Gilbert Díaz Vásquez superó en ambición a los sindicalistas de Limón y Moín.
Este sindicalista, que alguna vez fue maestro –hace 22 años que no imparte clases– impulsa la convención colectiva más cara en toda la historia del país.
El presidente del Sindicato de Trabajadores y Trabajadoras de la Educación Costarricense (SEC) lidera una lucha para hacer ley una convención colectiva para su gremio que le costaría al país ¢1,1 billones (¢1,1 millones de millones).
El convenio colectivo en los puertos de Limón y Moín es uno de los más caros del país y apenas llega a ¢4.000 millones por año.
Es cierto, las comparaciones son odiosas y casi nunca son justas. En los muelles del Caribe apenas trabajan 1.300 personas, mientras que el ejército de educadores, cocineras, conserjes, guardas y administrativos contratados por el Ministerio de Educación Pública (MEP) llega a 70.000.
Eso sí, los números no mienten, y son lapidarios. Ese billón que piden los educadores para que los grupos de alumnos se dividan a la mitad, se les conceda un año sabático y se den dos años de licencia por maternidad equivalen al 5% del producto interno bruto (PIB).
Eso es apenas 2 puntos porcentuales menos de lo que invierte el MEP en la educación de 900.000 niños y adolescentes al año.
Y estos números no incluyen lo que costaría pagar bonos de vivienda para docentes, pago de taxi para ir a trabajar a colegios peligrosos, o la Internet y la computadora para quienes dan clases en zonas turísticas o en el área rural.
Pero Gilbert Díaz no comparte los números; para él, las cifras que ofrece el MEP están infladas. Ni siquiera él, que impulsa la convención, sabe cuánto cuesta.
Empezar desde abajo. Gilbert Gerardo de Jesús Díaz Vásquez nació en Santa Rita de Nandayure, Guanacaste, el 27 de junio de 1961.
Allá cursó la primaria, en la Escuela de Santa Rita, y luego la secundaria en el Colegio Técnico Profesional de Nandayure.
En 1980, con el bachillerato bajo el brazo, se convierte en “maestro aspirante” en la Escuela Claudio Rucavado (ya no existe), que se ubicaba en la misma sede de la Ricardo Jiménez, en el sur de San José.
El 81 fue un año agitado: pasa a impartir lecciones en la Escuela Ismael Coto, en Alajuelita, y se inscribe en “los planes de seguimiento” para educadores aspirantes que impartía la Universidad Nacional.
Este era un programa formador para maestros, que se ideó ante el faltante de educadores en el país.
Por último, el 81 marca el ingreso de Gilbert Díaz al SEC. “Porque teníamos problemas de pagos, nombramientos y formación”, relató Díaz. En aquel momento, era un afiliado más.
Hace 30 años, en 1982, Gilbert Díaz cambió la capital por los barriales de una “escuelita” unidocente en Tiricias de Pocosol, en San Carlos, Alajuela.
Llegar a ese lejano poblado, a dos kilómetros de la frontera norte, era toda una experiencia. Viajaba en bus desde Ciudad Quesada de San Carlos, hasta Buenos Aires de Pocosol. Allí se cambiaba a un camión, al que llamaban “el chanchero”, para llegar a Coopevega de Cutris.
El resto eran 30 kilómetros a pie entre barriales y casitas sin electricidad ni agua potable.
En la escuela no había facilidades para el docente, por lo que Gilbert Díaz se alojaba en la humilde casa de una familia nicaraguense.
Para Díaz, esta historia, que se repite aún entre los maestros, justifica la petición de brindarle un bono de vivienda a cada educador, o al menos dotarlo de una casa amueblada, con computadora e Internet, cuando trabaje en zonas rurales.
Pero en Tiricias solo se quedó un año. Díaz brincó en 1983 a Los Ángeles de Río Jiménez de Guácimo, donde se convirtió en director en 1985. Un año antes alcanzó el bachillerato universitario con énfasis en la Enseñanza del Español.
Como maestro ganaba ¢6.000 al mes. ¿Y ahora?, una cifra que no comparte y que incluye, al menos, salario de director y anualidades.
En 1990 se vincula a tiempo completo al SEC, como secretario de afiliación y promoción. Nunca más volvió a impartir lecciones.
Sigue escalando puestos y en el 2003 se convierte en presidente del sindicato que cuenta con 30.000 afiliados. Pese a que hay elecciones, nadie le ha quitado la silla de honor en nueve años. Incluso, en la última contienda no tuvo contrincantes.
Hoy lidera lo que él llama, “la meta máxima”. También es la más ambiciosa, una convención billonaria.
