Resulta obvio, pero mejor lo aclaro. El título de esto se excede en dramatismo. Me apropio de un efecto literario con el solo propósito de capturar su atención. “Morir” de amor, en el mejor de los casos resulta romántico. En el peor, algo innecesario. Y sí. Todos conocemos la historia de los viejitos que se murieron con una semana de diferencia. La conclusión a la que casi todos saltan: “el que quedó vivo no aguantó y por amor decidió irse también”. Se oye bonito, pero nunca sabremos por qué sucedió. ¿Y si el primero en morir se fue para “un” lado y la segunda persona se fue para “otro” lado?
Pero bueno, hoy no entré a destrozar fantasías. Hoy deseo mantenerme en el terreno de lo práctico. ¿Cómo lograr no estar sufriendo por amor? Sea por falta de amor, exceso de amor, acumulación de varios amores al unísono, etc. Yo tengo la clave. En realidad, no yo. Un admirado colega argentino, cuyos textos influyeron sobremanera mis últimos años en la facultad, así como mis primeros años como clínico, plantea la clave en uno de sus maravillosos libros, el cual lleva por título “El libro del dolor y del amor”: “todo aquel que no desee sufrir emocionalmente, debe abstenerse de amar”. ¿Qué tal? Se que esperaban algo más esperanzador. Lo se. Es que los psicoanalistas tienen ese sospechoso gusto por el fatalismo, lo cual no es más que un modo más sofisticado de dramatizar. Todos pasamos por ahí. A algunos ya se nos quitó...
La solución del colega Nasio a muchos no les convence. No los culpo. Sin embargo, rollos personales aparte, el tipo tiene razón. Amar conlleva siempre un riesgo. Uno terrible, precisamente porque no podemos presupuestarlo. ¿Y si al amarte confío y un día dejás de amarme? He ahí el gran enigma sentimental humano, el cual puede presentarse de otro modo: ¿Y si un día dejo de amarte? ¿Tendré que sufrir por la sola razón de experimentar una transformación de mis sentimientos? ¿Por qué tendría que sufrir? No podemos controlar lo que sentimos. ¿O sí? Como ven, entrarle a lo del amor es cualquier cosa menos una fuente de seguridad.
En ese mismo texto, Juan David propone un símil fascinante. Recurre al fenómeno del miembro fantasma. Dícese de esos casos en los que alguien sufre la amputación de alguna de sus partes físicas y, posteriormente, continúa sintiendo la presencia de dicho apartado anatómico (experimentar una tremenda picazón del dedo gordo del pie izquierdo, sabiendo que ya no cuenta con nada por debajo de la rodilla, por ejemplo). Esto se explica neurológicamente. Hoy no vamos a ponernos muy exquisitos con los pormenores científicos. Lo interesante de su propuesta es que, al amar, el otro se convierte, imaginariamente -claro está- en una especie de parte de nosotros. La presencia del otro suma a nuestra existencia. Al amar, somos más. De ahí que, si ese “pedazo“ de nosotros desaparece -se va o “lo vamos”-, pasaremos cierta temporada extrañando su presencia. Eso explica por qué, meses después de una separación, una canción, un aroma, un email, un escenario re-crea una serie de sensaciones intensamente vívidas y, por ende, dolorosas, ya que nuestro cerebro rápidamente cae en cuenta que ese/esa (“eso”, ya que todo lo que no somos nosotros lo tratamos como objetos en nuestro interior), no se encuentra a nuestro alrededor. Acá también podríamos hablar de un miembro fantasma... un miembro de mi universo personal. Uno protagónico.
Entonces, ¿qué hacemos? ¿Dejar de amar? ¿Darle la espalda a la posibilidad de compartir este “ride“ tan interesante al que llamamos “vivir” con alguien que sume interés y emoción a la caminata? Diay no. Pues no. ¿Por qué haríamos eso? No tiene sentido. Nasio no tiene sentido. En realidad lo que él propone no es una fórmula, ni siquiera una receta. Es una reflexión. Es una advertencia. Dicho en términos coloquiales: “si se va a meter a jugar, aguante” (así decíamos en la escuela antes de mejenguear).
Y no. No me refiero a aguantar irrespetos y menos aún agresiones, de cualquier tipo. Nadie debería aguantar eso ni ningún neurótico juego de “adultos“. El de las escondidas, por ejemplo. Se parece al que jugaban los chiquitos. Solo que le suman altos grados de locura. El juego va más o menos así: uno de los dos gusta de hacer cosas que su pareja no debe conocer, así que se esconde. Apaga el celular, miente, crea varias cuentas y sendas direcciones de correo. Se pone de acuerdo con sus amigos para ser encubierto. La otra persona, deseosa de experimentar la embriaguez de la locura y el descontrol, “hackea” la tecnología de su “media naranja“, le coloca un GPS en la mufla del carro y si pudiera hasta contrataría un dron que lo siga a donde vaya. Diagnóstico: ninguno está preparado para emparejarse, no del modo indicado al menos. Todavía albergan mucho ruido en sus interiores. Podría ser heredado. Podría ser producto de sus experiencias. Podría también ser necesidad -inconsciente- de sufrir.
Si no podemos lidiar con el porvenir no estamos listos para emparejarnos. Si, como camaleones, volcamos un ojo al pasado y otro al futuro nunca podremos disfrutar del amor. Es que el amor es presente. Es cotidianidad. Es lo que está sucediendo en este momento. Lo demás son añoranzas y sueños. Ni las añoranzas ni los sueños son reales. Los primeros ya no son. Los segundos podrían -o no- llegar a ser.
El amor es riesgoso, altamente riesgoso. Es un terreno movedizo. Fascinante, pero movedizo. Además, se sustenta en una promesa, lo cual le agregar mayor sensación de riesgo. Será por eso que, al iniciar el libro que hoy me motivó a escribirles, Juan David plantea esta reflexión como introducción: “no te amo por lo que me has dado. Te amo por lo que no me has dado aún”. Esta no la voy a desmenuzar para que cada quién se tome su ratito y lo piense. Allí encontrarán otra clave.
Nadie muere por amor. Lo que sí conozco es gente que murió emparejada... con alguien con quien no pudo conectar a niveles profundos. Esa sí me parece una vida a la que se le habría podido sacar más provecho. También conozco los que fueron felices. Los que iban tan emocionados viajando por su existencia que no perdieron tiempo preguntándose si debían esperar a alguien o empezar de una vez. Esa sí me parece una vida provechosa.
Allan Fernández, psicólogo clínico / 8835-5726 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / a.fernandez@ucreativa.com