Tomás Federico Arias Castro. 23 noviembre
Este año es el centenario del nacimiento de la poeta costarricense Eunice Odio, autora de Los elementos terrestres y El tránsito de fuego. Foto: Archivo LN.
Este año es el centenario del nacimiento de la poeta costarricense Eunice Odio, autora de Los elementos terrestres y El tránsito de fuego. Foto: Archivo LN.

“Me dijo en el colmo de la solemnidad y de la seriedad: tú, querida, eres de la línea de poetas que inventan una mitología propia, como Blake, como Saint-John Perse, como Ezra Pound, y que están fregados porque nadie los entiende hasta que tienen años o aun siglos de muertos”.

Las anteriores palabras, escritas por la poeta costarricense Eunice Odio en una carta para referirse a los comentarios que un cercano amigo suyo mexicano le había hecho sobre su obra, reflejaron una verdad indubitable: la coyuntura histórica en la que vivió no estaba preparada para la grandeza de su literatura.

Así, a cien años de su natalicio, mucho se ha dicho sobre su vida en Costa Rica, Guatemala y Estados Unidos, pero merece ahondarse en México, en donde falleció. Por cierto, su amigo sería galardonado en 1990 con el Premio Nobel de Literatura: Octavio Paz.

Periplos previos

Nacida el 18 de octubre de 1919 en la ciudad de San José, Eunice Odio Infante dio muestras, desde muy temprana edad, de una inteligencia excepcional y de un carácter indómito. Aspectos que marcarían su derrotero personal y literario a lo largo de toda su existencia.

Durante su primeros lustros de vida cursó la educación secundaria en el Colegio de Señoritas, falleció su madre (1933), contrajo matrimonio (1939), se divorció (1941) y redactó sus primeros poemas con el seudónimo de Catalina Mariel, algunos de los cuales publicó en la afamada revista Repertorio Americano o en periódicos como La Tribuna y Mujer y hogar (1945-1947). Desde 1946 viajó por distintas naciones centroamericanas para impartir conferencias, participar en tertulias y recitales, elaborar artículos periodísticos, etc.

1947 fue uno de sus puntos de inflexión. Ese año se le otorgó en Guatemala el Premio Centroamericano de Poesía "15 de Septiembre” por su obra Los elementos terrestres; uno de los jurados fue el escritor Miguel Ángel Asturias, quien recibiría el Premio Nobel de Literatura en 1967. Asimismo, decidió domiciliarse en esa nación, laboró en su Ministerio de Educación y se nacionalizó guatemalteca en 1948.

Poco después publicó su segundo libro Zona en territorio de alba (Argentina, 1953); al año siguiente abandonó Guatemala por la tensa situación política interna que ahí se afrontaba (Esquivel, Mario, Eunice Odio en Guatemala, 1983).

Primer domicilio de Eunice Odio en México ubicado en la calle Río Nazas 45, actual edificio de departamentos. Foto: Tomás Arias.
Primer domicilio de Eunice Odio en México ubicado en la calle Río Nazas 45, actual edificio de departamentos. Foto: Tomás Arias.
Primera estadía

Como ha acontecido desde antaño con numerosos costarricenses y como le correspondió corroborar a Eunice Odio, México no solo se erigió en su nuevo domicilio, sino en el sitio ideal para desarrollar sus dotes intelectuales.

Así, tras arribar a Ciudad de México en 1954, ubicó su primera residencia en el edificio 45 de la calle Río Nazas, situada en la Colonia Cuauhtémoc de dicha capital. Sitio en el que convivió con su pareja, el reconocido productor radial Antonio Castillo Ledón (a quien había conocido en El Salvador en 1953), así como con los hijos de este, Luis y Alejandro, a quienes llegó a querer grandemente.

De modo coincidente otro escritor vivía en el mismo edificio de Odio. Autor casi desconocido que había logrado que una novela suya fuese publicada por el afamado Fondo de Cultura Económica, pero que sin embargo casi no se vendía. Por ello, dicho individuo ponía ejemplares de su libro en una mesita al frente del citado edificio para ofrecerlos al público. Su nombre: Juan Rulfo, el nombre su obra: Pedro Páramo. Con el tiempo, Odio y Rulfo se convirtieron en grandes amigos.

Por otra parte, fue en 1956 cuando Odio experimentó dos sensibles pérdidas, pues en ese año falleció su padre Aniceto Odio, así como su querida amiga y colega literata, Yolanda Oreamuno Unger. Este último deceso se produjo en la casa de Odio, pues ambas poseían una gran amistad desde antaño y, luego del deterioro de la salud de Oreamuno, Odio la había acogido con gran afecto (Von Mayer, Peggy, Eunice Odio: obras completas, 1996).

Días fastos y nefastos

Durante su estadía en México, aconteció la publicación del tercer libro de Eunice Odio: El tránsito de fuego (1957). Esta obra la había enviado por correo para el Certamen de Cultura de El Salvador, pero que. por no haber sido retirado el sobre con el texto, no pudo ser evaluada por el jurado. Empero, tras conocerse su contenido y constatar su calidad, se dispuso publicarla.

En esa época, Odio conoció en la capital mexicana al exiliado cubano Fidel Castro, quien se encontraba ahí preparando la defenestración que perpetraría en 1959 contra el entonces gobernante de esa nación Fulgencio Batista Zaldívar. Desde ese instante y por el resto de su vida, Odio manifestó un profundo rechazo hacia Castro, lo cual no solo materializó en diversos artículos y ocasiones, sino que también le ocasionó múltiples problemas en el futuro.

Asimismo, 1959 fue también el año de un fuerte episodio en la vida de Odio, pues feneció su idílica relación con Antonio Castillo. Posteriormente, ella abandonó México y se fue a vivir a Nueva York por los próximos tres años. (De Vallbona, Rima, La obra en prosa de Eunice Odio, 1980).

Segunda estadía
Segundo domicilio de Eunice Odio en México ubicado en la calle Río Neva 16, actual edifico de oficinas públicas. Foto: Tomás Arias.
Segundo domicilio de Eunice Odio en México ubicado en la calle Río Neva 16, actual edifico de oficinas públicas. Foto: Tomás Arias.

Eunice Odio regresó a México en 1962. Su nuevo domicilio se ubicó, otra vez, en la Colonia Cuauhtémoc, pero en esta ocasión en el edificio 16 de la calle Río Neva o lo que era lo mismo, a tres calles de su antigua residencia en Río Nazas.

Para sustentar sus gastos y cuentas tradujo obras literarias, redactó reseñas y crónicas, escribió artículos periodísticos, elaboró folletos y libelos, etc. Empero, muchas oportunidades se le negaron por su ya citada animadversión a Fidel Castro y al socialismo en general, los cuales gozaban de gran empatía en ostensibles sectores de la intelectualidad mexicana de izquierda de aquella época.

Para marzo de 1963 y después de más de tres lustros, Odio regresó a Costa Rica por unos días. Periplo que hizo como enviada de la revista Respuesta para que reseñase la visita del presidente John F. Kennedy a nuestro país (Chaves, José R., Tránsito de Eunice, 2018).

De nuevo en México, retomó su vida cotidiana, ingresó a la Orden Rosacruz y estableció una gran amistad con la dramaturga y literata mexicana Elena Garro, quien fuese esposa del ya mencionado escritor Octavio Paz. Asimismo, fue en 1966 cuando se casó con el pintor mexicano Rodolfo Zanabria (sí, con zeta) a quien había conocido en 1962. Empero, tras un viaje de él a París por una beca (1968), su relación se fue distanciando hasta terminar en 1970.

Deceso en soledad

En 1972, Eunice Odio obtuvo la nacionalidad mexicana y ello no impidió que su situación económica fuese languideciendo, a lo cual se sumó, con contadas excepciones, el abandono de casi todos sus conocidos en el siguiente bienio.

El 23 de marzo de 1974, Odio quiso darse un baño, se resbaló y golpeó la cabeza contra el borde de la tina de su casa. A los 54 años, allí murió desangrada. Su trágico fallecimiento se conoció diez días más tarde, pues, tanto su reiterada ausencia, como un hedor desde su departamento, alertaron a sus vecinos. Fue su antiguo compañero Antonio Castillo quien encontró su cadáver y costeó su entierro en un cementerio de la ciudad de Iztapalapa. Pocos años después, su osamenta fue incinerada y depositada en la tumba familiar de Castillo.

Así las cosas, México fue y sigue siendo el lugar de reposo eterno de Eunice Odio; Octavio Paz tenía razón, ya que su obra y figura son hoy ampliamente reconocidas. A lo que cabe agregar las acertadas palabras del literato José Ricardo Chaves, quien al respecto dijese “En la poesía costarricense, Eunice es la más alta cima: una Sor Juna Inés laica y centroamericana”.

*El autor es director de la Cátedra de Historia del Derecho de la U.C.R. e integrante de la Comisión Nacional de Conmemoraciones Históricas.