La democracia no es una obra acabada. Está en construcción permanente, es una historia sin fin que requiere de un esfuerzo consciente y constante, pues los retos que enfrentan nuestras sociedades son, cada vez, más complejos; al mismo tiempo que aumentan y, sobre todo, mutan las demandas de las ciudadanías y los mecanismos a través de los cuales pretenden ser escuchadas.
Entender esto es clave, sobre todo para no caer en la trampa tentadora de la complacencia que lleva el pensar que la construcción de convivencia democrática termina con competencias electorales periódicas —incluyendo los ejercicios esporádicos de democracia directa como las consultas populares— y con carcasas institucionales que, en apariencia, crean pesos y contrapesos efectivos y suficientes frente a los peligros de la concentración del poder, en cualquiera de sus formas.
Al final del día, el éxito de las democracias radica en su capacidad para satisfacer las demandas legítimas de las ciudadanías y, especialmente, en garantizar que quiénes detenten el poder, temporalmente y en sus diferentes manifestaciones, interactúen entre ellos con balance y sin que unos se impongan absolutamente sobre otros, al extremo de coartar injustificadamente sus derechos y libertades.
Como si la tarea no fuese ya de por sí ardua y difícil, la democracia tiene múltiples enemigos, generalmente intereses que no están dispuestos a compartir espacios de poder comunes con los otros, pretendiendo imponerse sobre ellos, relegándolos y negándoles derechos y oportunidades y, no pocas veces, destruyéndolos.
Las fuerzas a las que les estorba la democracia son hábiles en buscar justificaciones atractivas y, sobre todo, fisuras a través de las cuales filtrar sus discursos manipuladores con el fin de debitarla. En los últimos años, han cosechado preocupantes y dramáticos éxitos siguiendo una estrategia que la dinamita desde uno de sus cimientos más sólidos: los mecanismos de representación.

Cuando la democracia y la legitimidad se conciben exclusivamente como una competencia por el poder, los procesos de elección y la regla de la mayoría se desdibujan y desvirtúan pues, dejan de ser mecanismos para decidir entre opciones y procurar la alternancia entre ellas, y se convierten en justificaciones —para estos líderes narcisistas, autocráticos y populistas casi en patentes de corso— para hacerse de un poder excesivo, bajo la premisa —incompleta, incorrecta y, sobre todo, falsa— de contar con el apoyo popular, expresado en las urnas.
Usar mecanismos de representación democráticos de manera maniquea, como instrumentos para alimentar la confrontación sin sentido y con el fin de justificar el imponer intereses y visiones sobre los otros es simple y llanamente tratar de dinamitar, desde dentro, la convivencia social y debe catalogarse, con todas sus letras, como una actitud antidemocrática.
Lo que otorga a un líder o a una propuesta políticos el carácter democrático no es alcanzar el poder mediante la suma de los votos, es la forma en que concibe la convivencia entre las ciudadanías con sus puntos de encuentro y sus diferencias y, sobre todo, su capacidad para construir confianza.
Es decir, no la forma en cómo alcanzan el poder sino, por encima de todo, para qué lo quieren y si tienen los escrúpulos y los cimientos éticos para ejercerlo en clave del beneficio colectivo.