
Vicente Aguilar Cerezo llegó a Costa Rica huyendo. Vino sin dinero, con una mochila y el peso de haber estado demasiado cerca de los jesuitas asesinados en El Salvador. La embajada española lo declaró “pobre de solemnidad” y le dio $150 al mes. Él los complementó haciendo paellas a domicilio. De ahí nació todo lo demás.
Este Viernes Santo 3 de abril, su exesposa Kati y sus hijas Tania y Ana Taína comunicaron su fallecimiento a través del perfil del restaurante que fundó en San Roque de Barva, Heredia. Sus restos serán velados este sábado 4 de abril a las 10 a. m. en la iglesia de Barva de Heredia.
“Se fue en paz, tranquilo, rodeado de amor, con la habitación llena de sus seres queridos”, escribieron. Tenía 77 años, nacido el 16 de setiembre de 1948 en Valencia, España.
Aguilar nació en una familia humilde y católica de la Valencia de posguerra, opuesta al franquismo pero sin poder decirlo en voz alta. Sus padres tomaron la decisión que tomaban entonces muchas familias sin recursos y con fe: lo ingresaron a un seminario.
Se formó para ser sacerdote, pero terminó como fraile franciscano. Y no un fraile cualquiera: en los últimos años del régimen del dictador Francisco Franco, Aguilar trabajó con obreros y personas con discapacidad, tuvo encontronazos con la policía y se ganó el apodo de “cura rojo”.
La Teología de la Liberación hizo el resto. En 1980 cogió una mochila y se plantó en Nicaragua con unos pocos dólares en el bolsillo, a colaborar con la cruzada de alfabetización popular del gobierno sandinista.

Una década entre guerras
Lo que siguió fue una década larga recorriendo Centroamérica y el Caribe en los años más convulsos de la región.
En 1985 llegó a El Salvador a dirigir un proyecto educativo con niños huérfanos de guerra. Fue el padre Ignacio Ellacuría —rector de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA)— quien lo llamó para que se sumara a ese proyecto educativo.
El 16 de noviembre de 1989, militares salvadoreños asesinaron a Ellacuría y a otros cinco jesuitas en el campus de la UCA. Aguilar, colaborador cercano del sacerdote, tuvo que huir. Costa Rica fue su destino.
Antes de instalarse de manera definitiva, todavía hubo una parada más en Nicaragua —en Waspán, en un proyecto de reinserción de indígenas misquitos que habían huido a Honduras durante la guerra— y otra en República Dominicana. Sin embargo, en 1995, decidió quedarse en Costa Rica para siempre.

La paella como vocación
Aguilar encontró en los costarricenses algo que le recordó a su tierra.
“El costarricense, como el valenciano, puede comer arroz por la mañana, al mediodía y en la noche”, decía, en referencia al gallo pinto y el casado. También le gustó otro detalle: Costa Rica no tiene ejército.
El 14 de febrero de 1996 —Día de San Valentín— abrió las puertas del restaurante La Lluna de Valencia en San Roque de Barva, con un menú mínimo: paella, tortilla española, sangría y boquerones. Desde entonces, el restaurante se convirtió en el referente indiscutible de la gastronomía española en el país.
Los reconocimientos llegaron desde su propia tierra. Las paredes del salón guardan el tercer lugar del Concurs Internacional de Paella Valenciana de Sueca (2017), la Cuchara de Oro de la Comunidad Valenciana otorgada por Wikipaella (2020) y el primer lugar del Festival de Paellas (2022).
