
En El fin de la locura (2003), el escritor Jorge Volpi reconstruyó el itinerario de una generación que creyó en la revolución y terminó asistiendo al colapso de sus propias utopías. La novela recorre las décadas en que las promesas del marxismo, las revueltas estudiantiles y la contracultura parecían anunciar un mundo nuevo. Al final aparecen el desencanto, la fragmentación y la sospecha de que aquellas grandes narrativas habían llegado a su límite.
Esa sospecha reaparece, transformada en sátira y aventura, en Una batalla tras otra (2025). El más reciente largometraje dirigido por Paul Thomas Anderson sigue a Bob Ferguson, un antiguo militante revolucionario que vive oculto con su hija después del fracaso de su movimiento. Cuando el pasado regresa y los enemigos que parecían enterrados reaparecen, Ferguson debe salir nuevamente a la carretera.

Figuras en conflicto
Una de las constantes del cine de Paul Thomas Anderson es su fascinación por personajes desbordados por el mundo que habitan. Desde los aspirantes a magnates petroleros de There Will Be Blood (2007) hasta los buscadores espirituales de The Master (2012), sus películas giran alrededor de personajes obsesivos, atrapados en sistemas económicos, políticos o emocionales que terminan devorándolos.
En Una batalla tras otra, esa idea coincide con algunos de sus momentos más memorables. Alrededor de Bob Ferguson, el revolucionario agotado, paranoico y torpemente heroico, orbitan figuras igualmente excéntricas: un sensei a medio camino entre el maestro espiritual y el camarada de combate; el obsesivo coronel Lockjaw, que encarna la persistencia del poder; y la enigmática Perfidia, arquetipo de la promesa revolucionaria incumplida.
No es casual que algunos críticos hayan señalado la influencia de Akira Kurosawa en el cine de Anderson. Como en las epopeyas del director japonés, sus películas se construyen alrededor de personajes intensos y contradictorios, situados en contextos de grandes tensiones sociales. Sin embargo, en el cine de Anderson ese impulso épico aparece atravesado por la ironía y por una conciencia permanente de la fragilidad de los ideales.

Carreteras sinuosas
Vineland (1990), la novela de Thomas Pynchon en que sse inspira Una batalla tras otra, exploraba las consecuencias de la represión política durante las administraciones de Richard Nixon y Ronald Reagan y mostraba cómo los sueños de libertad de los años sesenta se transformaron en una amalgama de paranoia, nostalgia y desencanto.
La película recupera esos elementos y los traduce a un relato que avanza como una onda irregular, tejida con realidades desdibujadas y conspiraciones improbables. Una de las secuencias más reveladoras del filme ocurre precisamente en un entramado de carreteras sinuosas, donde los personajes avanzan sin saber con certeza quién persigue a quién. En ese universo absurdo, los ideales ya no funcionan como destinos claros, sino como trayectorias confusas que se bifurcan una y otra vez.
Los personajes de Una batalla tras otrasiguen avanzando, peleando o huyendo incluso cuando los ideales que los impulsaban parecen haberse desvanecido. La utopía aparece entonces como un motor que nos mantiene vivos cuando hemos perdido la brújula, pero también como una fuerza capaz de desgastar nuestros vínculos más inmediatos.
Así, la película propone una idea tan valiosa como inquietante: toda utopía es, además de una promesa, una paradoja.
