Si una noche de invierno Julian Barnes...
Estás a punto de comprar el último libro de Julian Barnes, Despedidas. Sabés que el viaje será corto, el libro no promete más de doscientas páginas. Está bien, nada molesta más que las despedidas que se alargan demasiado, como cuando el último en salir de tu casa se queda en la puerta recalentando las frases que se dijeron hace una hora en la sobremesa, mientras vos estás agarrado del marco de la puerta, para asegurarte de que no se le ocurra volver a entrar, y con la otra mano balanceás la puerta hacia dentro y hacia fuera como en una cuenta regresiva, pensando en la pila de trastos que te queda por lavar y en tu pobre gato encerrado en el baño a causa de tu amiga, la alérgica.
Ojeás el libro, es un volumen de Anagrama, esas ediciones que parecen una barra de mantequilla sobre la que estamparan una fotografía recortada sin mayor reparo, que no se afean con el tiempo porque siempre han sido feas. Pero no importa, abrís el libro y ahí está el interior: balanceado, prolijo, bello, como una manzana, con la diagramación amable y el tipo de letra garamondniezca que te lleva a todos los libros que has leído, comprado y descargado de esa editorial, particularmente los de Barnes, que han sido editados casi siempre en esa colección cuyo amarillo en la portada solo ha empeorado con el tiempo.
Te preguntás: ¿será su última novela, de verdad, su despedida…? Ya viste varias entrevistas, parece que sí. ¡Qué importancia puede tener para vos! aún te falta más de la mitad de su obra por leer y, además, aunque un autor se despida, los libros no conocen las despedidas, siempre podés visitarlos de nuevo y ver cuánto han crecido, cuánto han cambiado; ¿de qué nos despedimos cuando nos despedimos de un autor? De muy poco, te parece.
Entonces pensás en el viejo Barnes, siempre mañoso, de inteligencia alegre, y viene a vos la imagen Garfio, en la novela de Barrie, cuando el pirata presiente su muerte y pronuncia sus palabras de despedida por si después no tiene tiempo de hacerlo. El capitán Barnes se siente morir y quiere despedirse, por si no le da tiempo después.
Recordás que el título en inglés es Departure(s) y no Despedidas, como se tituló en español. Sabés que no pasarás a la primera página sin antes resolver esta elección del traductor. En primer lugar, partida no es lo mismo que despedida, eso está claro, ¿es importante? Pensás que sí. El arte no admite despedidas, un libro no se despide nunca, ni una canción, ni un autor. La despedida es un preludio de ausencia; partir, en cambio, supone un alejamiento, y en eso sí estás de acuerdo: el tiempo nos puede alejar de un autor o de un libro, pero eso tiene poco que ver con su muerte. Ahora viene el problema de la “s” final.
Esa marca de plural entre paréntesis lo cambia todo: te obliga a considerar la partida singular del autor, por un lado, y, por otra parte, las partidas como un tema literario. Sos feliz meditando estas cosas que te harían sentir como un idiota si alguien entrara en tu cabeza y viera lo que estás pensando. Y recordás que uno de tus grandes temores de niño era que la gente escuchara tus pensamientos.
Pero ahora sos grande, muy grande, te preguntás qué estaba haciendo Barnes a tu edad. Se te antoja pensar que a tu edad estaría escribiendo “Hablando del asunto”, esa novela monologada que te enseñó de qué manera complicamos el afecto con las historias que nos contamos.
Pero volvamos a Despedidas. Has aprovechado la excusa de ir a buscar un cariñito para tu mamá a la librería, y la has encontrado por acaso en la mesa de novedades. En realidad, no pensabas comprarle nada a tu mamá en la librería, tu esposa lo sabe y ahora mismo está aprovechando mejor el poco tiempo que tienen para llevar algo al almuerzo. De camino, entre Curri y Desamparados, sentís la tibia presencia del libro en la cajuela, donde lo dejaste en la bolsa, lo más lejos de la mirada de tu esposa que ya ha prometido revivir la quema de Alejandría si traés más libros a la casa en la que apenas caben. Detenido en el semáforo, te preguntás: ¿qué fue lo último que leí de Barnes?
Ah, sí, fue El hombre de la bata roja, un ensayo sobre la Belle Époque, un magistral tejido que tira del hilo del siglo XIX. Antes que la luz se ponga en verde pasan por tu mente John Singer Sargent, Oscar Wilde, los duelos de honor, la feria mundial, Proust…sobre todo Proust. Apenas ojeando la segunda página del libro leés ese bendito nombre. Era inminente: cualquier partida evoca la memoria de lo que perdemos al alejarnos, y en todo tiempo perdido está Proust. Al final, la vejez es la magdalena que nos lleva de regreso a Proust.
Ya en tu casa, entrás en el libro. Ahí está, es Barnes, lo reconocés desde el inicio, su alegre inteligencia de nuevo, su erudición en tono de asombro. Entendés además que sí, que se está despidiendo, esto va en serio.
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Acabas de cerrar el libro. Así suponías que sería su partida, no entre palabras grandilocuentes o demasiado sentidas, sino entre historias, como se despiden los amigos.
“To die will be an awfully big adventure”, capitán Barnes.