
Hay un recuerdo que el astronauta costarricense Franklin Chang-Díaz atesora a lo largo de tres décadas de carrera espacial. No es un planeta visto a la distancia, ni una puesta de Sol sobre el horizonte curvo de la Tierra.
Fue algo extraño y corpóreo, un ensueño que las palabras no alcanzan a capturar: es él mismo ingrávido en el vacío mientras una aurora boreal lo envolvía por completo.
Lo contó en una entrevista exclusiva con La Nación, consultado precisamente sobre cuál momento de sus misiones lo devuelve en la memoria al espacio exterior, en el marco del lanzamiento de Artemis II —la primera misión tripulada en rodear la Luna desde el Apolo 17, en 1972—.
“Estaba fuera de la nave y casualmente estábamos pasando por la parte oscura de la Tierra. Era de noche. Yo quedé totalmente sumergido en los destellos de plasma sobre la atmósfera”, relató. “La visión fue casi como un sueño. Eso lo tengo muy grabado en la mente.”
Las auroras se deben a partículas cargadas del viento solar que, al chocar con los gases de la atmósfera a entre 100 y 300 kilómetros de altitud, liberan energía en forma de luz: verde, roja, violeta, según el gas y la altura del impacto.
Desde la superficie terrestre semejan cortinas luminosas en el cielo de latitudes altas.
Desde el espacio, la perspectiva es radicalmente distinta.
El astronauta no mira la aurora desde abajo: la sobrevuela, la atraviesa o, como le ocurrió a Chang-Díaz, queda dentro de ella durante una caminata espacial. La aurora deja de ser un espectáculo en el horizonte y se convierte en su entorno.
Aunque el traje aísla completamente al astronauta del entorno, la inmersión visual en ese fenómeno luminoso, sin una atmósfera que lo distorsione ni un horizonte que lo enmarque, es total. Como un ‘sueño’, evocó el costarricense.
Una caminata espacial exige además concentración absoluta: trabajo con herramientas, comunicación continua con tierra, el traje como único escudo frente al vacío.
En ese estado de alerta máxima, cruzar una aurora en la oscuridad planetaria amplifica la experiencia hasta lo casi indescriptible.
Así le pasó al costarricense, la última vez que saldría a caminar en el espacio.
Viaje de junio del 2022
Ocurrió en junio del 2002, durante la misión STS-111: su séptimo y último vuelo, el que lo consolidó como co-poseedor del récord mundial de más viajes orbitales, distinción que comparte con el astronauta estadounidense Jerry Ross.
La STS-111 no era un vuelo de exploración ni de ceremonia. El transbordador Endeavour partió el 5 de junio de 2002 desde el Centro Espacial Kennedy con una tarea técnica de alta precisión.

Chang-Díaz, junto con el astronauta francés Philippe Perrin, ejecutó tres caminatas espaciales durante aquella misión para instalar componentes del brazo robótico Canadarm2 y resolver un problema que no estaba en el plan original: reemplazar una articulación defectuosa en la muñeca del brazo —el wristroll joint— que de no repararse habría comprometido la operatividad de todo el sistema.
Chang-Díaz volvió a la Tierra el 19 de junio durante un exitoso aterrizaje en la Base Edwards, en California. Con él, también el recuerdo más entrañable de sus viajes.
