
Un estudio internacional vincula la pérdida sostenida de grasa visceral con un mejor rendimiento cognitivo a largo plazo. La investigación indica que reducir este tipo de grasa ayuda a ralentizar la atrofia cerebral.
El análisis contó con la participación de la Universidad Ben-Gurión del Néguev e investigadores de la Universidad de Harvard, la Universidad de Tulane y la Universidad de Leipzig.
Los hallazgos aparecen en la revista Nature Communications. Los científicos sugieren que la relación entre la grasa abdominal y el envejecimiento del cerebro depende del control de la glucosa. También influye la sensibilidad a la insulina en este proceso biológico.
La investigación dio seguimiento a 533 personas de mediana edad avanzada. El periodo de observación abarcó entre cinco y 16 años. Los participantes realizaron pruebas de Evaluación Cognitiva de Montreal y resonancias magnéticas cerebrales.
Los resultados generales asocian una menor acumulación de grasa visceral con mejores puntuaciones cognitivas. Esta condición ayuda a preservar el volumen de la materia gris. Además, protege la ocupación del hipocampo, el cual es un marcador clave de la memoria.
El estudio observó una ralentización en la expansión de los ventrículos cerebrales. Este proceso es un indicador de la atrofia cerebral.
En paralelo, un análisis centrado en un subgrupo de pacientes demostró que niveles persistentemente elevados de grasa visceral se vinculan con una mayor pérdida de volumen cerebral. Este efecto específico se notó principalmente en el hipocampo y ventrículos cerebrales.
Los investigadores no encontraron estas asociaciones en la grasa subcutánea. Tampoco el índice de masa corporal mostró una relación directa con los resultados cerebrales. Esto subraya la importancia biológica específica de la grasa visceral.
La reducción de grasa visceral durante 18 meses predice una mejor estructura cerebral años después. El estudio aclara que la pérdida de peso general no es el factor predictivo principal. Lo relevante es la disminución de la grasa situada entre los órganos.
El equilibrio glucémico media la asociación entre la grasa y el cerebro. Los niveles de glucosa en ayunas predijeron la tasa de cambio estructural en el tiempo. Otros marcadores inflamatorios no mostraron una vinculación similar en el análisis.
Los datos respaldan la hipótesis de que la resistencia a la insulina perjudica la perfusión cerebral. La desregulación del metabolismo de la glucosa compromete la barrera hematoencefálica. Estos factores aceleran la degeneración del hipocampo.
Dafna Pachter, autora principal, señala que el peso no indica con precisión los cambios metabólicos. Ella afirma que incluso una pérdida de peso moderada protege la estructura cerebral si se reduce la grasa visceral.
