
Morderse las uñas es una conducta frecuente que suele pasar inadvertida. Aparece en oficinas, hogares y espacios públicos. Se manifiesta durante momentos de estrés, espera o distracción. En muchos casos, la persona no nota que lo hace. Detrás de ese gesto automático se encuentra la onicofagia, un hábito más complejo de lo que parece.
La onicofagia afecta a niños, adolescentes y adultos. Suele iniciarse a edades tempranas y mantenerse durante años. Aunque socialmente se minimiza, este comportamiento tiene efectos físicos, emocionales y sociales. Las consecuencias van desde lesiones en uñas y piel hasta infecciones, desgaste dental y sentimientos de vergüenza.
¿Qué es la onicofagia?
La onicofagia se define como el hábito persistente de morderse las uñas. En muchos casos también incluye la piel que las rodea. No se considera una enfermedad. Sí se clasifica como una conducta repetitiva centrada en el cuerpo. Se trata de un comportamiento automático que ocurre sin plena conciencia.
Este hábito aparece como respuesta a estados emocionales internos. El estrés, la ansiedad, el aburrimiento o la dificultad para regular tensiones suelen influir. No responde a una decisión consciente. Funciona como una vía de descarga emocional o como un recurso durante la concentración.
Un hábito pequeño con grandes consecuencias
La onicofagia sostenida genera daños progresivos en uñas y piel. Las mordidas repetidas provocan microlesiones, inflamación y alteraciones en el crecimiento normal de la uña. Con el tiempo, las uñas se vuelven quebradizas, deformadas o dolorosas.
Las heridas abiertas facilitan la entrada de bacterias, hongos y virus. La zona periungueal resulta especialmente vulnerable. Puede desarrollar infecciones como la paroniquia, que causa enrojecimiento, dolor e hinchazón. Debajo de las uñas se acumulan gérmenes que ingresan a la boca al morderlas. Esto aumenta el riesgo de infecciones bucales o molestias gastrointestinales.
El impacto también alcanza la salud dental. El contacto constante entre uñas y dientes favorece el desgaste del esmalte y pequeñas fracturas. Puede generar dolor mandibular e irritación de encías. A nivel emocional, el daño visible en las manos produce incomodidad y conductas de ocultamiento. Este malestar refuerza el hábito.
¿Cómo reducir o evitar morderse las uñas?
Abordar la onicofagia requiere comprender la función del hábito. Identificar los momentos en que aparece permite anticiparse. El estrés, la ansiedad o el aburrimiento suelen actuar como detonantes. La conciencia del comportamiento representa un primer paso.
Algunas medidas prácticas ayudan a reducir la conducta. Mantener las uñas cortas y cuidadas limita el impulso. Proteger las zonas lesionadas evita nuevas mordidas. Reemplazar el gesto por otra acción menos dañina también resulta útil.
Cuando el hábito está muy arraigado o causa lesiones frecuentes, el acompañamiento profesional cobra relevancia. La terapia psicológica, en especial la cognitivo-conductual, permite trabajar el manejo de la ansiedad, los impulsos y los factores emocionales asociados.
*La creación de este contenido contó con la asistencia de inteligencia artificial. La fuente de esta información es de un medio del Grupo de Diarios América (GDA) y revisada por un editor para asegurar su precisión. El contenido no se generó automáticamente.
