
El astronauta costarricense retirado, Franklin Chang-Díaz, confesó que se le erizó la nuca cuando vio por el televisor, este miércoles, el lanzamiento de Artemis II. Él estaba en Houston (Texas), ciudad que él mismo llamó “la capital del espacio”.
Siguió ese momento histórico con la misma fascinación de quien lo vivió siete veces en carne propia; y con la autoridad de quien sabe —como casi nadie— lo que viene después.
En entrevista con la periodista Gabriela Frías, en el espacio Panorama Mundial, de CNN en español, Chang-Díaz ofreció una de las explicaciones más claras sobre por qué la humanidad no puede ir directamente a Marte sin pasar primero por la Luna.
Para explicar qué representa Artemis II en contraste con las misiones Apolo de los años 60, el costarricense recurrió a una imagen cotidiana: una bicicleta.
“Es como aprender a andar en bicicleta otra vez, después de muchos años que lo habíamos hecho. Ahora nos vamos a montar en una bicicleta mucho más sofisticada, más capaz, pero todavía es andar en bicicleta”, recalcó.
La metáfora no es trivial. Los materiales son mejores, la precisión orbital es mayor y la capacidad de cálculo no tiene comparación con la de los años 60, precisó.
Pero el proyecto de fondo —llevar seres humanos a orbitar la Luna y regresar sanos— es esencialmente el mismo ejercicio que Frank Borman y su tripulación realizaron en la Nochebuena de 1968 a bordo del Apolo 8. La diferencia, subrayó Chang-Díaz, está en el propósito.
Ya no se trata de llegar, recoger unas rocas y volver. Esta vez, el objetivo es quedarse.
“Ir a la Luna con el afán de permanecer, de crear una presencia estable y sostenible”, explicó. Esta visión, agregó, es un laboratorio donde la humanidad aprenderá a vivir fuera de la Tierra antes de intentar algo infinitamente más ambicioso.

El problema de los calendarios de Marte
Ahí fue cuando Chang-Díaz entró en el terreno que más domina. Ir a Marte directamente desde la Tierra no es solo difícil: es, en términos logísticos, casi una trampa.
El costarricense recordó que la Tierra completa su órbita alrededor del Sol en un año; Marte, por estar en un carril exterior más amplio, tarda dos años terrestres en hacer lo mismo.
Una nave que salga hoy de la Tierra tardaría entre nueve meses y un año en llegar a Marte. El problema es que, para cuando aterrice, la Tierra ya habrá avanzado tanto en su órbita que quedará del lado opuesto del Sol. Regresar en ese momento es imposible pues toparía de frente con el Sol.
La tripulación tendría que esperar en Marte hasta que ambos planetas vuelvan a alinearse favorablemente, lo que ocurre cada dos años.
“Es un viaje sumamente largo, frágil, con posibilidades de fallas. Un gran peligro”, resumió.
La solución es la propulsión avanzada: reducir el trayecto de nueve meses saliendo de la Tierra, a apenas dos saliendo de la Luna. De forma que una tripulación pueda llegar a Marte y regresar dentro del mismo ciclo orbital, sin necesidad de esperar la realineación de los planetas mientras orbitan el Sol.
Sin embargo, la propulsión es solo una parte de la ecuación. La otra está en el polo sur de la Luna, un terreno accidentado y en penumbra permanente donde, según los científicos de la NASA, hay depósitos de hielo que podrían transformarse en agua, oxígeno para respirar e hidrógeno para combustible.
“El agua es un insumo importante; no la vamos a sacar de la Tierra, tenemos que buscarla en otro lugar, y la Luna tiene agua”, dijo Chang-Díaz.
Esa capacidad de producir recursos in situ —sin depender de costosos envíos desde la Tierra— es lo que convierte a la Luna en una base de operaciones lógica para cualquier misión a Marte.
Chang-Díaz mencionó incluso la posibilidad de instalar un pequeño reactor nuclear en la superficie lunar para garantizar el suministro de energía en zonas donde el Sol no llega.
