
Era el segundo semestre del 2005 cuando salí por primera vez de Costa Rica. El destino fue Panamá. Viajé por tierra para ver un partido en el que la Selección Nacional derrotó 3-1 al equipo local.
Desde entonces han pasado muchas horas de vuelo, decenas de ciudades recorridas, 96 países visitados —varios de ellos en más de una ocasión— y una enorme cantidad de recuerdos y experiencias.
En aquellos años los mapas de papel eran mis principales aliados. Reservaba hoteles por correo electrónico, WhatsApp ni siquiera existía y tener acceso a internet mientras uno viajaba era un lujo reservado para muy pocos.
Hoy todo es diferente. La tecnología ha transformado la manera en que organizamos y vivimos un viaje.
De hecho, mi aventura más reciente la preparé prácticamente en su totalidad con ayuda de la inteligencia artificial. Debo admitir que la experiencia fue sorprendente, aunque también descubrí que hay aspectos en los que conviene no confiar ciegamente en estas herramientas.
En junio visité Hong Kong, Macao, Japón y Corea del Sur. No tenía tiempo suficiente para investigar a fondo cada destino, así que decidí apoyarme en la inteligencia artificial para planificar el recorrido.
Le pedí que diseñara itinerarios completos y, conforme avanzaba el viaje, iba ajustando los planes según el clima, el cansancio o cualquier imprevisto que surgiera.
También le consultaba dónde comer. Le indicaba que buscara restaurantes económicos y, en algunas ocasiones, le pedía recomendaciones muy específicas, como un buen lugar para probar ramen con estrella Michelin sin gastar una fortuna. Varias de esas sugerencias terminaron siendo excelentes.
Durante el viaje la utilicé para resolver dudas muy puntuales, como la forma de pagar el autobús en determinadas ciudades o entender cómo funcionaba el transporte público.
Uno de los momentos en que más me sorprendió la IA fue en la estación de tren de Tokio. Estaba completamente desorientado, tomé una fotografía del lugar y la inteligencia artificial me indicó por cuál pasillo debía caminar para encontrar el andén correcto.
Mientras que en la estación de Kioto, Japón, me orientó en tiempo real para comprar boletos en una de las máquinas, con solo enviarle fotos de lo que aparecía en la pantalla.
Una vez en los andenes, le mostraba los rótulos y me indicaba con exactitud cuál tren estaba incluido y cuál no.
Eso sí, hubo algo que nunca dejé en manos de la inteligencia artificial: los requisitos migratorios. Esa información siempre la verifiqué en fuentes oficiales, porque un error en ese aspecto puede arruinar cualquier viaje.
Con los hospedajes hice algo parecido. Busqué las opciones en plataformas especializadas, pero luego le pedía a Gemini o ChatGPT que analizara la ubicación, el precio y los comentarios de otros viajeros para ayudarme a decidir cuál convenía más.
Estoy convencido de que la forma de viajar seguirá cambiando conforme más personas incorporen estas herramientas a su planificación.
La inteligencia artificial no reemplaza el criterio del viajero ni la consulta de información oficial, pero sí puede convertirse en un asistente extraordinario para ahorrar tiempo, resolver dudas y descubrir lugares que quizá de otra forma habrían pasado desapercibidos.
