
En un supermercado o tienda de conveniencia, al 14 de mayo, una manzana gala podía costar entre ¢450 y ¢700. Sin embargo, para esa misma fecha, en una escuela del centro de San José, el subsidio diario destinado a la alimentación de cada estudiante en el comedor escolar apenas alcanzaba los ¢350 por niño.
Con ese monto, la escuela debe rendir al máximo los recursos para lograr servir una merienda al día a cada uno de sus más de 500 estudiantes, pese a que, para muchos menores, ese plato representa el único alimento seguro que reciben ante las dificultades económicas que enfrentan sus hogares.
Así lo relataron a La Nación fuentes vinculadas con uno de los centros educativos públicos ubicado entre las calles capitalinas, quienes pidieron resguardar tanto su identidad como el nombre de la institución para evitar sanciones y represalias.
Este diario visitó el comedor del centro educativo para conocer el impacto del recorte de más de ¢12.000 millones previsto para el 2026 en las transferencias del Fondo de Desarrollo Social y Asignaciones Familiares (Fodesaf) al programa Comedores Estudiantiles.
La reducción forma parte de un ajuste superior a los ¢42.000 millones en programas sociales que también golpeó las pensiones por pobreza y ayudas como Avancemos.

‘Detrás de cada presupuesto hay historias reales’
Lucrecia es madre de una niña de nueve años que cursa cuarto grado en el centro educativo visitado por La Nación. Su hija mayor también estudió allí y ahora asiste a secundaria en otra institución. Aunque ese no es su nombre real, pidió resguardar su identidad por motivos de seguridad.
Tras ocho años de involucrarse en la comunidad educativa, aseguró que, desde hace unos tres años, comenzó a notar cambios en la alimentación que se ofrece en el comedor estudiantil, al pasar de una comida completa a lo que ahora denominan un “complemento” o merienda.
“El servicio de comedor de comida completa incluye un plato fuerte de desayuno o almuerzo, mientras que un complemento es como una merienda. Eso cambió hace como dos o tres años. Aquí lo que dan es un complemento, pero antes se daba una comida completa”.
— Lucrecia, madre de una niña que cursa cuarto grado en el centro educativo.
Según relató, mientras antes los estudiantes podían recibir un almuerzo o desayuno completo, hoy el complemento suele consistir en una taza de cereal con fruta, una tortilla con pollo mechado o una torta de huevo con tomate.
Se trata de una única merienda al día y sin posibilidad de repetir, salvo en casos especiales en los que las familias solicitan apoyo adicional al centro educativo. En esas situaciones, Lucrecia explicó que la escuela intenta conseguir más alimentos para el menor, pues, de lo contrario, podría no tener acceso a comida en su hogar.
En ese sentido, manifestó su preocupación ante el recorte presupuestario para este año del Fodesaf a los comedores, pues se trata del presupuesto más bajo desde el 2021.
“Cuando uno se refiere al gobierno o la economía, se habla de dinero, de presupuestos, pero detrás de cada presupuesto hay historias reales. Hay historias de necesidades de familias que intentan darle un mejor futuro a sus hijos, y que, a pesar de que a veces no tienen para comprar comida, priorizan el envío de sus hijos a estudiar”, comentó.
“Un niño con hambre es un niño en desventaja en todo sentido, porque no se alimenta bien, no se nutre, no tiene salud”, agregó.
Aunque una fuente vinculada con el centro educativo indicó a La Nación que el subsidio ronda los ¢350 por estudiante, Lucrecia aseguró que, en realidad, el monto disponible para alimentación ha sido incluso inferior a los ¢20.

Exigen cumplir menú, pero dinero no alcanza
El Ministerio de Educación Pública, mediante el Programa de Alimentación y Nutrición del Escolar y del Adolescente (Panea-Comedores Escolares), establece un menú oficial que los centros educativos deben cumplir.
No obstante, fuentes vinculadas con este comedor aseguraron que, en la práctica, han debido hacer ajustes por limitaciones presupuestarias.
Explicaron que la obligación de comprar productos al Consejo Nacional de Producción (CNP) eleva el costo de algunos alimentos, lo que dificulta seguir el menú “a cabalidad” y obliga a reducir porciones o sustituir productos para estirar los recursos.
Además, afirmaron que se solicitó autorización para volver a ofrecer almuerzo en lugar de merienda, pero no se les permitió.
En esa línea, cuestionaron que la respuesta institucional haya sido pedirles que “hagan los ajustes que tengan que hacer, pero que no cambien el menú”, sin flexibilizar precios ni lineamientos, pese a las dificultades para sostener el servicio en medio de los recortes presupuestarios.
