A pesar de haber sido el rostro protagónico de Abril, la película de Hernán Jiménez que convocó a los ticos a las salas de cine del país, Maricarmen Merino ha transitado por el montaje, el sonido y la dirección de documentales autorreferenciales.
Mucho antes de ponerse al frente de la cámara en Abril (2026), la artista construyó una sólida trayectoria como directora.
Su firma detrás del lente comenzó a trazarse con cortometrajes como El mar (2009) y Bella (2014), consolidándose más tarde con el documental ¿Dónde estás? (2018), obras en las que exploró una mirada íntima y sensible que sentó las bases de su identidad cinematográfica.
Sin embargo, aceptar el reto de encarnar a Abril, una mujer y madre que atraviesa una separación, la crianza de una adolescente y la búsqueda de su propia identidad, significó soltar por primera vez la obsesión por el control técnico y entregarse al puro juego interpretativo.
Abril: de directora a actriz
Dar el salto al frente de la cámara en una producción a gran escala suele ser intimidante, pero para Merino el proceso se sintió liberador.
A diferencia del desgaste que conlleva sostener una dirección cinematográfica sobre los hombros, interpretar a Abril fue un ejercicio de confianza sostenido por vínculos de larga data.
“Vieras cómo disfruté apagar el ojo de realizadora por completo. Cuando sos la directora, tenés una dosis de expectativa y de control que es muy difícil de trascender para entregarte a una experiencia artística gozosa. Con Abril me permití soltar: yo solo tenía que venir a hacer lo mejor que podía en el día y después dormir bien para el siguiente”, aseguró la artista.

Esa atmósfera de cuidado también fue propiciada por Jiménez, a quien conoció hace más de dos décadas cuando él visitó una clase universitaria en la que ella estudiaba. En el set, Jiménez no solo dirigió y coprotagonizó, sino que asumió la dirección de fotografía.
Según Merino, lejos de restar serenidad, esa cercanía blindó el rodaje. “Hernán logra construir un ambiente de demasiado cuidado. Su presencia detrás de la cámara era un pilar de seguridad, una mirada y un corazón sosteniendo cada escena”, manifestó.
A esta red afectiva se sumó el actor quebequense François Arnaud (Gabriel), a quien Merino ya conocía en el ámbito personal. “Él tiene una técnica y una generosidad inmensa; se acopló con enorme entrega a un elenco donde muchos no éramos actores profesionales”, dijo.

Conexión con Lara
El ancla más visceral de la película Abril fue la relación con la joven actriz Lara Yuja Mora (Valentina), pues, según Merino, la conexión fuera del set fue inmediata, lo cual, según la intérprete, fue clave para el sentimiento maternal de la cinta.
“Recuerdo perfectamente el día que nos conocimos ya oficialmente, como cuando sentís que hay algo de misterioso que ocurre con un ser humano en que sentís conexión. Y creo que tiene uno de los talentos más luminosos que yo he visto”, relató la actriz.
En esa dinámica madre e hija, la veterana en el set no era Merino, sino la joven actriz. Lejos de imponerse desde su rol adulto o su experiencia detrás de cámaras, encontró en Lara a una guía inesperada cuya trayectoria frente al lente le generaba profunda admiración.
“Es como una niña que además tenía el doble de experiencia que yo actuando, puesto que venía de protagonizar otro largometraje. Era como decir: ‘Ahora enséñame vos a mí, por favor. ¿Qué es lo que tenemos que hacer aquí?’. Ella venía de estar en un rodaje, en una producción casi de manera inmediata, también de una película que yo amo y admiro muchísimo”, recordó Merino.
Fuera de cámaras, esa química traspasó por completo las líneas del libreto. En medio de un rodaje cargado de exigencias adultas, la presencia de la joven actriz se convirtió en el verdadero refugio y desahogo de Merino durante las jornadas de filmación.
“Creo que era la persona con la que yo más disfrutaba estar. Cada vez que aparecía, era como mi cómplice. Se me hace muy loco pensar que sí podría ser mi hija. Esa parte como que yo decía: ‘No, ella es como mi amiga’. Hasta que yo hacía las matemáticas. Sentí que en otra vida yo fui mamá de esa niña”, concluyó.

Su mayor reto
Merino identifica las secuencias de terapia familiar, grabadas durante tres jornadas consecutivas en un único espacio estático, como el mayor desafío del rodaje.
En esas escenas, la barrera entre ficción y vivencia personal se volvió sumamente delgada. “Fueron tres días sentados volviendo a momentos que me dolían. El ejercicio de ponerme en ese lugar, de enfrentar a una expareja respecto a lo desigual que son las maternidades frente a las paternidades, tocaba fibras muy densas. Llegaba a mi casa drenada, exhausta y confundida, preguntándome por qué estaba tan enojada si esa no era yo”, expresó la intérprete.
Para Merino, esa densidad es precisamente lo que ha provocado que tantas familias se vean reflejadas en la película: el retrato sin filtros de una maternidad que desborda el molde edulcorado y romantizado impuesto socialmente.
Matryoshka: el cierre del documental vivencial
Esta exploración sin concesiones sobre los roles de cuidado no nació con Abril, pues desde hace años, la realizadora ha venido gestando Matryoshka, un largometraje documental que funciona casi como el reverso crudo de la ficción: un retrato íntimo de una madre a través de los ojos de su hija, rodado en plena pandemia y atravesado por la noticia de su propio embarazo.
“Matryoshka es una película imperfecta, pero con una enorme valentía para poner la cámara en los lugares más dolorosos y vulnerables. Se habla muy poco de la experiencia real de convertirnos en mamás, de los pesos, las culpas, la dificultad y la belleza. Hay un discurso muy romantizado desde el patriarcado que no se parece en nada a lo que realmente es”, aseguró Merino.
La proyección de esta nueva versión está prevista para este 2026, aunque aún está pendiente de fecha definitiva debido a compromisos con un nuevo rodaje; no obstante, Merino reconoce que el filme marca el punto final de una etapa en su manera de hacer cine.
“He filmado los últimos 12 años de mi vida. La cámara fue una herramienta de supervivencia, un confesionario, un testigo y un psicólogo para atravesar el duelo de mi papá en ¿Dónde estás? o mi maternidad en Matryoshka. Pero sentí que ya no podía seguir mirándome solo a mí. Necesitaba cerrar ese ciclo vivencial”, explicó la documentalista.

Una nueva brújula creativa
Ese giro temático ya está en marcha, pues hace aproximadamente un año, Merino trabaja en un nuevo proyecto documental en Monteverde, centrado en un grupo de familias provenientes de Armenia, Azerbaiyán, Afganistán y Rusia.
Dichas familias, tras ser deportadas de Estados Unidos en circunstancias de alta vulnerabilidad jurídica y quedar en un limbo migratorio sin posibilidad de retorno, fueron acogidas por la histórica comunidad cuáquera de la zona montañosa.
“Seguimos recibiendo mensualmente a personas deportadas en condiciones de muy dudosa legalidad, en que se han violentado muchísimos de sus derechos básicos y sucedió lo que sucedió; apenas Trump llegó al poder, entraron una serie de familias con niñas y niños que no tenían a dónde ir ni qué hacer después de haber vivido seis o siete meses de una peregrinación brutalmente dolorosa”, expresó la filmaker.
El proyecto rompe radicalmente con su método previo, pues su trabajo es conocido por inspiraciones personales y sentimentales, pero ahora tomará un rumbo político al que antes no se le había relacionado, a pesar de ser hija de Patricia Mora, presidenta del Frente Amplio, y José Merino, fundador del mismo partido, quien falleció en 2012.
“Siempre quise y he querido como salirme un poco (de lo político) a pesar de que yo creo que lo personal, lo más íntimo, que lo que yo vivo, en este microcosmos que vivimos a veces en nuestras familias, es extrapolable al mundo entero y es político siempre”, expresó la directora.
Haber colocado su propia vulnerabilidad frente al lente durante más de una década le otorga ahora una ética rigurosa a la hora de filmar a otros. “Saber lo que se siente tener una cámara enfrente me da la certeza de que jamás voy a violentar a nadie con una imagen. Para mí, el cine no está en el resultado técnico, sino en el vínculo humano que se construye antes de filmar”, expresó.

Ahora, con Matryoshka lista y el eco del éxito de Abril aún fresco para cerrar su etapa confesional, empezará una experiencia donde el espejo queda definitivamente fuera del guion.
Al final, para Maricarmen Merino, su salto a la actuación no fue un desvío en el camino, sino una lección de soltar amarras y su verdadero oficio sigue siendo el mismo: registrar las heridas con la delicadeza de quien ya aprendió en carne propia para poderlo exponer ante una cámara.
