
El 3 de mayo de 1961, el conocido árbitro internacional de fútbol Roberto Vázquez perdió la vida. De acuerdo con la información brindada al día siguiente por el Diario de Costa Rica; circulaba de madrugada por la avenida 4.ª entre, calles Central y 1.ª, cuando se precipitó a una profunda zanja que atravesaba la calzada.
Había caído en el túnel en construcción que, varios metros bajo el suelo, uniría en diagonal los edificios de la Curia Metropolitana y el Palacio Arzobispal. Aunque fue atendido prontamente por la policía, que lo trasladó al hospital, Vázquez falleció poco después a consecuencia de los graves golpes sufridos.
El ducto era parte de las obras de renovación del último de aquellos inmuebles; y respondía a la inquietud de Monseñor CarlosHumberto Rodríguez Quirós, de atravesar la avenida, rumbo a la Catedral Metropolitana… sin ser molestado por la gente –como se dijo entonces.
Terremoto, ruina y solución
El doctor Rafael Otón Castro Jiménez fue nombrado primer arzobispo de Costa Rica, en marzo de 1921. Una de sus primeras tareas fue acondicionar debidamente, el Palacio Episcopal que monseñor Thiel encomendara al ingeniero Lesmes Jiménez.
Terminado en 1888, inmediatamente al sur de la Catedral, el edificio de líneas renacentistas recibió una refacción; que lo dejó a punto para ser ocupado por el nuevo prelado, con todas las comodidades y a la altura de su dignidad. Sin embargo, sólo tres años después, el terremoto del 4 de marzo de 1924, prácticamente inutilizó el inmueble.
De acuerdo con el ingeniero-arquitecto José Francisco Salazar, que realizó la primera inspección de los daños causados por el sismo, el edificio debía ser puesto fuera de servicio. Así, inhabitable su residencia y sede administrativa, monseñor trasladó temporalmente su domicilio a su casa particular, en barrio Amón. El viejo palacio, golpeado ya por los terremotos de 1888, 1910 y 1924, sería demolido.
Para el arzobispo, el problema era serio: con varias las iglesias dañadas (la Catedral entre ellas) perder el palacio era una tragedia. No obstante, tanto Salazar como su colega Teodorico Quirós, sostuvieron que, con las reparaciones más urgentes, aquel podría destinarse a oficinas y otros usos que no requiriesen su ocupación permanente. Así se hizo, y desde entonces el edificio albergó a la Curia Metropolitana.
El prelado, por su parte, alquiló una modesta casa en calle 1ª, entre avenidas 8 y 10 (donde estaría luego la Estación Central de Bomberos), mientras se resolvía el tema de su residencia oficial. Más, para fines de la década ya se contaba con una posible solución. Cruzando la avenida 4ª, en la manzana al sur de la Catedral Metropolitana, existía una vieja pero elegante casa de dos niveles que había pertenecido al doctor Adolfo Carit.
Parte del legado público del filántropo como era, había sido adquirida por el Estado; y a la sazón albergaba las oficinas de la Contaduría Mayor, del Registro Civil y de Estadísticas. En septiembre de 1930, el Congreso aprobó su venta a las Temporalidades de la Iglesia, por la suma de 90 mil colones; aunque, en principio, el Ejecutivo retendría su posesión durante un año, mientras trasladaba convenientemente sus dependencias.

Tal y como se anunció en febrero de 1932, allí se construiría –por iniciativa de monseñor Castro y con las contribuciones de los feligreses diocesanos– el nuevo Palacio Arzobispal. En marzo de 1934, al parecer precipitadamente, se anunció que las obras constructivas empezarían pronto; y que estarían a cargo de Salazar; responsable también de su diseño arquitectónico.
El nuevo palacio
En realidad,el Estado aún no había desalojado la casa; y no terminó de hacerlo sino en julio de aquel año, urgido por la exigencia de la Curia. En el ínterin, se supo que, recomendada como era por Su Santidad el Papa, la obra contaba ya con nuevos planos. Hoy se nos escapa la razón del cambio de profesional, pero el nuevo responsable de su diseño y construcción sería el ingeniero-arquitecto Paul Ehrenberg Brinkman con su empresa, la Compañía Constructora Alemana.
Las demoliciones de la que fuera la casa del doctor Carit, empezaron en agosto de 1934; de modo que, en octubre de aquel mismo año, monseñor Castro bendijo los cimientos del nuevo palacio arzobispal. Construido en concreto armado, sería un edificio de dos niveles y una arquitectura de aire medieval o neo-románica; con sólidos volúmenes rematados por una cornisa arqueada, techos a dos aguas y ventanas de arco de medio punto.

Frente a la avenida, un cuerpo en forma de “U” adelantaba las alas laterales, que albergaban unos salones administrativos con puertas frontales e independientes. El vacío del centro, por su parte, lo conformaba un antejardín seguido de un corredor; al que daba entrada una triple arcada enrejada que, arriba y al centro, ostentaba el escudo de monseñor Castro, y era flanqueada por jardineras.
Al fondo, el ala paralela a la avenida, albergaba otras dependencias de la Arquidiócesis. De seguido, aprovechando la profundidad del predio, un jardín central hacía las veces de claustro; separando la parte pública del conjunto, de la residencia del arzobispo propiamente dicha. La mansión –que había costado 200 mil colones–, estuvo lista a principios de junio de 1935 y se bendijo dos meses después. Más, como la llegada de parte del nuevo mobiliario se atrasara, el arzobispo y su gente no la ocuparon sino en septiembre de aquel año.
Monseñor Castro habitó el palacio hasta su fallecimiento, en diciembre de 1939.Después residieron en él, sucesivamente, los arzobispos Víctor Manuel Sanabria Martínez (1940-1952) y Rubén Odio Herrera (1952-1959); hasta que, en mayo de 1960, fue nombrado sucesor suyo monseñor Rodríguez Quirós (1960-1979).
¿Remodelación o desfiguración?
De fuerte personalidad, su manera expeditiva de manejar los asuntos eclesiales, lo llevaron pronto a conflictos tanto con clérigos como con seglares. De acuerdo con el historiador Ricardo Blanco Segura: “Esa reacción fue estimulada más aún por dos obras materiales nacidas de la iniciativa arzobispal.
“Una de ellas acertadísima, porque salvó de la destrucción parte del patrimonio eclesiástico y nacional: la reconstrucción del antiguo palacio episcopal. Otra, verdadero desacierto que sólo sirvió para estimular la abierta malquerencia popular contra el arzobispo: la construcción del túnel entre el viejo palacio y el nuevo” (Su Excelencia).

Para entonces, el inmueble que ocupaba la Curia estaba otra vez tan deteriorado, que se procedió a reconstruirlo; lo que ocasionó la pérdida de su belleza y elegancia interior, pero al menos salvó la apariencia exterior del histórico bien. Por lo demás, las obras realizadas por la constructora Lara, Ortega y Truque, incluyó una ampliación hacia el norte, donde se alberga desde entonces Radio Fides.
Como ya el arzobispo tenía en mente la reforma del Palacio Arzobispal y hacer la comunicación subterránea entre ambos edificios; en marzo de 1961, de manera inconsulta con las autoridades civiles correspondientes, se procedió a romper la calzada de la avenida 4ª. Fue en la zanja resultante, que encontró la muerte el señor Vázquez, dos meses después.
Con todo, el prelado se salió con la suya: el túnel se construyó y él continuó con la remodelación de su residencia. Esta comenzó por cambiar del todo la fachada del inmueble que, con el fin de armonizar estéticamente con el viejo palacio vecino, adquirió una apariencia neoclásica, aunque “modernizada”. También se suprimió el jardín interior, que fue sustituido por una galería con retratos de los obispos coloniales de Nicaragua y Costa Rica.
Según Blanco Segura, que conoció bien el edificio: “Los cambios fueron de mal gusto, sin estilo arquitectónico definido, a lo cual se unió la deficiente decoración (carente en todos sus aspectos de imaginación) y la escases y simplicidad del mobiliario, no del todo acordes con el decoro que debe tener la residencia de un arzobispo (…)”. Y agrega: “El túnel, tengo entendido, fue clausurado y entró en desuso al comenzar el gobierno de Monseñor Arrieta”.
Más, lo peor para la dignidad del palacio vino luego, cuando, en un arranque de ese “democratismo” tan del gusto criollo –y totalmente ajeno a la estructura jerárquica que es la Iglesia Católica–, se le cambió el nombre por el de Casa Arzobispal… algo que con toda seguridad hubiera molestado mucho a monseñor Rodríguez Quirós; aquel pastor tan poco afecto a sus “demócratas” ovejas, que construyó un túnel para evitar cruzarse con ellas en la avenida 4.ª.