
El volcán de Fuego puede registrar una erupción de ceniza y gases aproximadamente cada 20 minutos. Esa actividad casi permanente forma parte de su comportamiento habitual desde 1974, pero el episodio que llevó a Guatemala a evacuar comunidades este 4 de agosto muestra una diferencia clave: el coloso está expulsando material con mayor energía y ya produjo un flujo piroclástico.
Ese cambio importa porque los flujos piroclásticos están entre las amenazas más destructivas de una erupción. Son corrientes calientes y densas de gases, ceniza y fragmentos de roca que descienden por las laderas a gran velocidad y pueden arrasar lo que encuentran a su paso.
La noche del lunes 3 de agosto, uno de estos flujos descendió del volcán de Fuego. Fue de pequeñas dimensiones, según explicó María Martínez Cruz, investigadora del Laboratorio de Geoquímica Volcánica del Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Costa Rica de la Universidad Nacional (Ovsicori-UNA). El episodio ocurrió después de semanas de incremento en la actividad del volcán.
“Está emitiendo con más fuerza las cenizas y la lava, con más vigor, con más energía. Esos bloques están empezando a alcanzar distancias mayores que las usuales”, explicó Martínez.
Las autoridades guatemaltecas declararon alerta naranja, evacuaron comunidades cercanas, suspendieron clases y cerraron una carretera ante el aumento de la actividad. El Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología de Guatemala (Insivumeh) advirtió sobre el descenso de material ardiente y señaló estas corrientes como la principal amenaza para poblaciones próximas al volcán.
Un volcán que prácticamente no descansa
Fuego, de 3.763 metros de altura y situado unos 35 kilómetros al suroeste de Ciudad de Guatemala, tiene una característica que lo distingue dentro de Centroamérica: su persistencia.
Según Martínez, los volcanes Fuego y Masaya, en Nicaragua, son los dos de mayor actividad de la región y también se encuentran entre los más activos del mundo.
En el caso de Fuego, la actividad eruptiva persiste prácticamente de forma continua desde 1974.
“Más o menos cada 20 minutos se observa una erupción de ceniza y gas desde la cima”, explicó la vulcanóloga.
En condiciones habituales, estas pequeñas erupciones liberan volúmenes relativamente bajos de ceniza, gases y fragmentos de roca o de lava incandescente. Gran parte del material cae alrededor de la cima.
Ese comportamiento recuerda al que tuvo el volcán Arenal en Costa Rica durante sus 42 años de actividad eruptiva continua. Ambos han presentado largos periodos caracterizados por pequeñas y frecuentes erupciones.
El problema aparece cuando el comportamiento deja de ser rutinario.
¿Qué cambia durante una fase intensa?
Una fase más energética indica que una mayor cantidad de magma está llegando desde las profundidades hasta las partes superiores del volcán.
El material se acumula en la cima. Con él también aumentan los gases y la presión dentro del sistema.
Cuando el material acumulado ya no soporta esa presión, puede ocurrir una descompresión súbita. Una explosión puede entonces fragmentarlo y provocar el descenso de una mezcla ardiente por los flancos del volcán. Así se originan los flujos piroclásticos.
“Hay periodos en que el volcán logra acumular más lava en la cima y, si es mucha lava y ocurre la presurización interna del volcán, esto tiene un potencial de generar estos flujos piroclásticos que son muy peligrosos”, explicó Martínez.
A diferencia de las pequeñas erupciones de ceniza y gases que caracterizan el día a día de Fuego, los flujos piroclásticos no ocurren con la misma frecuencia. Su aparición supone un cambio relevante en el nivel de peligro.
Estas corrientes pueden desplazarse a unos 80 km/h o incluso superar esa velocidad. La mezcla de gases, ceniza y rocas calientes puede derribar árboles, puentes y otra infraestructura, además de afectar ecosistemas y poblaciones ubicadas en su recorrido.
El episodio del 3 de agosto fue pequeño. Sin embargo,, el comportamiento actual tiene un antecedente que mantiene a las autoridades guatemaltecas bajo especial vigilancia.
La huella de 2018
A comienzos de 2018, el volcán de Fuego también empezó a mostrar un aumento de actividad. Hubo erupciones más energéticas, mayor desprendimiento de rocas y ceniza, así como pequeños flujos piroclásticos.
Meses después, el 3 de junio de ese año, ocurrió la erupción más energética y destructiva del volcán desde 1974.
Grandes flujos piroclásticos descendieron por sus laderas y alcanzaron zonas habitadas. Las corrientes arrasaron infraestructura, vegetación y comunidades.
La diferencia entre aquel episodio y el comportamiento cotidiano del volcán ayuda a dimensionar por qué la aparición de un flujo piroclástico activa medidas preventivas incluso cuando el evento inicial es pequeño.
“Una respuesta temprana ante estos procesos volcánicos en un volcán como Fuego puede salvar muchas vidas”, afirmó Martínez.
El peligro no cabe en un solo radio
Determinar hasta dónde puede llegar una erupción tampoco consiste en trazar una única circunferencia alrededor del cráter.
Cada fenómeno volcánico tiene un comportamiento distinto. La ceniza puede viajar decenas o incluso cientos de kilómetros transportada por el viento, mientras los lahares siguen cauces y depresiones del terreno. Los flujos piroclásticos responden a otras condiciones.
Por esa razón, las instituciones encargadas de la vigilancia utilizan diferentes mapas de peligros. Existen mapas para cenizas, gases, lahares y flujos piroclásticos.
En el caso de estos últimos, Martínez señaló que habitualmente pueden afectar zonas situadas a unos 5 kilómetros del volcán y, según las características del evento, extenderse dentro de un rango inferior a los 10 kilómetros. En episodios extremos registrados en otros volcanes del mundo, estos han recorrido hasta 20 kilómetros.
La velocidad complica todavía más el escenario: un flujo que avanza a 80 km/h recorre varios kilómetros en cuestión de minutos.
Por eso, la evacuación depende de la vigilancia y de las alertas previas, no de esperar a observar el descenso del material.
Vivir bajo un volcán activo
La ciencia permite identificar las zonas expuestas. La realidad alrededor del volcán de Fuego añade otra variable: muchas personas viven en áreas consideradas de alto riesgo.
Incluso algunos sobrevivientes de la erupción de 2018 regresaron posteriormente a comunidades situadas en las laderas.
Martínez conoció algunos de esos casos durante una visita de investigadores del Ovsicori a Guatemala en 2024. Al preguntar por qué habían vuelto pese al riesgo, encontró una explicación que trascendía los mapas volcánicos. Algunos perdieron allí a familiares cuyos restos quedaron sepultados tras la erupción y decidieron permanecer cerca del lugar.
“Ellos dijeron que ahí murieron sus familiares, que no tienen a nadie más en este mundo, sus familiares están ahí y no tienen dónde ir”, relató la investigadora.
Ese arraigo coloca la gestión del riesgo frente a una realidad que no depende solo de la distancia respecto al cráter. Los mapas pueden establecer dónde existe mayor peligro, pero las decisiones sobre el territorio también atraviesan vínculos familiares, condiciones económicas y la historia de las comunidades.
¿Por qué Fuego es tan activo?
La persistencia de Fuego tiene su origen mucho más abajo de la cima. Según Martínez, su prolongada actividad indica que existen condiciones en el manto y la corteza terrestre que permiten un transporte eficiente de magma desde el interior de la Tierra hasta la superficie.
El Fuego forma parte de la cadena de volcanes asociada al Cinturón de Fuego del Pacífico. En esta región, una placa tectónica se introduce debajo de otra mediante un proceso conocido como subducción. Esa dinámica favorece la formación de magma y explica buena parte del vulcanismo que recorre la costa pacífica del continente americano.
Compartir ese origen tectónico, sin embargo, no significa que una erupción en Guatemala pueda activar un volcán en Costa Rica, Nicaragua u otro país.
“Cada volcán es independiente uno del otro”, aclaró Martínez.
Fuego seguirá siendo, por sus propias características, un volcán de actividad frecuente. La atención científica y de las autoridades se concentra ahora en determinar cuánto durará el incremento de energía y si el aporte de magma continuará favoreciendo episodios capaces de producir nuevos flujos piroclásticos.
