
El traslado de animales entre islas del sudeste asiático y el Pacífico no siempre ocurrió de forma natural. Un estudio científico reveló que los seres humanos desempeñaron un papel clave en la expansión de los cerdos por esta vasta región hace unos 4.000 años.
La investigación, publicada el 1.º de enero en la revista Science, analizó cómo los pueblos austronesios transportaron cerdos de isla en isla. El trabajo explicó por qué estos animales lograron superar una barrera biogeográfica histórica conocida como la Línea de Wallace, que separa especies de origen asiático y australiano.
Esta frontera fue identificada en el siglo XIX por el biólogo Alfred Russel Wallace. Él observó que muchas especies, como leopardos y monos, no cruzaban hacia zonas donde predominaban marsupiales. Los cerdos constituyeron una excepción clara.
Los científicos determinaron que los cerdos se distribuyeron por ambos lados de la Línea de Wallace y se extendieron desde el sudeste asiático hasta la Polinesia. Este patrón no respondió a procesos naturales, sino a la intervención humana.
Para llegar a estas conclusiones, el equipo recolectó información genética de 117 cerdos modernos y antiguos. Además, examinó 708 muestras vivas y arqueológicas y comparó 585 genomas mitocondriales. El análisis permitió identificar mezclas de linajes y rastrear rutas de dispersión.
Los resultados mostraron que distintas culturas introdujeron especies diferentes de cerdos durante miles de años. Las evidencias más antiguas señalaron que poblaciones de la isla de Sulawesi llevaron los primeros cerdos hacia el este de la Línea de Wallace.
La expansión se intensificó hace unos 4.000 años. En ese periodo, comunidades agrícolas trasladaron cerdos domésticos en un recorrido que inició en Taiwán. Luego, los animales llegaron a Filipinas, el norte de Indonesia y Papúa Nueva Guinea. Finalmente, alcanzaron islas más remotas como Vanuatu y zonas de la Polinesia.
No todos los cerdos introducidos permanecieron domesticados. Muchos escaparon y formaron poblaciones salvajes. En islas como Komodo, estos animales se hibridizaron con jabalíes y pasaron a ser una fuente de alimento clave para los dragones de Komodo, una especie de lagarto en peligro de extinción.
El estudio también evidenció que el impacto de los cerdos varía según la isla. En algunos territorios poseen valor espiritual. En otros se consideran plagas que afectan ecosistemas y actividades humanas.
Esta situación plantea desafíos para las políticas de conservación. Los investigadores señalaron dilemas culturales, sociales y biológicos al definir qué especies se consideran parte de la fauna nativa cuando su presencia se debe a antiguas migraciones humanas.
La investigación destacó que la llegada de personas al Pacífico dejó huellas duraderas en los ecosistemas. El análisis genético permitió vincular la dispersión de los cerdos con poblaciones humanas específicas, tanto en el espacio como en el tiempo.
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