Educación

Graduado de 63 años:’ Era una lacra en la sociedad, una escoria, pero Dios me sacó de allí, hoy soy bachiller’

Rafael Antonio Sánchez se graduó este jueves del Liceo Nocturno de Cartago, luego de dejar atrás 22 años de indigencia y droga

Hace algunos años, Rafael Antonio Sánchez Orozco vivía en las calles, consumiendo marihuana y crack. Vivía entre cartones y plásticos en medio de una soledad que lo consumía al igual que la droga. Hoy, a este vecino de San Blas de Cartago solo lo consumen la felicidad y el orgullo: a sus 63 años obtuvo el título de bachiller en educación media del Liceo Nocturno de Cartago.

Al ir a recoger su título de manos de sus profesores le fue imposible no recordar su pasado, ya que fueron 22 años de su vida que desperdició en la indigencia y entre las drogas. Para mantenerse, robaba chatarra, pedía dinero en los semáforos o comida en panaderías.

“Siempre estuve solo, nunca me gustó andar con amistades, me enojaba si alguien se me metía a vivir en mi rancho que lo hacía de tarimas de madera, cartones y plásticos. Viví en León XIII (Tibás), por el puente Virilla. También viví en un lote baldío que había por el Museo de los Niños. Sufrí mucho, era una lacra en la sociedad, una escoria, pero Dios me sacó de allí, hoy soy bachiller”, dijo Rafael quien tiene cinco hijos, 12 nietos, y vive de las contribuciones que le da la gente por repartir periódicos.

Sánchez es uno de los más de 300.000 estudiantes del Ministerio de Educación Pública que se gradúan del curso lectivo 2021 entre el 20 y el 21 de enero.

La historia de Rafael comenzó hace nueve años cuando el abuelo, quien tenía solo la primaria, tocó fondo. Relató que una noche, mientras estaba enrolando un puro de marihuana en el piso, encontró un pedazo de la Biblia. Con la ayuda de la candela que tenía leyó el versículo que ese papel contenía y que nunca se le va a olvidar: “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo donde quiera que vayas”.

Cuenta que al pegar el “primer jalón” del puro, comenzó a vomitar sangre por la boca y la nariz; los ojos también le sangraban.

“Me vi en un pedazo de espejo que tenía. Mi nariz estaba llena de sangre, yo olía muy mal, intenté pedir ayuda, pero la gente me decía que andaba muerto en vida. Me decían ‘vaya báñese, huele mejor un perro que usted’. Vomité también una sustancia amarilla, esa misma noche no aguanté más la droga, no me pasaba, fueron 22 años de andar eso. Ese día me prometí cambiar”, relató.

Cuenta que él le comentó a un señor en Tibás que sentía que podía superarse y este señor lo llevó a Casa Hogar San José donde le ofrecieron ayuda. Luego, se fue a vivir donde sus hijos quienes lo inscribieron en Narcóticos Anónimos; antes ya lo habían hecho, pero no habían tenido éxito. Sin embargo, esta vez sería la última. Allí fue cuando decidió estudiar pues le gustaba leer y sabía que era bueno para los estudios.

Cinco años de esfuerzo y carencias

Se matriculó en el Liceo Nocturno de Cartago hace cinco años a pesar de comentarios incrédulos de sus allegados sobre si terminaría la secundaria. Con ayuda de sus hijos pudo alquiler un apartamento para él solo por ¢40.000.

“En el colegio empecé a luchar conmigo mismo, me empezaron a hacer bullying, no tenía con quién hacer grupos, ningún compañero quería estar conmigo, se creían mucho. Me agarré del bibliotecario quien me ayudó a aprender a usar una computadora, me esforcé mucho, saqué rendimiento destacado de notas en sétimo y así seguí, pasé cuarto año en la pandemia con solo solo cienes”, contó.

En el colegio le dieron beca para transporte de su casa al colegio ya que a veces no tenía dinero para el bus y tenía que irse a pie. Le ayudaron a conseguir lentes ya que tenía la vista muy deteriorada y a hacerse un tratamiento dental. También le dieron cena en el colegio y él se iba en las noches con un recipiente a pedir lo que sobraba para tener con qué almorzar al día siguiente.

Relata que la orientadora “Mauren” le agarró la mano desde sétimo hasta quinto año y siempre lo ayudó a superar sus fantasmas del pasado. También recibe atención psicológica de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) desde hace cinco años.

Cuenta que en la pandemia necesitaba tutorías para entender la materia que debía resolver en las Guías de Trabajo Autónomo, pero no tenía dinero para pagarle a los profesores externos.

“Le hacía trabajos de carpintería a un profesor como pago por explicarme Matemáticas. Mis compañeros, al ver que yo llevaba completas mis guías, querían copiarme, pero yo les dije que no, que si quería le explicaba, pero a cambio de una bolsa de arroz, frijoles. Si no tenía detergente, se los pedía. Yo no regalaba mi materia, nunca falté a una lección. Vaya usted y pregunte si yo algún día falté. Siempre fui un alumno responsable. También, yo iba a pedirle ayuda en Matemáticas a los alumnos del Instituto Tecnológico, ellos me invitaban a almorzar y me ayudaban, me explicaron cómo usar la calculadora científica y así es como pude sacar buenas notas”, contó.

Desde ya, Rafael está matriculado en el Colegio Técnico de Dulce Nombre de Cartago para empezar a estudiar electrotecnia e Inglés y continuar superándose. Allí iniciará clases en la noche a partir del 17 de febrero.

“Yo lloraba lágrimas de sangre con la orientadora, hasta dos horas de sesión con ella. Ella me decía ‘dígame que va a terminar el colegio’, levanté mi mano y dije ‘voy a terminar el colegio’. Cuando entré al colegio dije ‘voy a salir por esta puerta grande que estoy entrando’ y así lo hice. Hoy soy un hombre feliz, voy a nueve años de no consumir, me agarré de la iglesia, Dios tiene todos mis pecados en el fondo del mar”, narró el nuevo bachiller.

Daniela Cerdas E.

Daniela Cerdas E.

Bachiller en periodismo, estudiante de Derecho. Cobertura de la temática educativa del país desde 2015. Redactora del año La Nación, 2018.