
Un objeto extraviado en un patio rural del Reino Unido llevó a uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes del siglo XX en ese país. Un tesoro romano del siglo V, enterrado durante más de 1.500 años, salió a la luz de forma accidental.
En 1992, en la localidad de Hoxne, el agricultor Peter Whatling pidió ayuda para encontrar un martillo perdido en su propiedad. El encargo recayó en Eric Lawes, jardinero jubilado y aficionado a la detección de metales. La búsqueda se realizó con un detector.
En lugar de la herramienta, el dispositivo localizó monedas antiguas, cubiertos y otros objetos metálicos enterrados a poca profundidad. La magnitud del hallazgo sorprendió de inmediato a ambos vecinos.
Los descubridores informaron a la policía local y a los servicios arqueológicos, lo que permitió una excavación profesional. Esta decisión facilitó la documentación precisa de cada pieza y del contexto original del hallazgo.
El conjunto recibió el nombre de Tesoro de Hoxne. Los especialistas lo consideran uno de los más valiosos depósitos de oro y plata del final del periodo romano encontrados en Gran Bretaña. A nivel mundial, ocupa el quinto lugar entre los diez mayores tesoros de metales preciosos de los siglos II al VII d. C.
El tesoro incluyó 15.233 monedas, vasijas de plata, joyas de oro, cucharas y utensilios de higiene personal. También aparecieron restos de madera y materiales orgánicos, lo que permitió establecer que las piezas se guardaron en un baúl de roble, con compartimentos internos protegidos con paja y telas.
Los análisis indicaron que el cofre se enterró en algún momento del siglo V d. C. Varias monedas correspondieron a los años 407 y 408 d. C., aunque la mayoría provenía de décadas anteriores. Los expertos no lograron determinar a quién pertenecía el tesoro ni el motivo exacto de su ocultamiento.
Entre las explicaciones planteadas figuró un contexto de inestabilidad en la Britania romana, entre finales del siglo IV e inicios del siglo V. Otra posibilidad apuntó a que se tratara del botín de un robo.
En 1993, las piezas pasaron a manos de la corona inglesa, que las vendió a distintos museos. Parte del tesoro se exhibe en el Museo Británico, en Londres.
El valor económico se entregó al descubridor, quien lo compartió con el propietario del terreno. Ambos recibieron £1,75 millones, equivalentes hoy a cerca de £4,7 millones, unos $6,4 millones.
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