
El 2 de abril celebramos el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil, fecha apropiada para recordar que Winnie de Puh cumple cien años. Posiblemente causará extrañeza esta propuesta… ¿Qué relación tiene un personaje popularizado por la factoría Disney con la literatura? En 1926, el escritor inglés Alan Alexander Milne, conocido como A. A. Milne, publicó el libro Winnie-the-Pooh (Winny de Puh), un legado para su hijo Christopher Robin.
El librero Alfredo Lara López expresa que es una obra maestra apta para un niño menor de diez años y un adulto de buen nivel cultural, aseveración que parece contradictoria. Lo cierto es que merece ser leída como un clásico que despierta interés en muchas etapas de la vida; es una obra a la que hay que acercarse sin el prejuicio de creer que es pueril y lo que es peor, como un exitoso objeto de mercado.
Milne explica, en la introducción de su libro, que obsequió a Christopher Robin un oso de peluche llamado Eduardo. Ambos consideraron que necesitaba un nombre diferente. En el Zoológico de Londres encontraron a la osa Winnie, traída de Canadá. También conocían a un cisne apodado Puh; de tal manera que crearon un solo nombre, “Winnie the Pooh”, que ha sido traducido como “Winnie de Puh” y “Winny de Puh”.
Resulta infaltable evocar la fotografía en la que aparece el autor junto a su hijo y el oso de peluche, que por cierto en poco se parece a la imagen que se ha popularizado de Puh. De la misma forma, el pequeño también gozaría con otros muñecos como un canguro, un burro, un tigre y un pequeño cerdo, que se transformaron en personajes de la historia. Actualmente, esos juguetes se encuentran en la Biblioteca Pública de Nueva York.

El Bosque de los Cien Acres
Los muñecos de Christopher Robin habitan en el Bosque de los Cien Acres, un sitio imaginario como el País de las Maravillas o la Isla de Nunca Jamás.
La diferencia es que, en el reino subterráneo de Alicia o en la isla de los niños perdidos, aparecen personajes fantásticos como un ejército de naipes o el Capitán Garfio. En cambio, en el Bosque de los Cien Acres, los animales se enfrentan a situaciones que no necesariamente son ficticias como una fuerte nevada, inundaciones o una exploración que conduce hacia el Polo Norte, el cual no es más que cualquier rincón del bosque señalado con un rótulo escrito con mala ortografía.
¿Quién fue el autor que creó este mundo de poco más de 40 hectáreas? Milne nació en Londres en 1882. Costaría imaginar que el creador del pacífico Winnie de Puh, aparte de estudiar matemáticas, participó, de manera decidida en las dos guerras mundiales como miembro del ejército británico.
A pesar de su actividad bélica, dedicó tiempo al estudio y a cultivar la a amistad con otros autores. Cabe destacar que uno de sus maestros de infancia fue H. H. Wells, considerado uno de los precursores de la ciencia ficción.
Fue miembro de equipos de escritores en juegos de criquet, deporte tradicional de Inglaterra. Entre sus compañeros estaban J. M. Barrie, creador de Peter Pan, Arthur Conan Doyle autor de las aventuras del detective Sherlock Holmes y P. G. Wodehouse, autor humorístico. Esas amistades trascendieron pues Barrie ofreció la ayuda necesaria para que Milne estrenara su primera obra de teatro. Cabe destacar que Milne también hizo una adaptación teatral de El viento en los sauces de Kenneth Grahame.

No resulta extraño que el oso Puh, a pesar de no saber leer ni escribir, componga oralmente poemas, pues Milne también fue poeta. Publicó sus creaciones en la revista humorística Punch. De hecho, hace la primera mención del oso, en 1924, en esa revista.
El autor se casó con Dorothy “Daphne” de Sélincourt, con quien engendró a Christopher Robin en 1920. Fue el niño que recibió el obsequio de los muñecos de trapo que se convirtieron en protagonistas del famoso libro. Cuando salió la primera edición de Puh, el pequeño tenía seis años.
El artista visual Ernest E. Shepard pasó una temporada en la casa de campo de los Milne. En ese entonces hizo las ilustraciones de los personajes originales que conservan gran parecido con los que Disney popularizaría décadas después.
Valga decir que el escritor sufrió un derrame cerebral en 1952, hecho que lo obligó a retirarse a su casa de descanso y a considerarse como un hombre “muy viejo y desencantado”. Falleció en 1956 con 74 años.
Christopher Robin Milne escribió libros autobiográficos y fue dueño de una librería.

Los personajes de Winnie-the-Pooh
Shepard dibujó el mapa del ficcional bosque de cien acres. Allí viven personajes entrañables como el Oso Puh, quien, según su parecer, no tiene ni una pizca de cerebro, y a pesar de ello encuentra soluciones a problemas complejos; además padece de un hambre voraz y su comida favorita es la miel.
También se encuentra el pequeño cerdo Porquete, mejor amigo de Winnie, quien tiene una larga vida de cuatro años. Por su parte, Conejo se encuentra permanentemente a la defensiva y se considera autosuficiente.
A Búho se le otorga la condición de sabio y alardea de conocer el significado de muchas palabras.
Kanga es una hembra canguro que lleva a su hijo Ruh en el bolsillo de su vientre. Ella es un dechado de cuidados maternales. También se encuentra el burro Iígor, el cual se caracteriza por ser triste, melancólico y pesimista.
En el segundo libro, titulado El rincón de Puh, aparece Tigle, un tigre que goza de buen humor y se traslada, de un sitio a otro, dando enormes saltos. Todos tienen como líder a Christopher Robin, un niño que habita en las afueras del bosque.
Como se observa, los personajes poseen características físicas y psicológicas poco cambiantes, lo cual permite que los pequeños los identifiquen con facilidad.

Muñecos muy humanos
Lo que aparentemente son historias sencillas y divertidas dejan mucho que pensar. Por ejemplo, en el Bosque de los Cien Acres, aparecen dos seres extraños, son la canguro Kanga, y su hijo Ruh.
Conejo considera repulsivo que una madre cargue a su cría en una bolsa cosida a su vientre y piensa que, si eso ocurriera con las conejas, sería necesario dotarlas de 17 bolsillos para llevar a cada chico, más un bolsillo extra para el pañuelo.
Los animales confabulan un plan para expulsar a los recién llegados, y finalmente comprenden la relevancia del entendimiento, la comprensión y la tolerancia hacia quienes resultan diferentes. De alguna forma, es una moraleja de gran actualidad acerca de la situación de los migrantes.
Como un relato de solidaridad, encontramos los esfuerzos de todos personajes, incluido Christopher Robin, por rescatar a Porquete en una inundación. A Puh se le ocurre que se puede poner a navegar un paraguas, volcado al revés, para usarlo como barca. Y con esa ingeniosa idea logran el salvamento del pequeño cerdo.
También debe observarse que los habitantes del bosque organizan una expedición, o de manera más precisa, una «expodición» al Polo Norte. Desde un punto de vista racional, se trataría de un objetivo imposible pues nunca salen del Bosque de los Cien Acres. Sin embargo, Winnie decide que han llegado a la meta y ahí coloca un rótulo. En otras palabras, como ocurre con los juegos de la infancia, no se necesita invertir sumas costosas, pues tan solo es necesaria la fantasía para acaparar momentos felices.
El burro Iíyo hace una reflexión sustancial sobre el sentido de la educación, ya que después de formar con tres palos la letra «A» sobre el suelo, expresa que para el común de la gente serán tres palos sin importancia, pero solamente los educados sabrán que se trata de una “grande y gloriosa” «A».

La escritura como juego
Milne hace un uso particular de la gramática, y crea formas discursivas que lo identifican. Por ejemplo, escribe a su antojo sustantivos y adjetivos con la mayúscula inicial, y en algunas ocasiones aplica, de manera caprichosa, la puntuación. Por ejemplo, el burro Iíyo expresa: «¿Has dicho globo? ¿Una de esas cosas de colorines que se soplan? ¿Alegría, Cantar-y-Bailar, Viva la pepa y Yujuruju?» Tales formas de expresión, lejos de confundir al lector, otorgan frescura al texto.
En el libro de Puh también se observan textos escritos como caligramas o poemas visuales, en los que la colocación de las palabras, o sus letras, forman figuras. Eso ocurre cuando Kanga brinca por el bosque llevando a Porquete en la bolsa de su vientre. El diálogo dicho por el cerdo está dispuesto de tal forma, sobre la página, que al ser leído la vista salta.
Debe anotarse que los únicos personajes que saben leer y escribir son Búho, Conejo y Christopher Robin, y lo hacen con pésima ortografía. Los textos plasmados son, por ejemplo: «NO YAMR ENSACO DURGENZIA» en lugar de «no llamar en caso de urgencia» o «PoLO NorTE DiscoVIErto Por PUh PUh lo ENCUENTRÓ» en lugar de «Polo Norte descubierto por Puh, Puh lo encontró». Lejos de causar molestia, se perciben como frases abundantes de ternura, testigos de la infancia que desea comunicación.

Una saga interminable
Milne publicó la segunda parte, llamada El rincón de Puh, en 1928. Explica, en la introducción, que desea dar por finalizadas las aventuras en el Bosque de los Cien Acres. El oso pregunta por el significado de «introducción» y Búho, aficionado a las palabras largas, explica que «introducción» es igual a «contradicción». No estaba equivocado, pues durante un siglo, Winnie y sus amigos se han mantenido vigentes en la literatura, el cine, la televisión, la internet y como personajes de un sinfín de productos del mercado. En otras palabras, el autor efectivamente se contradijo.
Las hijas de Walt Disney eran aficionadas a la obra de Milne. El creador de Disneylandia compró los derechos e hizo un primer corto animado, en 1966, titulado Winnie de Puh y el árbol de miel; desde entonces ha elaborado un sinfín de objetos. Debe acotarse que la factoría norteamericana realizó personajes semejantes a los dibujados por Sheppard, y desde entonces, vemos a Winnie con su característica camisa roja, la cual estaba reservada originalmente para el invierno.
Es meritorio mencionar que Disney autorizó, en 1969, la creación de una trilogía de cortometrajes soviéticos sobre Winnie de Puh, como una muestra de paz en plena guerra fría. Estos personajes son muy diferentes a los creados por Sheppard.
Para celebrar el centenario del icónico personaje tal vez solo sea necesario leer, con los niños, la obra de Milne, y recordar un par de líneas:
«-¡Ay, Oso! -dijo Christopher Robin-. ¡Cuánto te quiero!
-Yo también -dijo Puh.»
El autor es profesor jubilado de la UCR y la UNA y es miembro de la Academia Costarricense de la Lengua.
