
La Iglesia católica no interviene hoy en los debates sobre inteligencia artificial (IA) como un actor externo al desarrollo tecnológico; su relación no es reciente ni accidental. En 1997, el historiador David Noble documentó cómo la tecnología crece entrelazada con la Iglesia. Mucho antes de Silicon Valley, las órdenes benedictinas y cistercienses impulsaron procesos de mecanización bajo la idea de que la innovación podía acercar al ser humano a una forma de perfección espiritual.
Cuando las tecnologías comenzaron a vincularse con dinámicas de explotación, concentración de poder y lucro, la Iglesia empezó a posicionarse frente a esos cambios. Magnifica Humanitas no es la primera respuesta del Vaticano sobre transformaciones técnicas y económicas. Distintas encíclicas han respondido a momentos donde la innovación amenazó con alterar las relaciones humanas, sociales y laborales.
Ejemplo de ello fue Rerum Novarum (1891), publicada durante la industrialización europea, o Laudato si’ (2015), donde el papa Francisco cuestionó el paradigma tecnocrático contemporáneo en el marco de la degradación ambiental. La crítica aparece cuando la innovación deja de servir a las personas y comienza a subordinarse a la lógica del control.
Desde el siglo XIX, pensadores como René Descartes y George Boole concebían la razón humana como una expresión reducible a estructuras matemáticas. Figuras de la computación, como Alan Turing o Marvin Minsky, trasladaron esa lógica al desarrollo de la IA en la década de 1950. Construir sistemas capaces de imitar el pensamiento humano ha sido un proyecto persistente. Detrás de la IA, se esconde la aspiración de aislar la mente del cuerpo, reproducir la conciencia y superar las limitaciones biológicas mediante la tecnología.
Magnifica Humanitas cuestiona esas maneras en que la IA empezó a funcionar como una réplica aspiracional del ser humano. Para León XIV, el problema no es el desarrollo de máquinas más complejas, sino una cultura que concibe el cuerpo humano como un límite imperfecto por optimizar o incluso superarse.

Tecnologías de la trascendencia
El documento apunta a dos ideologías que acarrean esas premisas. Primero, se presenta el transhumanismo, el cual refiere a las nociones de “mejorar”, “aumentar”, y “modificar” las capacidades de los humanos a través de tecnologías como la biomedicina o la ingeniería corporal. Un ejemplo sería la posibilidad de realizar inserciones de chips u otros materiales en el cerebro para incrementar capacidades cognitivas.
Segundo, se examina el poshumanismo, el cual busca superar al ser humano como especie para darle la bienvenida a una nueva etapa evolutiva. Las visiones poshumanistas argumentan que es necesario crear tecnologías, o seres artificiales, que sobrepasen lo que es posible para el humano. Un caso sería la eventual creación de una super-inteligencia artificial que llegue a controlar la sociedad.
Aunque estas perspectivas parten de muchas especulaciones, y parecen sacadas de la ciencia ficción, Magnifica Humanitas señala que están ganando un gran impacto en la imaginación colectiva y pueden guiar decisiones políticas y económicas.
La encíclica afirma que, cuando la IA se concibe como “el último eslabón” en la historia, ocurre una gran afrenta contra la condición humana. Una consecuencia inmediata es la pérdida del pensamiento crítico. Cuando toda tarea, de lo cotidiano a lo complejo, comienza a delegarse a sistemas automatizados, el acto de razonar se atrofia. El riesgo es que el ser humano se vuelva más dependiente de sus creaciones y pierda sus facultades intelectuales.
Para León XIV, el problema aparece cuando la sociedad empieza a considerar que lo humano es un defecto por corregir. Al suceder esto, se vuelve fácil aceptar que algunas vidas son menos útiles, lo que puede llevar a justificar “sacrificios necesarios” en nombre del progreso.
La magnífica humanidad
Con la encíclica, el Papa argumenta que las inteligencias artificiales “no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad”.
La verdadera grandeza humana, dice el pontífice, florece a través del límite corporal. Ser humano implica estar encarnado en diferentes situaciones. La tecnología, por otra parte, no tiene esta capacidad, no tiene un cuerpo en el que siente el mundo, aunque estas herramientas sean capaces de “imitar” el comportamiento de las personas. Es en la experiencia de tomar decisiones, cometer errores, y pedir perdón, donde se encuentra la humanidad.
