Áncora

Manglares en el Museo Nacional: ciencia y arte en vidrio, brillos y transparencias

La exposición ‘Manglares: barrera y libertad’, de la artista Maricel Alvarado, es un grito de socorro de la naturaleza desde Los calabozos del antiguo cuartel. Sus obras nos conducen entre las raíces, barro, cangrejos y personas que se relacionan en esos vulnerables ecosistemas

Inicio estas reflexiones con estas palabras del escritor francés Víctor Hugo: “Produce una profunda tristeza que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha”. Si bien vivió entre 1802 y 1885, su pensamiento tiene indiscutible vigencia en momentos en que la naturaleza clama por ser escuchada y defendida.

Sirva lo anterior para introducirnos, con gran interés y sorpresa, en la exposición titulada Manglares: barrera y libertad que presenta la artista Maricel Alvarado Orozco en el Museo Nacional de Costa Rica, antes Cuartel Bellavista, en el espacio conocido como Los Calabozos. La exdirectora del Museo, Rocío Fernández de Ulibarri apunta sobre el trabajo de la artista: “La solidez conceptual de sus obras y la calidad de su factura y realización han sido consecuentes con el prestigio cultural de la institución que las acoge”.

La envergadura de la exposición requirió de un equipo de especialistas en la materia que trabajaron, mano a mano, en coordinación con la artista. Se involucró en el montaje el personal del Museo Nacional, trabajando con rigor y compromiso; un grupo del Departamento de Proyección Museológica; la jefatura del Departamento de Historia Natural; el de Antropología e Historia; un equipo de soporte museológico; el CIMAR; la impresión de fotografías. Todo lo anterior, bajo la tutela de Flor de Ma. Gallardo, historiadora del arte, curadora de la exposición y conocedora del trabajo de la artista.

Desde finales de la década de los años ochenta, los arqueólogos del Museo Nacional han trabajado en diferentes sitios asociados con los manglares, extrayendo información para completar el mapa de los inventarios que, sobre ellos, se han realizado. Importante conocer que en el territorio costarricense hay más de 100 áreas de manglares, distribuidas en 41,000 hectáreas en ambas costas, la mayoría de ellos a lo largo del litoral pacífico.

Son las investigadoras quienes mejor conocen sobre el tema. La doctora Ana Margarita Silva Benavides, del CIMAR, apunta: “Ese enorme espacio nos pertenece y nos alberga, al mismo tiempo que preserva una gran cantidad de vida: le da vida a las costas, al mar que abraza con sus raíces, a la dinámica de las mareas altas y bajas que transforman el paisaje del manglar y lo convierten en una naturaleza profunda y silenciosa, que solo se ve interrumpida por miles de sonidos que emergen de las raíces, troncos, ramas, hojas, barro, aire y también al mar que choca con la hilera de árboles. El río que baja desde las montañas y se encuentra con el manglar también es su amigo, pues le regala nutrientes y sedimentos que ayudan al bosque a alcanzar su estructura y su forma…”

Cecilia Pineda Calle, del departamento de Historia Natural del Museo, define así a los manglares: “son ecosistemas propios de ambientes costeros, inundados permanentemente por aguas salobres poco profundas. Se ubican generalmente en áreas protegidas de fuertes oleajes en las zonas donde los ríos se adentran al mar, permitiendo la mezcla de agua dulce y salada (…) Gran cantidad de peces como pargos, moluscos, chuchecas y también crustáceos como los camarones y cangrejos, todos lo cuales ponen sus huevos en estas aguas que, a su vez, se convierten en cunas de fuentes de alimentos para otros animales como las garzas, los felinos lo mapaches, entre otros”.

La propuesta, titulada Manglares: barrera y libertad, está construida a partir del trinomio naturaleza/ciencia/arte. La naturaleza en los manglares, su materia prima; la ciencia en tanto conocimiento científico: hábitat, supervivencia, composición química, desarrollo; el arte, como resultado de la interpretación que la artista ha recreado sobre el alma y vida de los manglares, su fuente de inspiración, y que se personifica en piezas artísticas de vidrio de estupenda inventiva y calidad.

Acercarse a los manglares y conocerlos en sus características para luego interpretarlos y recrearlos en obras de arte es un proceso dificultoso que requiere destrezas y mucho tiempo. Se trata de hacer vivir y transformar las características de un elemento natural, lleno de vida, en uno artístico, elaborado en vidrio. Ello implica, amén de gran ingenio, una tarea nada fácil.

Conocer la vida de los manglares tiene raíces biográficas pues Maricel Alvarado los tuvo en su corazón desde su niñez y temprana juventud, cuando visitaba Mata de Limón y demás zonas costeras y donde ellos, los manglares, se convertían en “bosques mágicos”. Su interés nunca decayó, sino que se fue enriqueciendo en el transcurso de su vida. Es cuando, muchos años después, en su madurez, la artista se reencuentra con el manglar y los recuerdos de infancia se convirtieron en la mirada de la mujer/artista. Se acercó de nuevo a los troncos, los tocó, tropezó con sus raíces, sintió su humedad y saboreó su salinidad.

Nos dice la artista: “Tuve la oportunidad de visitarlos dos veces con la guía de dos expertos y fue entonces que pasaron de ser un lugar mágico a un santuario indescriptible cargado de sabiduría”. El resultado de estas nuevas visitas al manglar implicó una ventajosa metamorfosis en la mirada de la artista pues revivió y reelaboró sus recuerdos. Así, hoy Maricel Alvarado se enfrenta, desde esa otra perspectiva, con su recordado espacio y logra, gracias a su memoria, que ese hábitat se convierta en obras de arte. Es cuando el manglar surge, diseñado en vidrio. Fue un proceso de larga experimentación que dio excelentes resultados: vio nuevas gamas de colores, brillos y transparencias.

Al respecto también, apunta la curadora de la exposición: “El manglar y el vidrio parecen ser elementos que serían imposibles de asociar; sin embargo, la artista Maricel Alvarado Orozco no solo logró traer a la ciudad de San José parte de un manglar, sino que lo desarrolló a través de la técnica del vidrio. Gracias a su maestría técnica y su capacidad creativa, fue posible concretarlo en varias etapas: desde sus recuerdos de niñez hasta visitas en compañía de un experto que, desde su visión biológica y antropológica, le mostraron el manglar en detalle. Condensar todos estos elementos no fue tarea fácil. Se logró gracias tres años que duró el proceso, desde el día que se gestó hasta hoy. Para mí fue un gusto, pero sobre todo un aprendizaje colaborar a su lado durante los tres años que duró el proceso, desde el día que se gestó y hasta hoy”.

Vale apuntar que la presencia del manglar en el arte costarricense se da en la trayectoria de artistas que se han interesado en el tema, como Teodorico Quirós, Harold Fonseca, Francisco Alvarado Abella, Zulay Soto, Ana Isabel Martén, Diana Barquero. También se cuenta Carlos Poveda, quien tiene tres piezas elaboradas en 1984, 1986 y 1992, todas ellas tituladas “Manglar”; y, Salazar Herrera ilustró un cuento titulado “El manglero” aparecido en el Repertorio Americano hacia 1936.

Primero tímidamente y luego con fuerza, el manglar, desde la mirada de la artista, devela su ser más íntimo, su sistema nervioso, el entramado de sus raíces, los troncos cargados de hojas que, con sus pequeños propágulos, muestran al amo y señor del territorio: el mangle, siempre robusto, alto y vigoroso. El manglar ya no es un reino embrujado, sino que es un santuario lleno de contrastes de luz y color, de sonidos y de formas que muestran una naturaleza poderosa y pacífica, un poco escondida, que espera ser transformada en obra de arte. Es el nacimiento de las esculturas en vidrio. Es cuando se consolidará el trinomio mencionado naturaleza/ciencia/arte.

La exhibición está montada en las celdas de Los Calabozos del Museo Nacional, lugar que nos hace recordar un triste pasado, hoy convertido en la Sala de Exposiciones Temporales. Es un espacio dramático y sobrecogedor, construido con formas sinuosas, con lugares sorpresivos, a veces oscuros, a veces claros, donde la luz juega con las sombras y evoca una sensación de misterio.

Tim Carey, reconocido artista norteamericano que trabaja el vidrio apunta: “Por su capacidad para transmitir y reflejar la luz y la transparencia, una pieza de arte en vidrio siempre está viva”. De igual manera son reconocidos los trabajos de Dale Chihuly, también artista norteamericano, cuya especialidad es el vidrio soplado y quien se ha dedicado básicamente a reelaborar la naturaleza en formas abstracta.

Justo al entrar el visitante encuentra, estratégicamente situada, la Sala Didáctica la cual, siguiendo los parámetros educativos establecidas por el Museo Nacional, tiene como objetivo el compartir con los visitantes información relevante sobre el tema en cuestión. El objetivo es abrir una puerta para aprender y conocer no solo sobre los manglares, sino también conocerlos desde la mirada de una artista conocedora de la técnica del vidrio. Se trata de responder a las preguntas: ¿Qué es un manglar? ¿A qué peligros está expuesto? ¿Cómo se puede proteger este bosque? En ella también será posible conocer como funciona un taller de vidrio, el trabajo del equipo técnico, las herramientas y los materiales que se necesitan.

En adelante, el visitante está invitado a un recorrido por las piezas mas significativas según el orden del catálogo. A modo de introducción, la pieza titulada Barreras se trata de un trabajo en frío, lleno de luz y de transparencias, donde las raíces del manglar, aún tímidas, surgen de un agua diáfana y dan paso a troncos robustos que se pierden dentro de un esqueleto de ramas.

Entre arena y agua, en tonalidades claras donde descansa un conjunto de conchas que evocan los elementos que se encuentran en espacios que aún no hayan sido explorados.

Recuerdos del manglar, elaborada con tonalidades de verdes, azules y negros que surgen como un recordatorio de la experiencia de la artista.

Raíces sumergidas, pieza rectangular en tonos de café, amarillo verde y azul abre la puerta a obras mas sombrías donde las raíces y los troncos se tornaron más fuertes y el recuerdo se transfiguró. El ambiente se volvió confuso, los brillos se mezclan con lo oscuro y lo opaco con lo sosegado.

Dentro del manglar, sobre un fondo en colores terracota, luce raíces y tallos entremezclados.

Transparencia es una pieza que irradia luz. Haciendo honor a su nombre, esta pieza está elaborada con azules, verdes, y cafés donde las raíces, los troncos y las hojas se distinguen con facilidad.

Reflejos, también rectangular y diseñada en tonalidades de amarillo quemado y terracota.

Reflejos del Tivives, Chomes y “Matelimón” es una secuencia de tres piezas dramáticas en colores brillantes con la presencia de entramados de tallos en un impresionante color negro.

La serie Navegando presenta trece esculturas de pangas en vidrio, de varios tamaños, que rememoran su fluir sobre el agua y que transportan a los hombres y mujeres que trabajan en el lugar. Recuerda, esta sala, que los manglares son fuente de sustento de sus habitantes: personas luchadoras, fuertes y esenciales en el contexto del manglar.

Fragilidad, translúcida, es posiblemente la pieza mas delicada de la exposición, cuya ejecución evidencia la pericia técnica de la artista. Sus raíces se aferran con ímpetu a una laja de piedra de color gris emulando el sedimento.

Oxigenación, O2 y Energía acompañan a Fragilidad en este recorrido. Son delicadas piezas translúcidas, relacionadas entre sí, que dan una impresión de ligereza y que en ellas las raíces son protagonistas.

Mangle rojo es conjunto formado por cinco árboles, donde realzan con troncos poderosos y abundantes raíces metaforizan la fuerza necesaria para sobrellevar los embates naturales. Las hojas en blanco transparentes y los tallos en un dramático color rojo.

Solitario: los elementos constitutivos del bosque están en él; su frondosa copa y el tronco sostenido por raíces que se sumergen en agua clara.

Agua y manglar reelabora el encuentro de dos espacios naturales, cada uno con su propio color: uno en tonalidades de azul y el otro en tonalidades de verde, café y negro.

Mirar hacia arriba, en tonalidades de verde, reelabora la idea de que el manglar es tan denso que la luz apenas penetra.

Agua es un dramático trabajo en fuertes tonos de azul.

Sobrevivencia, localizada en La Torre del Museo, es una instalación de tres metros de diámetro, donde destacan todo tipo de desechos, tales como troncos secos, arena y basura, extraída de los manglares y que funciona como espacio de concientización.

Camino al manglar son los elementos que encuentra el caminante que se adentra en el manglar.

Mangles: un bosque de mangles en colores blancos y negros, emulando la entrada que hace el visitante al adentrarse en ellos.

Entre oscuros y De verdes y turquesas son dos piezas muy dramáticas, diseñadas con varias capas de vidrio. Son pequeñas pero poderosas, casi como si fueran un trozo extraído del manglar.

Cóncavo y convexo, en azules y verdes, es una interesante pieza que recrea los contenidos de su título.

El último espacio, donde están las celdas de Los Calabozos, es un espacio estrecho y seguro, con calor sofocante. En él hay esculturas de “Colibríes” y de la “Garza blanca”, que parecen alzar el vuelo. En una de estas celdas destaca Pianguas, que recrea un balde lleno ellas, en homenaje a las piangüeras, recogedoras de esta especie.

El recorrido incluye la única tela de la colección, un acrílico titulado Mi manglar que evoca recuerdos de sus visitas al lugar.

La tradición de trabajar el vidrio, como opción artística, tiene su auge a finales del siglo XIX. En esa época se ubica, a modo de ejemplo, el joyero francés René Lalique (1869-1945), el norteamericano experto en vitrales, Louis Comfort Tiffany (1848-1933), y el italiano nacido en Murano, Lino Tagliapietra (1943). En los últimos cincuenta años ha surgido un particular incremento de esta técnica que antes se asociaba, casi siempre, con los sopladores venecianos de la isla de Murano. También hay otros antecedentes, tales como la escuela inglesa de “Arts & Crafts” y las corrientes del “Art Nouveau” y del “Art Déco”.

En la actualidad, los artistas tienen un solo objetivo: llevar el vidrio al límite de su capacidad física para crear piezas que no tengan antecedentes en el mundo del arte. Esta meta no es nada fácil, puesto que hay que trabajar un material que parecía haber llegado a sus límites tradicionales de utilidad y aplicación.

El trabajo en el taller es en extremo dificultoso, pues requiere de muchas técnicas; es laborioso, en tanto necesita de la fuerza física del artista y de su capacidad para manejar hornos, máquinas de pulir y demás, todo sometido a fuertes calores. Hay variedad de técnicas propias de la disciplina; entre otras, la vitrofusión, el pintado con luz, el grabado en vidrio, el bajo relieve, los trabajos en frío.

El atractivo y amplio catálogo de Manglares: barrera y libertad merece especial atención por la calidad de sus fotografías y por la forma en que ha abordado la información científica alusiva al tema. Sus contenidos brindan a los visitantes un texto que aporta temas aún desconocidos para muchos; y para quienes estén más interesados, una valiosa información. Tener en nuestras manos el catálogo es adentrarse en información sobre las bellas obras de arte que han reelaborado los manglares y que han dado una perspectiva científica y un acercamiento a su concreción en el arte.

Los contenidos de la exposición, donde la belleza de los manglares es la gran activo, es un llamado a concientizar, a través del arte, sobre la necesidad de su salvaguarda: el manglar sufre y sufre mucho. La deforestación, la contaminación y la acumulación de basura, que no se puede obviar, son muestra evidente del paso demoledor del ser humano quien, sin piedad, arrasa con ellos y los está dañando irremediablemente. De ahí que la protección de estos espacios debe ser una prioridad para organizaciones, tanto nacionales como internacionales, así como para científicos especializados y, por supuesto, para las poblaciones de zonas vecinas. Si bien los manglares de nuestro país están protegidos, desde 1996, por la Ley Forestal, la conservación de estos territorios no depende sólo de la existencia de un marco legal, sino también de la actitud de los pobladores de estas regiones.

Al convertir los manglares en obras de arte no solo se están dando a conocer, sino que estamos ante un llamado a su salvaguarda, pues lucha por mantenerse firme contra los azotes que recibe del hombre y la naturaleza. Hoy más que nunca, el manglar es sustento y apoyo de muchas familias. Hombres, y principalmente mujeres con sus hijos, se adentran en sus venas para recoger su preciado tesoro: cangrejos, conchas negras y, por supuesto, las pianguas. Su vida transcurre entre el calor y el trabajo, entre los niños y el agua, entre los insectos y las penurias económicas. El manglar es su vida, pero también es el que se las quita. Maricel Alvarado, en la reelaboración de piezas, de sus texturas y colores, hace un recordatorio no solo de la belleza de esta especie de la naturaleza sino su importancia en el medio ambiente. Esta propuesta estética y concientizadora nos ha abierto los ojos para conocer la vida de esta singular especie.

Para terminar, retomamos el llamado de Víctor Hugo mencionado al inicio, cuando nos pide “escuchar” a la naturaleza. Maricel Alvarado lo ha logrado: su arte es un grito de socorro desde Los calabozos del Museo Nacional. El trinomio ciencia/naturaleza/arte se ha desplegado en toda su magnitud. La artista ha incursionado en un campo natural, poco o nada trabajado en nuestro medio artístico. La calidad de la exposición es una muestra de su compromiso no solo con el arte, sino con la salvaguarda de espacios naturales importantes.

El Museo Nacional se engalana con esta exhibición. Visitarla nos introduce en un ambiente mágico y fascinante. El excelente trabajo de Maricel Alvarado enaltece su compromiso con el quehacer artístico. Una vehemente felicitación por su compromiso con la naturaleza y el arte.

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