Áncora

Las tres vidas de Louis Féron (1901- 1998)

Quien fuera considerado el mejor artesano de Francia, en 1933, trabajó en Costa Rica por once años. Pocos lo recuerdan, pero su exquisita obra dejó una inmensa huella en el país

El premio al Mejor Artesano de Francia se otorga en distintas especialidades cada cuatro años y una de ellas es la orfebrería o el “arte en metal”. Son aceptados para concursar únicamente quienes hayan ganado otros premios importantes en años anteriores. Por esa razón los ganadores tienden a ser personas de mediana o avanzada edad. Louis Féron lo recibió en 1933, de manos del presidente de Francia. Tenía 32 años.

Había nacido en una familia modesta, en Rouen. Su padre, un obrero de mentalidad ferozmente independiente, tomó posición a favor de Alfred Dreyfus en el famoso caso que polarizó a la opinión pública francesa a inicios del siglo XX. A consecuencia de ello perdió su empleo y la familia debió trasladarse a París en condiciones precarias. Al estallar la I Guerra Mundial, en 1914, Louis debió dejar sus estudios para trabajar como aprendiz en el taller de Jan Volk, especializado en afinar formas y pulir asperezas en esculturas de bronce.

“En ese momento comenzó mi vida bella”, relata Féron en sus memorias. Aunque asistía ocasionalmente a una escuela de arte y devoraba libros clásicos en las bibliotecas, Féron hizo su aprendizaje a la manera antigua, con maestros como Volk, Lecouty (en cuyo taller trabajó afinando esculturas de Rodin y Bourdelle, entre otros) y Roger Delsinne.

El próximo viernes 27, a las 7 p. m., como parte del programa ‘Especiales Quince UCR’, Canal 15 estrenará el documental ‘Tras las Huellas de Louis Féron’, producido por Carlos Francisco Echeverría y dirigido por Francisco Zamora.

Sin el consentimiento del joven artesano, Delsinne presentó una de sus obras, una cafetera de plata, al prestigioso Concurso Willemsen. Obtuvo el primer premio.

En 1930, un retrato escultórico que hizo de su cuñado español, Joaquín Segura, ganó el Concurso Crozatier, organizado por la ciudad de París. Luego de varios premios más, Féron decidió concursar para el premio al Mejor Artesano de Francia con Retrato de Jean, una exquisita cabeza de niño hecha en lámina de plata repujada. Meses después, del brazo de su joven esposa, un emocionado Louis Féron ingresaba al anfiteatro de La Sorbona para que el Presidente Albert Lebrun le colocara la medalla como mejor orfebre de su país y el grado de Comendador de la Orden del Trabajo. El Retrato de Jean figura hoy en la colección del Museo de Bellas Artes de Boston.

El colapso de la bolsa de valores de los Estados Unidos, en 1929, impactó las economías de todo el mundo en los años siguientes. En Francia empezaron a escasear los encargos de objetos de lujo. El taller de Delsinne, que anteriormente empleaba a decenas de artesanos, quedó reducido a su propietario y Louis Féron. Este veía con preocupación el ascenso de Hitler en Alemania. La resonancia judía del apellido de su esposa le hacía temer por ella. Comenzó a buscar opciones para salir de Francia. No sabemos por qué y cómo decidió venir precisamente a Costa Rica. Lo cierto es que en 1934 se embarcó con rumbo a New York, donde le impresionaron las filas de gente en busca de pan. De allí, en la nave El Petén de la United Fruit Company, viajó a Puerto Limón, donde su esposa Marguerite y sus herramientas de trabajo lo esperaban desde hacía varias semanas.

Alguien le avisó al sacerdote y político Jorge Volio que un laureado artesano francés llegaba a Costa Rica. El padre Volio había estudiado en Bélgica y hablaba francés fluidamente. Hombre culto y perspicaz, no tardó en visitarlo y darse cuenta de que tenía ante sí a un gran talento. Por medio de su hermano, el obispo Claudio María Volio, gestionó para que se le encargara a Féron un cáliz de plata, para conmemorar el tricentenario de la aparición de la Virgen de los Ángeles. La calidad del trabajo fue tal que el presidente Ricardo Jiménez Oreamuno, tío de los Volio, le pidió a Féron que lo llevara a una sesión del gabinete antes de que fuera consagrado, para que todos los ministros pudieran admirarlo. Uno de esos ministros era León Cortés. Posiblemente, a instancias del propio don Ricardo, Cortés le ofreció a Féron hacerse cargo de la enseñanza de aprendices en el taller del Ministerio de Obras Públicas.

La vida le sonreía a la joven pareja de franceses. Louis trabajaba medio tiempo en el taller del Ministerio, devengando un buen salario. Tenía la otra mitad de la jornada disponible para su obra personal o para hacer lo que quisiera. Pero en Costa Rica no había mucha demanda de joyas y objetos de arte en metal. Tampoco, la verdad, había mucho metal precioso con que trabajar. Para el cáliz de Nuestra Señora de los Ángeles Féron se vio obligado a usar plata que había traído de Francia, porque la que se le dio aquí, resultado de fundir viejas piezas, no era de suficiente calidad. Para Monseñor Víctor Manuel Sanabria hizo seis piezas: una cruz pectoral, un crucifijo, un báculo, dos anillos y el sello arzobispal. Para la Iglesia de La Agonía, en Alajuela, labró un impresionante sagrario en 1942, que es la mayor de todas sus obras en plata repujada.

Limitado por la falta de material y recursos para hacer joyas, Féron desarrolló en Costa Rica principalmente su talento como escultor. Hizo un retrato de don Mauro Fernández, propiedad del Colegio de Señoritas, del que estaba especialmente orgulloso. Hizo bustos de don Cleto González Víquez y del doctor Carit. Talló la bella cabeza de su esposa Marguerite, así como las de otros familiares cercanos. Hizo un notable retrato escultórico de “Azulito”, un conocido indigente que en aquellos tiempos circulaba por las calles de San José. También retrató en bronce al botánico Rafael Lucas Rodríguez, que fue su alumno en el taller de Obras Públicas.

Pero sin duda alguna la obra magna de Féron en Costa Rica, y quizá en toda su carrera, es el mural en estuco que cubre las cuatro paredes del Salón Dorado del antiguo aeropuerto internacional de La Sabana, hoy Museo de Arte Costarricense. Allí desarrolló, en relieve, una narración de la historia de Costa Rica desde los tiempos precolombinos hasta 1936, año de la inauguración del aeropuerto.

En este mural, al que todo costarricense culto debería dedicarle al menos un rato de su vida, Féron, sabiéndose privilegiado, invirtió toda la disciplina y la pericia que los expertos le reconocían en Francia. En una compacta pero ordenada descripción plástica, logró condensar los hitos más importantes en la evolución del país. Lo hizo con mesura y elegancia, teniendo claro el fin no solo estético sino también didáctico de la obra. Ese mural es, sin la menor duda, uno de los principales tesoros del patrimonio artístico nacional.

Cuando Nelson Rockefeller visitó Costa Rica en 1945, como de Secretario de Estado para América Latina, el Gobierno le obsequió una ‘Cabeza de india’ esculpida en piedra por Louis Féron. Destacado coleccionista y promotor de las artes, Rockefeller no lo pensó dos veces para ofrecerle que se trasladara con su familia a Nueva York. Marguerite estaba gravemente enferma y necesitaba una cirugía que allá le podían hacer mejor que aquí. Había llegado el momento de despedirse de Costa Rica. Así resume Féron en sus memorias la experiencia que vivió en nuestro país:

“En Costa Rica viví la vida de trabajo que había soñado cuando joven, usando todas mis capacidades para gente que las apreciaba. Tuve el placer de hacer trabajos para cuatro presidentes: Don Ricardo Jiménez, don León Cortés, el Dr. Calderón Guardia y don Teodoro Picado, quienes fueron como protectores para mí… Los cambios de presidente nunca interfirieron con el flujo de mi trabajo… Todos los trabajos que hice para gobiernos o para personas que me honraron con sus órdenes fueron encargados sin compromisos o tratos que menoscabaran mi dignidad. Estoy agradecido con todos esos presidentes y con todos los ticos, que me hicieron sentir que era uno de ellos”.

Féron viajó a Nueva York en setiembre de 1945. En sus memorias afirma que se presentó ante Pierre Cartier con una recomendación del Embajador de Costa Rica. El año siguiente abrió su taller en la calle 53, entre la quinta y la sexta avenida, una ubicación privilegiada cerca de Cartier, Tiffany’s y otras famosas joyerías que pronto se dieron cuenta de que tenían por vecino a uno de los grandes orfebres de Francia. Los encargos no tardaron en llegar y, en pocos años, era reconocido como el mejor cincelador de Nueva York.

El resto, como dicen, es historia. Pese al relativo anonimato de su labor (las joyas se atribuyen a quien las diseña, no a quien las realiza) Féron era célebre entre los entendidos, los responsables de las grandes marcas de lujo, socialites como Claire Boothe Luce y artistas como Marcel Duchamp. En 1963 contrajo segundas nupcias con Leslie Snow, una bailarina de la compañía de Martha Graham. La pareja se trasladó a vivir en New Hampshire, donde Féron se dedicó más al diseño y la escultura. En 1977, la Galería Currier de New Hampshire hizo una gran exposición retrospectiva con 45 de sus mejores piezas.

En 1987 Louis Féron regresó a Costa Rica, por primera vez desde 1945. Quería hacer un monumento en el Parque de la Paz. Se le hizo un homenaje en su querido Salón Dorado del Museo de Arte Costarricense. Quienes tuvimos el honor de conocerlo recordamos a un hombre afable, con abundante pelo blanco peinado hacia atrás, que agradecía cada gesto y seguía considerándose a sí mismo un artesano. Murió en New Hampshire, en 1998.

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