
Las relaciones entre arte y política han suscitado siempre gran interés como artefactos de la Historia. Como plantea Francis Haskell, dado “el impacto de la imagen en la imaginación histórica”, la interpretación y el análisis de las fuentes visuales resulta de gran valor.
No menos atención han recibido los temas estrictamente marciales y su traslación en imágenes por parte de los artistas plásticos. La pintura Santa Rosa 20 de marzo de 1856 (ca.1888), el retrato del General-Mayor Máximo Blanco y la Alegoría de la Quema del Mesón (1896) permiten observar las operaciones simbólicas mediante las cuales la pintura costarricense de mediados del siglo XIX configuró símbolos, rostros y actos heroicos.
La pintura de tema bélico
La primera obra, atribuida al pintor nicaragüense Toribio Jerez Tellería (1821-1896), presenta una visión narrativa y descriptiva de la Batalla de Santa Rosa del 20 de marzo de 1856, organizada en planos simples y con un estilo medio naif. Las figuras esquemáticas diferencian claramente a las tropas costarricenses y las filibusteras. Más que recrear realismo histórico-militar, la obra busca conmemorar la victoria del Ejército Expedicionario costarricense y construir un relato de carácter épico, convirtiendo al paisaje rural en un escenario de identidad nacional.
Por su parte, el sobrio retrato de cuerpo entero y de pie del General-Mayor Máximo Blanco Rodríguez, ejecutado por el pintor francés Achilles-Clément Bigot (1809-1884) entre 1860-1870, ejemplifica fielmente la cultura visual militar. Blanco, quien participó activamente en la guerra antifilibustera, aparece con sus mejores galas y atributos del poder. Detalles como el cinturón azul y la espada, la postura firme y la mirada penetrante hacia el porvenir develan, desde una lectura indiciaria, su función como modelo de virtudes cívicas, disciplina republicana y legitimidad institucional.

El artista académico Enrique Abraham Echandi Montero (1866-1959), en la inmensa tela al óleo titulada: La Quema del Mesón, representa la narrativa del sacrificio heroico. En el centro de la composición, el peso visual lo lleva la figura de Juan Santamaría vestido con sencilla vestimenta campesina y expirando su último aliento de vida, mientras enciende el alero del techo del Mesón de Guerra, con una larga caña.
La pintura de tema histórico busca movilizar afectos y reforzar valores como el deber y la entrega patriótica. Esta representación “democratiza”el heroísmo al privilegiar al soldado sencillo salido del pueblo, coadyuvando de tal manera, a la invención de una identidad nacional oficial en torno a la Campaña Nacional de 1856-1857.
Las tres obras plásticas configuran un repertorio iconográfico coherente: la victoria colectiva, el liderazgo militar y el sacrificio heroico. Juntas fabrican un relato que amalgama estrategia en el campo militar, autoridad y sacrificio, como elementos claves en la narrativa oficial de la guerra librada contra los filibusteros.
La iconografía militar decimonónica funcionó así como repertorio visual de identidad nacional, articulando pasado, moral cívico-patriótica y legitimidad del Estado-Nación en construcción.
