Medio Ambiente

Cultivos impulsados con ingenio y la fuerza de la gravedad

Una tragedia convenció a Wálter Garita Monge de variar los métodos de siembra en su finca, la cual hoy se beneficia naturalmente del cambio

Wálter Garita Monge tiene su finca El Rodeo de Tierra Blanca, en Cartago, donde el agua para el riego de sus cultivos no viene de la red de suministro y tampoco requiere un motor para distribuir el líquido.

Este productor de 42 años instaló un reservorio de agua para la época seca con capacidad para 500.000 litros. El sistema parece una enorme y cuadrada piscina de varios metros de profundidad que se localiza en un extremo de la propiedad. Cuando requiere líquido en verano, abre una llave y el peso del agua la impulsa por mangueras dispuestas entre los surcos hacia sistemas de riego por aspersión.

Además, también aprovecha en verano las aguas del río Quebrada Chinchilla el cual le sirve para reabastecer su reservorio cuando se acaba el agua llovida acumulada meses antes. Para servirse del río, tiene una tubería localizada 200 metros aguas arriba de su propiedad. Basta abrir una llave y la gravedad hará su magia llevando líquido del cauce por el ducto que luego lo depositará en el reservorio.

Garita Monge es presidente de la SUA (Sociedad Usuarios de Agua) El Portón del Rodeo, donde junto con otros 48 productores se sirve de las aguas del río, bajo estrictos controles y permisos.

En su finca, además, cambió el manejo de las pendientes entre los surcos cultivados con una técnica codal la cual le ayuda a prevenir erosiones (y pérdida de terrenos fértiles y microorganismos) en tiempos de aguaceros que, de otro modo, arrastrarían cada invierno la capa fértil del terreno.

El cambio de prácticas vino luego de una tragedia que le enseñó lo traicionera que también puede ser la fuerza de la gravedad.

“Hace años, a varios colegas agricultores se los llevó una corriente de agua. Iban en un carro cuando una crecida cerca de un sector conocido como la Vuelta del Tapón los arrastró. Esas crecidas se deben a la falta de conocimiento. Las aguas llovidas hay que sacarlas cuidando el grado de inclinación y no pendiente abajo como era antes. Eso es una pérdida de suelos y hasta de vidas”, recordó.

Desde entonces, aseguró, ha seguido tomando conciencia y aprendiendo a entender las bondades que pueden hacer algunos ajustes a la salud, la rentabilidad del negocio y el ambiente.

“Innovar es una oportunidad de negocio y el entendimiento de que si llenamos los cultivos de cargas químicas, los primeros que nos matamos somos nosotros, quienes también tenemos una responsabilidad con quienes compran nuestros productos y nuestro trabajo. Hace 10 años inicié el cambio, pero que mis padres entiendan ha sido muy duro porque ellos vienen con la programación de otros tiempos”, explicó.

Además, afirmó, hay estudios que sugieren la aparición de enfermedades por exceso de cargas químicas en los cultivos, y eso nadie lo quiere.

“Yo siempre aparto un saco de cebollas, papas y zanahoria para mi familia. Entonces no voy a ser tan irresponsable de matar a mi familia cuando todos aspiramos a una mejor calidad de vida y, ojalá, una vejez con salud”, añadió.

Su finca es una herencia de su papá, Julio Garita Ramírez. Cuando el hijo terminó la escuela, renunció al colegio por seguir al padre e instruirse con él en el trabajo de campo.

“En ese tiempo era muy lindo ser agricultor porque uno sembraba y sabía que esa producción iba a dejar una ganancia y te iba a permitir crecer; no teníamos condiciones comerciales tan duras como ahora, era una Costa Rica diferente y los bancos te trataban con respeto. Ahorita no hay trato diferenciado y casi ni nos prestan atención porque para ellos ya no somos una opción”, lamentó el productor.

Según dijo, está convencido del cambio en nombre de la salud, el ambiente y la liquidez pero tampoco es una transición inmediata porque, explicó, muchos como él carecen de liquidez para agregar mejoras porque venden por debajo del costo de producción, los que anula cualquier ingreso esperado para hacer compostaje, agregar bioinsumos o construir bodegas para hacer abonos orgánicos.

“Tenemos como cuatro temporadas de estar vendiendo por debajo del costo de producción donde invertimos cierta suma y no lo recuperamos, es un trabajo demasiado duro, demasiado difícil y sacrificado, donde no lográs el ingreso previsto, entonces, la agricultura en este momento si no da un giro, nos condenará a desaparecer en unos dos o tres años. El que un hijo le diga a uno que quiere ser agricultor, es una frase difícil porque uno no quiere que sufran”, concluyó.

Juan Fernando Lara Salas

Juan Fernando Lara S.

Redactor en la sección Sociedad y Servicios. Periodista graduado en la Universidad de Costa Rica. Ganó el premio Redactor del año de La Nación (2012). Escribe sobre servicios públicos, infraestructura, energía y telecomunicaciones.

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