Una pintura de Pierre-Auguste Renoir puede valer millones de dólares, pero robarla no significa que sea fácil convertirla en dinero. ¿Quién va a pagar? ¿Cómo? ¿De qué manera ocultarlo? Cuanto más reconocible es una obra, más difícil resulta venderla sin despertar sospechas: todos están pendientes.
El valor de las obras de arte, cualquiera que sea, depende de una autenticidad que debe demostrarse y de una procedencia que permita acreditar quién tiene derecho a comercializarla. Es decir, documentos que habría que tener a mano... si la obra no fuese robada.
El caso de dos pinturas del impresionista francés robadas en setiembre de un museo en el sur de Francia ilustra ese problema para los ladrones e ilumina aspectos de las redes internacionales de tráfico ilegal de arte que sostienen el infame negocio.
Las obras fueron recuperadas en octubre, después de que la investigación condujera a varios sospechosos, incluido un hombre vinculado al mercado del arte que habría sido contactado para adquirirlas o revenderlas.
Este episodio nos sirve para conocer más sobre qué ocurre con una obra de arte cuando sale de un museo sin autorización y entra en el circuito clandestino.

Un botín difícil de vender
El 8 de setiembre, dos hombres irrumpieron en el Museo Renoir, en Cagnes-sur-Mer, en la Riviera francesa. Cortaron una cerca, entraron por una ventana y desprendieron cuatro pinturas de sus marcos. La alarma y la llegada de la policía los obligaron a huir; dos cuadros quedaron abandonados durante la fuga. Cinco minutos duró el asunto.
Las otras dos obras, Portrait de Madame Colonna Romano y Jeune femme au puits (Joven en el pozo), fueron recuperadas el 12 de octubre. Ambas sufrieron daños y requieren trabajos de restauración. Su valor conjunto se estimó en €4,2 millones ($4,7 millones), según la agencia Associated Press (AP).
La investigación identificó a varios sospechosos mediante pruebas de ADN, datos de geolocalización y vigilancia policial. Uno de los hombres reconoció haber recibido las pinturas y haberlas escondido detrás de una pared falsa en una vivienda. Otro admitió haber visto fotografías de las obras, aunque aseguró que no las reconoció.
La emisora francesa RTL informó que este último era un profesional del mercado del arte, presuntamente contactado para adquirir o revender los cuadros. Cuatro hombres afrontan cargos preliminares relacionados con el robo, la ocultación de las obras y la asociación criminal. Los cargos no constituyen una condena.

¿Cómo se comercializa una obra robada?
Las pinturas de artistas reconocidos presentan un obstáculo para quienes intentan venderlas clandestinamente, pues no basta con encontrar un comprador dispuesto a pagar.
Una transacción legítima requiere demostrar la autenticidad de la pieza y examinar su historial de propiedad. Es con esa documentación que se puede comprender el historial de la obra y, digamos, en una subasta, justificar su precio.
En el mercado legal, ese historial se conoce como procedencia. Los documentos de adquisición, los registros de exposiciones, los catálogos y las referencias de colecciones anteriores ayudan a reconstruir la trayectoria de una obra. Una interrupción sospechosa o la falta de documentación pueden generar dudas sobre su origen e imposibilitar su futura venta.
La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) señala que las obras robadas más conocidas pueden resultar especialmente difíciles de vender por canales convencionales.
“La estructura de este mercado permite a los delincuentes falsificar la procedencia de bienes ilícitos y venderlos en circuitos legales mediante casas de subastas o comerciantes de arte”, explica la agencia.
“La ausencia de una base de datos mundial sobre bienes culturales objeto de tráfico ilícito, sumada a las diferencias entre las legislaciones nacionales, dificulta dimensionar el problema y coordinar respuestas”, argumenta.
Algunas piezas terminan ocultas durante largos períodos. En marzo de 1990, dos hombres disfrazados de policías robaron 13 obras del Museo Isabella Stewart Gardner, en Boston, tras atar a los guardias de seguridad. El caso sigue sin resolverse y ninguna pieza ha sido recuperada.
El museo ofrece una recompensa de $10 millones por información que permita encontrar las obras, valoradas en cientos de millones de dólares. Nadie las ha vuelto a ver.
Otras obras circulan entre intermediarios o se utilizan como garantía en operaciones ilícitas. La organización también señala que el tráfico de bienes culturales puede vincularse con el crimen organizado y el lavado de dinero.
El riesgo no recae únicamente en quien ejecuta el robo. La circulación de una obra puede involucrar a personas que la reciben, la ocultan, intentan venderla o facilitan una transacción sin comprobar debidamente su origen.

Una base internacional para detectar obras robadas
La cooperación entre países resulta esencial cuando una pieza puede cruzar fronteras ilícitamente. Interpol mantiene una base de datos internacional de obras de arte robadas y desaparecidas, alimentada con información policial verificada. El registro reúne descripciones e imágenes de casi 57.000 objetos, que abarcan bienes arqueológicos, cuadros, manuscritos y antigüedades.
La herramienta permite a las autoridades y a otros usuarios autorizados comprobar si una pieza aparece reportada como robada.
Sin embargo, Interpol advierte que la ausencia de una obra en la base de datos no demuestra que tenga un origen legítimo, ya que el robo podría no haberse denunciado o la información podría no haberse incorporado todavía. Asimismo, los registros existentes pueden ser insuficientes para afirmar la proveniencia de una pieza.
La verificación documental y las consultas a las autoridades son, por tanto, parte de la diligencia que requiere una compraventa. Una obra puede ser auténtica y, aun así, estar comprometida por su historia de tráfico.
Es lo que ha sucedido con las obras robadas a familias judías por los nazis, por ejemplo, que se ven muchas veces envueltas en extensos procesos legales. La familia que las adquirió posteriomente podría no saber de su turbio origen.

James Ratcliffe, experto en robos de arte del proyecto Art Loss Register, advirtió que “si no se destinan más fondos a mejorar la seguridad de los museos, es probable que aumenten los robos en estas instituciones”.
“Cada nuevo robo refuerza la percepción de que estos museos son objetivos relativamente fáciles. Eso solo puede alentar a algunos delincuentes a considerarlos lugares donde resulta sencillo robar”, dijo a AP.
Finalmente, el caso de las obras de Renoir también nos recuerda que recuperar una pintura no quiere decir que regresará intacta. Una de las piezas sufrió un desgarro y la otra presentó daños en el marco. Ahora, el costo lo asumen las instituciones que a duras penas logran mantenerse a flote o pagar por suficiente seguridad.
El costo de un robo incluye, pues, la restauración, la investigación y el tiempo durante el cual una obra queda fuera del alcance del público; al final, esa es la mayor pérdida. El mundo nunca volverá a apreciar las piezas en museos públicos y su destino puede quedar en la opacidad por décadas.
En el caso de las piezas de Renoir, el asunto tuvo final feliz.
