
Detrás de las dos sencillas palabras impresas en la portada de mi Biblia —Biblia Hebraica— se esconden un rabino sefardí, un escriba que copió un manuscrito hace más de mil años, una familia de gramáticos judíos obsesionados con que ni una letra cambiara, un profesor alemán que murió sin terminar su obra, una extraordinaria imprenta europea, una ciudad bombardeada y un estudiante costarricense que creyó comprar un libro cualquiera, cuando en realidad se convertía en custodio de uno de los últimos testigos de la revolución iniciada por Gutenberg.
El libro llegó a mis manos en 2005, cuando vivía en Sant Just Desvern, Barcelona, muy cerca del monasterio de Sant Cugat del Vallès, donde lo compré como libro usado. Lo adquirí porque necesitaba una buena Biblia hebrea para estudiar. Escribí mi nombre en la primera página y durante casi veinte años nunca me pregunté por su historia.
El viaje comienza en la Venecia renacentista. Allí,Jacob ben Hayyim ibn Adonijah, erudito judío probablemente procedente de la Península Ibérica o el norte de África, preparó para el impresor Daniel Bomberg la segunda Biblia Rabínica (1524-1525). Reunió el texto hebreo, vocales, acentos y la tradición masorética. Su edición fue tan influyente que durante cuatro siglos las Biblias hebreas impresas dependieron esencialmente de ella.
Pero antes,en 1008,Samuel ben Jacob terminó de copiar elCódice de Leningrado, el manuscrito completo más antiguo de la Biblia hebrea. Afirmó haber trabajado con códices corregidos según la tradición de los Ben Asher, gramáticos cuya obsesión era impedir que el texto cambiara. Contaban letras, palabras y versículos y registraban anomalías. Aquella red de anotaciones, llamada Masora, constituyó uno de los sistemas de control textual más sofisticados de la historia. Hasta que, siglos después, apareció un profesor alemán llamado Rudolf Kittel.
Kittel comprendió que había llegado el momento de volver a los manuscritos medievales. Soñó con una edición crítica de la Biblia hebrea semejante a las grandes ediciones críticas del Nuevo Testamento. Publicó dos ediciones de la Biblia Hebraica, pero murió en 1929 sin ver concluida la tercera, precisamente la más importante. Fueron Paul Kahle, Albrecht Alt y Otto Eissfeldt quienes terminaron su trabajo y publicaron en 1937 una obra revolucionaria.
Por primera vez el texto base ya no era la edición de Jacob ben Hayyim, sino el propio Códice de Leningrado. Mi ejemplar pertenece a esa edición de 1937. En su página legal aparece la frase: Typis compositum Lipsiae in Officina Haag-Drugulin. Eso quiere decir que fue compuesta en Haag-Drugulin, Leipzig, una de las grandes imprentas europeas especializadas en lenguas antiguas.
No había computadoras ni archivos digitales. Cada consonante hebrea era una pequeña pieza metálica. También las vocales, los acentos y signos masoréticos. El cajista colocaba aquellos elementos uno por uno, hasta construir cada página. Mi Biblia Hebraica nació esencialmente del mismo modo que la Biblia de Gutenberg, la de Lutero, casi quinientos años antes.
Eso le da un extraordinario valor histórico. Desde Gutenberg hasta 1937, aunque las máquinas mejoraron, el principio fundamental casi no cambió. Se debía construir físicamente cada página letra por letra. El ejemplar que tengo frente a mí pertenece al último gran capítulo de aquella revolución iniciada en Maguncia hacia 1455.

Dos años después de publicada mi Biblia Hebraica, comenzó la Segunda Guerra Mundial. Leipzig fue bombardeada y buena parte de su infraestructura tipográfica desapareció. Con ella se perdieron para siempre los materiales empleados en la producción de aquella Biblia Hebraica. Así se extinguía una manera de fabricar libros. Este ejemplar marca el final de una era. Llegarían la fotocomposición, el offset y finalmente la edición digital. Los descubrimientos de Qumrán y los avances de la crítica textual conducirían además a una nueva edición llamada Biblia Hebraica Stuttgartensia.
Mi ejemplar es un retrato de un mundo anterior. Sobrevivió a la guerra y terminó en Sant Cugat del Vallès, un lugar donde los libros forman parte de la vida desde hace más de mil años. Durante décadas aquella Biblia permaneció allí esperando a su siguiente lector.
Ese lector fui yo.
