
El 23 de mayo de 1971, La Nación publicó una noticia en la cual se refería al Dr. Roderich Thun, director del Instituto Centroamericano de Extensión de la Cultura (Icecu), un centro descrito por el periodista como un “organismo más conocido en las zonas rurales del país, que en los ámbitos urbanos”.
En la nota, junto a Thun, aparecía su esposa, Manuela Tattenbach. Ambos eran los pilares de un maravilloso proyecto de educación popular rural, sin precedentes conocidos en Costa Rica y cuya inspiración venía del Viejo Mundo.
Democracia y educación de adultos
Thun nació en Austria y obtuvo un título en leyes en Alemania, pero muy joven decidió integrarse a las Volkshochschulen, escuelas para adultos creadas por la República de Weimar.
Se trataba de instituciones destinadas a ofrecer formación a adultos que no habían tenido acceso a la educación superior; sus antecedentes se extendían al siglo XIX, vinculadas con asociaciones obreras y movimientos de educación popular.
Estas escuelas fueron concebidas como faros de democracia y emancipación en una sociedad alemana traumatizada por la guerra.
El gran salto de ese proyecto se produjo después de la Primera Guerra Mundial: Alemania pasó de tener unas 18 Volkshochschulen en 1917 a 853 en agosto de 1922. A finales de 1932 todavía existían 216 escuelas nocturnas y 81 Heimvolkshochschulen.
Eso ocurrió así porque la Constitución de Weimar de 1919 estableció en su artículo 148 que “el sistema de educación popular, incluidas las universidades populares, será fomentado por el Reich, los Länder y los municipios”.

De esa forma, la educación de adultos dejó de ser simplemente una iniciativa filantrópica, privada, obrera o asociativa y pasó a ser reconocida como una responsabilidad pública.
La idea que sostenía esa educación popular era que una democracia no podía limitarse a conceder derechos políticos formales, pues necesitaba también ciudadanos capaces de participar en la vida cultural, social y política.
Las Volkshochschulen de esa época estaban orientadas, tanto en términos pedagógicos como sociales, hacia la democratización y una de sus formas fundamentales de enseñanza era la Arbeitsgemeinschaft, es decir, el trabajo colectivo o grupo de discusión.
El programa de esas escuelas era amplio, variaba de una ciudad a otra y podía incluir cursos de historia, literatura, filosofía, ciencias naturales, economía, política, arte, música, idiomas, ciencias sociales, cuestiones laborales, profesionales y formación en cultura general.
Una de las aspiraciones de la educación popular en Alemania era crear espacios independientes de los partidos y de las iglesias, donde los adultos pudieran desarrollar capacidades intelectuales y participar en discusiones públicas.
Y es precisamente una de las razones por las cuales Fritz Borinski, en su estudio sobre esa experiencia alemana, caracterizó posteriormente a la Volkshochschule como un experimento de educación democrática de adultos.
Este impresionante experimento terminó brutalmente con el ascenso del nazismo en 1933: las instituciones fueron progresivamente disueltas, intervenidas o sometidas a Gleichschaltung (“coordinación” o nazificación), muchos de sus pedagogos fueron expulsados, se retiraron o emigraron y otros se adaptaron al nuevo régimen.

De Alemania al Irazú
Entre los maestros que fueron expulsados o se retiraron estuvo Roderich Thun, quien debió dejar de lado su vocación de educador para dedicarse a la carpintería y a la producción de un taller de juguetes.
Por una de esas curiosidades del destino, un día Thun recibió en su taller en Berlín la visita de los hermanos Manuela y Cristian Tattenbach, de origen germanos pero nacionalizados costarricenses, quienes conversaron extensamente con él y lo invitaron a conocer Costa Rica.
Al final de ese viaje a Costa Rica, Roderich y Manuela se casaron.
Instalados en una finca propiedad de Manuela en las faldas del volcán Irazú, los esposos Thun-Tattenbach se identificaron inmediatamente con la vida campesina costarricense de inicios de la década de 1960.
Allí, en contacto con los campesinos, Roderich recobró su vocación de educador popular, la cual se combinó a la perfección con el deseo de Manuela por crear mella en los campesinos y alfabetizarlos.
Según lo indicó Roderich en una entrevista publicada en 1971:
“Alternando con los campesinos, me di cuenta de las explicaciones complicadísimas que ellos dan a los fenómenos más sencillos y lo fácil que sería llevarles una educación integral aprovechando la radio, que no falta en ningún hogar campesino. Observé que en Costa Rica no había programas dedicados al campesino y me propuse hacerlo”.
Por eso, junto a su esposa Manuela, y con el apoyo de los diputados Cristian Tattenbach, Alberto Cañas y Virgilio Calvo, en 1963 crearon el Icecu.

Escuela para todos
Lo primero que fundaron fue un programa radial dirigido especialmente para las poblaciones campesinas, al cual titularon Escuela para todos y salió al aire por primera vez el 12 de octubre de 1964.
Transmitido de 5 p. m. a 6 p. m. por Radio Monumental, el programa pronto fue repetido por diversas estaciones de radio costarricenses y centroamericanas.
Asimismo, el programa comenzó a recibir preguntas de todas partes de Centroamérica y a algunas regiones del sur de México y el norte de Colombia, lo cual hizo crecer al Icecu en personal y en espacio.
En 1966, se creó una publicación escrita para ser leída por campesinos y titulada Almanaque Escuela para todos, el cual pasó de imprimir 500 ejemplares a más de 300.000 a inicios de la década de 1970. Para 1975, ya imprimían 400.000 ejemplares para Centroamérica y 200.000 para México.
En 1975, el periodista Miguel Salguero informó que, para ese momento, Escuela para todos había respondido alrededor de 100.000 preguntas hechas por campesinos de toda la región.

Entre esas preguntas estaban:
“¿Por qué en los bautizos no son los padrinos quienes chinean sino la mamá del niño?”
“Quiero saber qué requisitos se necesitan para ser alcalde y qué libros se deben estudiar, si es necesario tener un diploma o haber hecho grandes estudios”.
“¿Cómo se pueden curar las espinillas?”
“Dígame si es cierto que hay unos murciélagos que se llaman vampiros y cómo viven”.
En 1977 se creó la Fundación Escuela para todos, para encargarse de la producción de los materiales didácticos del ICECU.
Roderich murió a inicios de abril de 1983, pero su esposa siguió con el trabajo de la Escuela para todos.
En enero de 1991 se anunció que doña Manuela había ganado el premio nacional de periodismo cultural Joaquín García Monge.
Al ser entrevistada, ella indicó que no añoraba Alemania y que cuando vivió en Europa la invadía la nostalgia por Centroamérica. Murió en agosto de 2010 y fue declarada Benemérita de la Patria en 2021.
La obra de Roderich y Manuela los trascendió, pero nunca dejó de tenerlos como ejes de sus objetivos.
Ciertamente, es incuestionable el impacto de esa pareja en la producción de una educación popular-rural en Costa Rica y Centroamérica, que sin duda merece más reconocimiento público y una serie de medidas para recolocar ese esfuerzo en las agendas culturales y educativas de esta región.