Hazel Feigenblatt. 25 marzo

Poner emociones y creencias por encima de la ciencia y los hechos para influenciar más fácilmente a la opinión pública se ha normalizado tanto en la política de muchos países que algunos creyeron poder hacer lo mismo con una pandemia como la del nuevo coronavirus.

El coronavirus rápidamente los sacó de su error. Gobiernos que inicialmente minimizaron la gravedad del covid-19, porque tomar medidas les resultaba inconveniente para sus intereses políticos, pronto vieron sus creencias fantasiosas corregidas públicamente por la realidad.

Uno de los casos más vergonzosos es Irán, donde el inicio de la epidemia coincidió con elecciones parlamentarias. Temiendo que los electores no salieran a votar en una elección que el grupo en el poder esperaba ganar, el gobierno atribuyó los reportes de muertes a exageraciones.

Tosiendo y visiblemente enfermo, una de las principales autoridades de salud del país dijo en febrero que renunciaría si la epidemia se convertía en un problema serio. Solo un día después tuvo que anunciar que había contraído el virus.

Desde entonces, otros altos funcionarios se han contagiado (algunos incluso han fallecido) y a la fecha se reportan más de 20 mil casos y casi 2.000 muertos, lo cual ha requerido de la creación de fosas comunes para enterrarlos.

En Estados Unidos, el presidente Donald Trump pasó semanas negando la seriedad de la epidemia durante las cuales hizo más de 30 declaraciones falsas, según reportes de prensa.

Una de las que repitió con más frecuencia fue que la epidemia era una “farsa” de la prensa y los demócratas, creada para perjudicar sus posibilidades de reelegirse en las elecciones de noviembre.

Tan solo unos días antes de verse obligado a declarar emergencia nacional debido a la epidemia, Trump aún insistía en decir que la epidemia estaba “bajo control”, que el número de casos empezaría a bajar, y que el virus desaparecía pronto “como por milagro”.

Hoy, Estados Unidos es el tercer país en número de casos confirmados y el tiempo perdido en prepararse para la epidemia se está haciendo dolorosamente notorio.

Por ejemplo, solo una pequeña parte de las personas que necesitan hacerse la prueba tienen acceso a ella, personal médico ha tenido que ponerse hasta bolsas de basura y pedir mascarillas al público porque los hospitales no tienen suficientes; y Nueva York estima que necesitará 18.000 “ventiladores” (para mantener vivos a los pacientes más críticos) pero no cuenta ni con la tercera parte de ese número.

En el Reino Unido, la “estrategia” inicial del gobierno de Boris Johnson fue simplemente dejar avanzar el contagio con la creencia de que eso llevaría a una “inmunidad colectiva”, algo que fue desmentido por los científicos de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

China, por su parte, incluso llegó a interrogar y detener a los doctores que dieron la alarma de la epidemia y los acusó de diseminar información falsa. El gobierno también censuró información clave de salud pública bloqueando palabras como “neumonía” y “epidemia” en Internet.

Latinoamérica, en donde el virus tardó un poco más en llegar en comparación con Asia y Europa, algunos países continúan apelando a emociones y creencias para evadir la gravedad de la epidemia, pese a los devastadores efectos ya demostrados en otras regiones.

En Brasil, el presidente Jair Bolsonaro, insiste en referirse a la epidemia con términos como “fantasía” e “histeria” y se ha negado a tomar medidas serias al respecto, pese a que más de 20 personas en su entorno cercano han contraído el virus. En México, el presidente Andrés López sigue instando a la gente a salir y a abrazarse, diciendo que la mejor protección contra la epidemia son estampitas religiosas.

En ambos casos es temprano para decir cuántas vidas pagarán por la irresponsabilidad de sus gobernantes o si ambos países están hacienda suficientes pruebas para tan siquiera saber cuántos contagios y muertes está causando el coronavirus.

Una cosa que tienen en común los gobernantes que han puesto y siguen poniendo sus intereses y/o creencias por encima de la salud pública y la vida de miles de personas es el hábito de usar desinformación y de apelar a las emociones del público para justificar medidas autoritarias y/o populistas, usualmente sin fundamento factual y/o técnico.

Sin esas mentiras, verdades a medias y omisiones, muchas de las medidas sociales y económicas de estos gobernantes a menudo no tendrían mayor posibilidad de avanzar. Sin embargo, el que las consecuencias de esos actos sean menos visibles e inmediatas que las de una epidemia mal manejada no significa que sean menos peligrosas.

Por el contrario, el coronavirus es en cierta forma el ejemplo más claro de lo que ocurre cuando se le da el poder a quienes viven de emociones y creencias, sea en temas de salud o en cualquier otra área.