho, le compartí el alma y la filosofía del lugar. Mi impresión es que hay un verdadero alineamiento”.
La casa de don Cuco y los refugiados de la Revolución
El edificio del Tin Jo tiene historia propia. La casona de la calle 11, en el barrio donde convergen teatros, museos y galerías, perteneció a don Cuco Arrieta, personaje que se hizo célebre en el San José del siglo pasado como prestamista —“Cuando aprieta, Cuco Arrieta”, rezaba el dicho popular— y como protagonista involuntario del primer secuestro registrado en la historia del país.
En 1972, los padres de Hon llegaron a Costa Rica desde China, refugiándose de la Revolución Cultural que sacudía al país asiático. Alquilaron la casa a la viuda de Arrieta y poco después abrieron el Tin Jo.
Hon tenía entonces 12 años. Guarda de esa época memorias mezcladas: la magia del patio con luz natural, la mezcla exótica de lo chino y lo costarricense, pero también el peso de crecer en una cocina bulliciosa. “Fue una época mágica, pero también dura”, reconoce.
Tan pronto pudo, Hon se marchó. Estudió en la Universidad de Columbia en Nueva York, luego obtuvo su maestría en Administración de Negocios en la UCLA.
En los años ochenta trabajó en IBM. Fue entonces cuando conoció a Robert Faulstich, trabajador social, y juntos tomaron una decisión que definiría el resto de sus vidas: viajar a Tailandia a trabajar en un campamento de refugiados.
En ese viaje descubrieron la gastronomía tailandesa, y en una gira posterior por otros países asiáticos, la de toda la región.
Regresaron a Estados Unidos y se establecieron en el Área de la Bahía de San Francisco, donde Hon coordinó el Programa de Reciclaje de la Municipalidad y Faulstich completó su maestría en Planificación Urbana en UC Berkeley.

Después, algo completamente distinto: los padres de Hon querían traspasar el Tin Jo a alguna de sus cuatro hijas. María fue la única que se animó. “Pensamos que lo probaríamos por un año o dos”, escribió en una ocasión.
Lo que siguió fueron 55 años de gestión ininterrumpida, durante los cuales ampliaron el menú para abarcar toda Asia, anexaron un edificio vecino, renovaron la decoración y criaron a sus dos hijas, Maya y Leila.
El restaurante seguirá abierto bajo la nueva administración, con el mismo equipo, en la misma casona del centro de San José. Hon y Faulstich se despiden del mostrador, no del local.
Lo que queda es lo más difícil de traspasar: décadas de criterio, de gusto, de presencia. Sin embargo, los 26 empleados conocen el lugar mejor que nadie, y las recetas están escritas.
“Sentimos una profunda gratitud con toda la comunidad Tin Jo”, dijo Hon, quien confía en que la nueva administración sabrá mantener y extender más ese abrazo y el arte culiario oriental.
