Édgar E. Gutiérrez-Espeleta. 23 noviembre, 2019
Detener la pérdida de biodiversidad es un tema prioritario. Foto con fines ilustrativos/ Albert Marín.
Detener la pérdida de biodiversidad es un tema prioritario. Foto con fines ilustrativos/ Albert Marín.

En el 2015, más de 150 jefes de estado y de gobierno aprobaron, en el seno de las Naciones Unidas, la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, la cual tiene 17 objetivos de aplicación universal a partir del 2016 y hasta el 2030.

Estos objetivos, según Naciones Unidas, “presentan la singularidad de instar a todos los países, ya sean ricos, pobres o de ingresos medianos, a adoptar medidas para promover la prosperidad al tiempo que protegen el planeta”.

Reconocen que las iniciativas para acabar con la pobreza deben ir de la mano de estrategias que favorezcan el crecimiento económico y aborden una serie de necesidades sociales, entre las que cabe señalar la educación, la salud, la protección social y las oportunidades de empleo, a la vez que luchan contra el cambio climático y promueven la protección del medio ambiente.

A pesar de que los 17 objetivos son una unidad y deben verse de forma integral, cada uno de ellos aborda temáticas desde lo social, lo económico, lo institucional y lo ambiental.

En particular, el objetivo 15 trata sobre “gestionar sosteniblemente los bosques, luchar contra la desertificación, detener e invertir la degradación de las tierras y detener la pérdida de biodiversidad”.

De allí el título de este blog: “Clima, tierra y gente”, ya que estas relaciones enmarcan, de forma completa, las definiciones y visiones que debemos desarrollar para una política pública acertada y en correspondencia con nuestros compromisos país con el resto del mundo, pero, sobre todo, con nuestro compromiso de contar, en nuestro territorio, con un verdadero desarrollo sostenible.

Este será el tema central de mi blog al cual los invito desde ya a comentar y a sugerirme temas para los siguientes.

Una situación que quisiera dejar planteada para retomar posteriormente se refiere a lo que La Nación (25 noviembre) publica bajo el título “2018 rompió récord de concentraciones de gases con efecto invernadero”, dándonos cuenta de que se ha pasado el umbral de partes por millón de CO 2 y revelando también que “a pesar de los acuerdos medioambientales, no existe ningún indicio que apunte a una mejora en la crisis climática”.

Petteri Taalas, secretario general de la Organización Meteorológica Mundial, ha indicado que: “No hay indicios de que se vaya a dar una desaceleración, y mucho menos una disminución, de la concentración de los gases de efecto invernadero en la atmósfera, a pesar de todos los compromisos asumidos en virtud del Acuerdo de París sobre el cambio climático”.

Estas evidencias, las cuales se darán a conocer en Madrid a partir del 2 de diciembre durante la COP25 de Cambio Climático, mantienen a los países y a las Naciones Unidas en alerta; más aún cuando existen naciones, por cierto dentro de las más contaminadoras, con dirigentes que se rehúsan al multilateralismo y sostienen la vía de seguir haciendo lo mismo sin sacrificios para sus economías poniendo en riesgo la sobrevivencia de la especie humana.

Como ha dicho el filósofo Donald Brown “El cambio climático es un desafío ético y un problema moral para la civilización y entender esto así tiene un significado práctico enorme para la política pública”.