Fabrice Le Lous. 25 julio

La tensión política del conflicto entre China y Estados Unidos (EE.UU.) ha aumentado en las últimas semanas, con prominentes políticos del equipo de Donald Trump hablando públicamente en contra de empresas chinas o de su gobierno. O incluso exhortando a países occidentales a rechazar a la gigante de telecomunicaciones china Huawei.

Algunas quejas de Washington hacia Pekín son contra el surgimiento y crecimiento acelerado de empresas apadrinadas por el Estado chino, y que no invierten tanto como sus contrapartes norteamericanas en investigación y desarrollo, sino que incluso robarían propiedad intelectual de compañías occidentales para replicar productos que terminan con precios mucho más baratos en la última línea del mercado. En la misma línea, hay preocupación por mecanismos chinos para presuntamente espiar a países rivales a través de su tecnología.

Además, preguntamos a catedráticos en Relaciones Internacionales si esta coyuntura puede denominarse una segunda ‘guerra fría’. Sobre este tema, los expertos ven más bien una ‘paz caliente’ o un ejemplo moderno de la trampa de Tucídides (lo explicamos lueguito).

‘Robo’ de propiedad intelectual

El pasado 17 de julio, la empresa de telecomunicaciones Cisco alertó que compañías chinas se están apropiando de sus marcas para vender copias de productos a hospitales y clientes militares, poniendo en riesgo sus datos y su ciberseguridad, según apunta el sitio especializado en información legal, Law 360.

Cisco menciona que las compañías Shenzhen Usource Technology y Shenzhen Warex Technologies han vendido productos como transceptores con logotipos y diseños propiedad de Cisco, pero con partes no aprobadas y con desempeños impredecibles y de incierta seguridad.

En enero de este año, China y EE.UU. firmaron un pacto comercial en el cual el gigante asiático aceptó fortalecer las protecciones de propiedad intelectual. EE.UU. ha acusado repetidamente a Pekín por violentar normas internacionales en patentes para falsificar o piratear productos por miles de millones de dólares.

Pero menos de un mes más tarde, en febrero de 2020, Washington acusó a Huawei de espiar y robar tecnología a seis firmas estadounidenses. La Fiscalía de EE.UU. aseguró entonces que Huawei robó secretos comerciales y participó en “crimen organizado”, al presuntamente hilvanar un esquema de delitos orientados a violentar la seguridad de civiles y empresas a través de códigos fuente alterados para routers de internet.

César Bravo, máster en ciberseguridad costarricense e inventor líder del Comité Latinoamericano de Patentes, dice que China utiliza un modelo comercial “muy proteccionista de sus empresas” en donde les brinda una serie de beneficios que las ayuda a ser competitivas en los mercados internacionales.

“Uno de los mayores apoyos que les brinda el gobierno chino se basa en la distribución de capital intelectual extranjero (patentes). Esto les permite a las empresas chinas ser altamente competitivas e insertarse exitosamente en el mercado internacional, ya que puede sacar un producto muy llamativo a una fracción del costo, porque estas no tienen que invertir en investigación ni desarrollo de prototipos, sino que ‘brincan’ directamente a la manufactura”, explica Bravo.

Además de sacar réditos económicos con ganancias elevadas, Bravo enfatiza que en cuanto a productos tecnológicos, China también puede dejar en códigos fuente de programación la existencia de “puertas traseras” (computer backdoors), un mecanismo encubierto para entrar en un sistema computacional sin preocuparse por su seguridad.

“Se cree que el gobierno chino provee incentivos a algunas de sus empresas con tal de dejar ‘puertas traseras’ que puedan ser usadas por Pekín para espiar a otros países vía el robo de información de dispositivos, como el caso de Hikvision y los servidores de Amazon”. (o como el posible caso de la ‘app’ TikTok).

Consultado sobre el tema, Carlos Murillo, doctor en Gobierno y Políticas Públicas, y experto en relaciones internacionales, considera que para China, para pasar de una industria ligera a una industria de productos más exclusivos en la última década, tuvo que hacerse de patentes extranjeras, pero que no lo considera robo dentro de su filosofía de Estado.

“El estilo del proyecto hegemónico de China es de la escuela confuciana”, analiza Murillo. “Sigue la línea del ‘Arte de la Guerra’ de Sun Tzu. El principio básico es que las tierras armadas se ganan sin ir al campo de batalla; se ganan por otras vías. Para consolidar su industria, China requirió conseguir patentes. Y mientras creaba la estructura de técnicos y expertos para generarlas, tuvo que robar patentes. Pero para esa filosofía confuciana eso no es un robo. El espionaje es parte del arte de la guerra para obtener lo que se quiere y es totalmente válido. Mientras no se obtenga por extorsión y por cosas que son delitos en la filosofía confuciana”.

En los últimos años, varias demandas de EE.UU. a empresas chinas han iniciado tortuosos caminos legales internacionales por el tema de las patentes, pero César Bravo aclara que estas investigaciones son complejas, ya que tocan países con modelos diferentes.

Investigaciones a cargo del Buró Federal de Investigación de EE.UU. (FBI) estiman que el daño económico por el robo de capital intelectual de China asciende hasta los $600.000 millones de dólares por año.

¿‘Guerra fría’ o ‘paz caliente’?

Aquí regresamos al punto mencionado anteriormente: hay que entender la filosofía de China.

Constantino Urcuyo, doctor de Ciencias Políticas y catedrático de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR, analiza la coyuntura entre China y EE.UU. como un ejemplo más de la Trampa de Tucídides.

Túcidides fue un historiador griego que vivió entre el año 460 antes de la Era Común hasta aproximadamente el año 396 antes de la Era Común. En su obra Historia de la Guerra del Peloponeso, Tucídides describió el conflicto militar entre Atenas y Esparta, dado por la tensión generada cuando una potencia nueva (Atenas o China) reta a otra potencia establecida (Esparta o EE.UU.).

El científico político de Harvard, Graham Allison, menciona en su libro ‘Destinados a la guerra: ¿Pueden EE.UU. y China huir de la trampa de Tucídides?’, que en 16 casos históricos de confrontación similares a lo largo de la historia entre una potencia establecida y otra ascendente, en 12 ocasiones hubo guerra militar frontal.

“En la cuestión con China hay esa dimensión económica: los derechos de propiedad intelectual, Huawei, la inteligencia artificial, el 5G, las patentes, el déficit comercial de EE.UU. con China, el subsidio que le da China a sus empresas, que eso molesta a los norteamericanos, pero hay más”, valora Constantino Urcuyo. “Y es la dinámica de la potencia ascendente y la potencia establecida”.

En el marco de la Trampa de Tucídides, China y EE.UU. están por ahora en la fase previa al enfrentamiento armado. Deben evitar llegar hasta él, pero eso depende de muchos factores.

Urcuyo considera que más que una ‘guerra fría’ como la que sostuvieron por unos 50 años EE.UU y la Unión Soviética en el siglo XX, lo que atestiguamos hoy es una “paz caliente”, o que se va calentando y podría derivar en una guerra en varios años más, acaso cuando China tenga una fuerza militar mucho más fuerte que la actual, pues actualmente el Ejército estadounidense es por mucho el más poderoso del planeta.

En la Guerra Fría hubo dos bloques rígidos sin interacción entre ellos, recuerda Urcuyo. Pero hoy la interdependencia entre China y EE.UU. es muy grande. El déficit comercial entre ellos es de aproximadamente $600.000 millones de dólares (EE.UU. importa mucho más de lo que exporta a China). China tiene unos 350.000 estudiantes en universidades de EE.UU., y es el mayor tenedor de bonos del gobierno norteamericano. Nada de eso ocurrió durante la “Guerra Fría”.

“Están en paz. No están yendo a la guerra en lo inmediato. Hay un conflicto político de fondo entre una potencia establecida que declina un poco pero no se ha caído. EE.UU. sigue siendo muy poderoso”, dice Urcuyo.

Sin embargo, China busca su lugar en la geopolítica, y apunta al primer puesto. Carlos Murillo describe que ambas naciones buscan ser el hegemón global, y esta rivalidad se acentúa cada vez más. Pero para comprender los pasos que da China, Murillo avisa que es más preciso verla desde la perspectiva china que desde la occidental.

Caer en la Trampa de Tucídides significaría el estallido de una guerra moderna, con los recursos modernos mucho más letales pero a la vez mucho más personalizados en objetivos específicos (véase la el asesinato del general iraní Soleimani). Por el contrario, no caer en esa trampa sería aprender a ascender o dominar la geopolítica juntos. En su libro, Graham Allison destaca cuatro ejemplos de naciones en conflicto político y económico por una potencia establecida que temía la ascensión de otra, pero que no llegaron a las armas:

--Portugal - España a finales del siglo XV.

--Reino Unido - Estados Unidos a principios del siglo XX.

--Estados Unidos - Unión Soviética entre los años 1940s y 1990s.

--Reino Unido y Francia - Alemania desde la caída del Muro de Berlín hasta la actualidad.

No es nuevo para EE.UU. frenarse de entrar en guerra. Y están Washington y Pekín en buena hora para no caer en la trampa descrita.

Claro está, también dependerá de China y de su líder Xi Jinping, autoritario al estilo de los emperadores chinos. Y por ahora también de Donald Trump, quien ha dado pistas de sentirse por encima del marco institucional estadounidense. Y quien ha hecho de China un capítulo protagonista de su campaña para la reelección.

Xi Jinping (i) y Donald Trump (d) en noviembre de 2017, en una ceremonia en Pekín, China. Foto AP
Xi Jinping (i) y Donald Trump (d) en noviembre de 2017, en una ceremonia en Pekín, China. Foto AP