Interés Humano

Refugiados sirios en Turquía están ‘entre la espada y la pared’

Ankara abrió sus puertas a los sirios desde el estallido del conflicto en el 2011 y respalda a los rebeldes. Pero la crisis económica puso a los 3,7 millones de refugiados bajo enorme presión

Sanliurfa. Samira, de 44 años, escucha día y noche el mismo mensaje de políticos turcos por televisión: los refugiados sirios deben volver a casa. Pero la suya en Guta, todavía no es segura.

La mujer es de los cientos de miles de refugiados en la provincia turca de Sanliurfa, que comparte una larga frontera con Siria. Desde que llegó en el 2019 al país vecino, Samira no sintió tal presión, hasta ahora.

“No pienso volver, destruyeron nuestra casa. La situación está mal ahí”, dijo a la AFP en su modesto piso en una planta baja en Sanliurfa, hogar de medio millón de refugiados sirios, quienes representan una cuarta parte de la población de la provincia.

Turquía, enfrentada al régimen sirio de Bashar al Asad, abrió sus puertas a los sirios desde el estallido del conflicto en el 2011 y respalda a los rebeldes. Pero una ola de turbulencias económicas, que disparó la inflación y hundió la moneda local, puso a los 3,7 millones de sirios en Turquía bajo enorme presión.

Los refugiados temen ser usados como chivo expiatorio en la campaña electoral del 2023 ante el creciente descontento contra el presidente Recep Tayyip Erdogan por acoger sirios.

El principal partido opositor el Partido Popular Republicano (CHP, por sus siglas oficiales) prometió repatriarlos y el líder de una formación de extrema derecha reconoció financiar un video viral que busca asustar a los turcos sobre la “invasión silenciosa” de los migrantes.

Erdogan dijo a principios de mes que su gobierno quería animar a un millón de refugiados sirios a volver a “zonas seguras” en la frontera entre ambos países, construyendo viviendas e infraestructura local.

“´¡Devolver a los sirios, devolver a los sirios!’ Esto es lo que escuchamos en televisión desde la mañana hasta la noche”, lamentó Samira, sentada en un cojín en el suelo. “¿Por qué no les gustamos? Intentamos construir una vida aquí, intentamos valernos por nosotros mismos. Los políticos nos usan como material de campaña electoral”, aseguró.

A pesar de la presión de la oposición, Erdogan dijo que Turquía no forzará el regreso de refugiados sirios y “no los arrojará al regazo de los asesinos”. Pero esto no aplaca el miedo.

A unos metros de la casa de Samira, Umm Mohamed, quien gestiona una tienda de comestibles local que vende pan, habas y aceitunas de Siria, no puede entender el cambio de rumbo de la sociedad después de tantos años.

“Estamos muy asustados”, comentó la mujer de 43 años detrás del contador, con sus tímidos ojos escondidos tras un velo negro. “Sentimos la presión. Como extranjeros, tenemos que ser amables todo el rato (...). No podemos volver, nos matarían”, insistió la mujer, cuyo marido desertó del Ejército sirio.

Fátima Ibrahim, se casó con un refugiado sirio tras huir a Turquía hace nueve años. La crisis económica los castiga a ellos tanto como a la población local, afirmó. Su marido perdió su empleo como herrero durante la pandemia y dos semanas atrás encontró trabajo como campesino en la provincia central de Konya, a 700 kilómetros de Sanliurfa.

“Los empleadores nos pagan menos, con lo que los locales se enfadan, culpándonos a nosotros por aceptar menos salario”, dijo sentada junto a sus tres hijos pequeños. “A veces escuchamos de los locales que tenemos que volver, que hemos provocado que pierdan sus trabajos”, añadió. “Algunos nos dicen: ‘Siria está mejor ahora, ¿por qué no vuelven? Todo se vuelve caro por su culpa’. Esto me hace sentir tan mal”, explicó.

Pero volver a Siria no es una opción para ella. “Nunca volveré. O me quedaré aquí o huiré a Europa. No hay una tercera opción”, aseguró. Para evitar problemas, mantiene un perfil discreto en público y evita el contacto con los locales. “No visito a mis vecinos y ellos no visitan mi casa. No nos mezclamos”, comentó.

Haifa, profesora de inglés de 39 años de Alepo, puede hablar turco con fluidez después de nueve años y evita hablar árabe en público para no llamar la atención. “Quiero mantenerme segura después de sufrir insultos en la calle”, explicó a AFP.

“Las cuestiones políticas nos afectan más que la economía”, opinó la mujer, quien también recibió gritos para que vuelva a su país. “¿Crees que es fácil dejar todo detrás tuyo? Tus recuerdos, tu casa, todo. Ni siquiera puedes visitar a tu madre o la tumba de tu padre”, lamentó.

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