Algunas personas al cabo de los años deciden volver al lugar que los vio nacer, ese que los acogió en sus primeros años. Es bien sabido que muchas veces, las personas, buscando oportunidades laborales o de estudio o tal vez por asuntos personales o económicos parten en busca de nuevos rumbos. Transitan por el mundo viviendo experiencias que su lugar de origen no les permitía.
Terminan de crecer y formarse profesionalmente, conocen personas y mundos nuevos que los marcarán durante el resto de su vida. Una de esas personas es Carlos Tapia Fernández, artista plástico por derecho propio. Tapia, como muchos ha transitado por diversos caminos y al cabo de los años, en un momento de inflexión en su vida, decidió regresar a su lugar de origen, en busca de paz, de poder disfrutar la compañía de su familia y por qué no, recrearse de la cercanía del paisaje que la región le ofrece.
La mayoría de quienes lo conocen, lo saben cómo citadito obstinado y dueño de mil historias urbanas. Durante 34 años habitó en el mismo departamento en el Distrito del Carmen, entre avenida 5 y calles primera y tercera.
En ese apartamento, Tapia decidió por convicción propia ser artista y creó la mayoría de sus cuadros, junto con sus gatos, compañeros inseparables y protagonistas de muchos de sus pinturas. En ese reducido espacio construyó su mundo y creció como artista, hasta llegar a ser el amo y señor de “Tapialand”; espacio lleno de objetos y más objetos, poca luz natural y refugio de conversaciones y pasiones.

No solo vivió en la ciudad de San José, la caminó de día y de noche. Escribió sobre ella, a través de micro relatos, e incluso dejó una pieza bajo el puente de la Avenida de las Damas, “Los gatos sabios” y “El gato cazador” (2006). Allí trabajó acompañado de cuatro artistas, juntos fueron pegando trozos de cerámica de colores, piezas de vidrio, retazos de espejos y platos comprados en tiendas de productos chinos.
Pero no solo los gatos son parte de la obra pictórica de Tapia, el color es, su carta de presentación, demostrando su pasión y su propósito como pintor a través de él. Dueño de un color fuerte, vivaz, llamativo y no apto para retinas débiles. ¡Tapia es el dictador del color!
Su tránsito entre pinceles, lienzos, gatos y colores inició formalmente en 1992, en una pequeña galería josefina, “Paradoxes”. La exposición se llamó “Horror Vacui”, donde presentó una serie de dibujos que ya prefiguraban su estilo personal: saturado, maximalista y pleno. Durante un mes, quienes asistieron a la muestra, pudieron confirmar lo que se declaraba en la modesta hoja que hacía las veces de invitación y catálogo: “Con una fascinación que a ratos se transforma en un morboso terror por el espacio vacío, la clásica herencia del ser costarricenses. […]. El artista altera el comportamiento del color, contra el mito popular de que el buen arte tiene que ser aburrido” (Miguel Casafont, junio de 1992).

Como artista constante y comprometido, con frecuencia ha presentado su trabajo en exposiciones individuales, tanto en la Galería Nacional como en la Galería Valanti. En esta última, Tapia experimentó el mecenazgo y apoyo de sus propietarios y siempre fue recibido con cariño y admiración.
El currículum de Tapia no se limita a trabajar de forma comprometida desde las artes plásticas, también se desempeñó en sus inicios como diseñador e ilustrador. Es en palabras del propio artista “un escritor que debe ser mantenido por el pintor”.
El paisaje
Uno de los artistas más urbanos, pinta paisajes, pero no paisajes de ciudades, sino aquellos que han sido parte de la tradición costarricense. Y conforme, Carlos Tapia avanzaba en su proceso creativo, el paisaje adquiría un papel protagónico y llegaba a ser cada vez más intenso.
San José, la ciudad de sus afectos, está rodeado de montañas, cielos azules en marzo y grises en octubre, áreas de conservación, ríos y una rica flora y fauna; es una ciudad insertada en el trópico, ¡un paraíso terrenal criollo! Este paisaje es parte del ser costarricense y de quienes lo visitan, al fin y al cabo, el país se promociona como un lugar donde la naturaleza es la protagonista, dispuesta a mostrar su mejor aspecto al turista.
Así los primeros habitantes del territorio que hoy es Costa Rica, recrearon en bellísimas piezas de barro, jade, oro y piedra su entorno; las aves, los mamíferos y los reptiles, todos ellos con un simbolismo que acompañaba sus creencias. Hacia finales del siglo XIX llegaron los primeros pintores europeos a Costa Rica y en sus trabajos fue visible la exuberante naturaleza de las costas, los valles y las montañas. Hoy los artistas de nuevas generaciones no se abstraen de pintar su naturaleza en cualquier de los lenguajes contemporáneos. El paisaje con sus diversas lecturas está presente en el corpus de la historia del arte costarricense.
En Costa Rica, en particular, el paisaje surge como una necesidad del arte, de “crear” un tema nacional. Fue el argumento ideal que calzaba en el pensamiento del siglo XX, donde la confirmación del Estado Nacional, necesitaba de un referente visual.
La historiadora del arte Eugenia Zavaleta, en su publicación, “La patria en el paisaje costarricense”, propone como punto de partida este tema, a finales del siglo XIX, con la literatura principalmente. Figuras como Manuel González Zeledón (Cuentos de Magón,1947) y Aquileo J. Echeverría (Concherías, 1905), “buscaron inspirarse en lo costarricense, en lo autóctono, más que había una gran ignorancia con respecto al propio entorno y a la propia historia”.
Es gracias a las Exposiciones de Artes Plásticas, que se realizaron en el Teatro Nacional entre 1928 - 1937, que el paisaje empezó a tomar fuerza y la casa de adobes alcanzó protagonismo en la pintura. El ambiente que las envolvía se tornó utópico: las casitas, “lucen como construcciones recién edificadas que solo unos días atrás fueron pintadas. La naturaleza las rodea, pero correctamente dispuesta. Además, está plasmada con exaltada exuberancia; árboles, vegetación y montañas protagonizan vivacidad, plenitud e imponencia, bajo un límpido cielo […]. La quietud y la paz imperan”, escribe.
Los pintores, por su parte, trabajan el paisaje con múltiples miradas, desde la casa de adobes de Fausto Pacheco (1899 - 1966), los cerros de Escazú de Margarita Bertheau (1913—1975) y Dinorah Bolandi (1923 – 2004), los manglares de Teodorico Quirós (1897 - 1977), los paisajes heredianos de Federico Herrero (1978) o desde la ficción los cuadros hiperrealistas de Tomás Sánchez (1948). De pronto el paisaje se convierte en una obsesión, de la que no se exime casi ningún artista.
El color fuerte que rompe con los cánones de la época se ve en algunas acuarelas de Bertheau (Sin título [Paisaje de Escazú]. 1958. Acuarela sobre papel. Colección particular), pero sobre todo en los óleos que realiza Manuel de la Cruz González (1909—1986) a su regreso de Maracaibo, Venezuela. La casa de adobes como tema constante se transforma en espacios donde el color es protagonista y marca distancia con los trabajos anteriores (Paisaje con casa, 1977. Óleo sobre Durpanel, 62x47 cm). Ambos, Bertheau y de La Cruz rompen con los cánones establecidos por el discurso de la construcción del Estado Nacional.
Sin saberlo, Tapia tomaba esta “estafeta” y llevaría el color a otro nivel. Sus paisajes no tienen relación con los artistas de la Generación Nacionalista o con aquellos que con sus pintorescos sombreros salen a pintar al aire libre. Incluso su forma de trabajar es diferente, corresponde más a su tiempo: el paisaje original que Tapia quiere pintar, habita en internet. El artista lo confirma: “navego en internet, empiezo a ver fotos y la que me vuelca el corazón la meto en una carpeta, las imprimo y este papel se transforma en una referencia de lo que será mi paisaje”. El cerro Urán es una explosión de colores cálidos, una playa se vuelve rosada en Puerto Viejo, o los Canales del Tortuguero que son un estallido de rojos y verdes. Sin embargo, esa explosión tiene técnica y teoría.

El color
Sus colores no son gratuitos. Es un admirador absoluto del artista inglés David Hockney (1937 - 2026), y de los expresionistas alemanes de la primera mitad del siglo XX. Del primero tomó su gusto por los colores brillantes, las líneas gruesas y oscuras y las pinceladas fuertes, así como “la herramienta psicológica y emocional que transforma la cotidianidad en una experiencia visual vibrante y luminosa”. La utilización de fuertes contrastes, entre tonos cálidos y fríos (como el azul brillante del agua frente a amarillos y naranjas) le permite al pintor inglés, incorporar volumen y movimiento a superficies planas.
De los expresionistas alemanes, se fijó en el color que dejó de ser el instrumento para imitar la realidad y se convirtió en una fuerza viva y autónoma para transmitir emociones intensas, angustia y estados psicológicos.
El estilo expresionista del grupo alemán “Die Brücke” (El puente), caracterizado por la simplificación formal y el uso arbitrario del color, en particular en los trabajos de Ernst Ludwig Kirchner (1880 – 1938), donde las pinceladas gruesas e intensas son una inspiración constante para Tapia. Ejemplo más que conocido es el Retrato de Fränzi sentada en una silla tallada (1910. Óleo sobre lienzo, 71 x 49.5 cm. Museo Nacional Thyssen – Bornemisza, Madrid): “[…] La joven mira desafiante con su rosto definido a base de gruesas pinceladas antinaturalistas de un intenso color verde. La aplicación del color con pinceladas gruesas formando grandes superficies, delimitadas por líneas negras o por zonas de lienzo sin cubrir para acentuar la bidimensionalidad de la composición”, se hacen evidentes en los trabajos de Tapia.
¿Acaso sin saberlo Tapia Fernández, asume las emociones que sobresalen en los expresionistas, sobre todo hoy, que las transformaciones de la sociedad, la inmediatez de los sucesos y el constante bombardeo de noticias (falsas o reales), obliga a las personas a crear ese escudo protector? ¿Un escudo protector de color? Por supuesto que sí, porque con cada pincelada, densa y pastosa, el artista refuerza su condición, en este mundo que cada día cambia de paradigma.
Trece paisajes costarricenses
Hoy el arte se articula desde una comprensión conceptual y no conceptual de la realidad. Por eso se habla de un nuevo paradigma de investigación que permiten crear nuevas discusiones metodológicas interdisciplinarias sobre el arte y la pintura. El filósofo, escritor, curador y artista visual, Alejandro León Cannock (Aix-Marseille Université) habla de “investigación en arte, investigación desde el arte e investigación artística”. Así las exposiciones no sólo producen “relatos sobre el arte y sus artífices”, sino que fuera del relato del ambiente académico provoca reflexiones que crean transformaciones. Al final, una exposición debe acercar al público y generar un diálogo en el que la mayoría de las veces, el artista no está presente. De ahí la capacidad de la pieza de comunicar con las formas, el tema y el color, y también mediante el silencio. Sin embargo, las pinturas de Tapia, gritan a través del descontento. No es un grito de
dolor, es una oda al color, al paisaje y las emociones que el artista gesta desde del rincón -ahora iluminado- de su nuevo taller en Turrialba. Ahí entre las montañas, el campo, el sonido de las campanas y sus gatos, Tapia se reencontró con la paz y tranquilidad que tal vez a veces San José no le permitía.
La Galería Nacional acoge en su Sala VIII, trece telas sobre acrílico de mediano formato. Ellas son la representación y síntesis de Carlos Tapia, hecha paisaje. Cerro Pelado, Mangales, Chirripó, representan la conclusión de años de trabajo. En cada lienzo el paisaje es protagonista. En ellos se resume la ideología y estética del artista: el “horror vacui” y el color. Porque solo generando nuevos lenguajes puede un pintor como Tapia, diferenciarse de aquellos que representan el paisaje realista, el paisaje abstracto e incluso aquel pensado como revelación social y política. Así logra establecer un nexo indisoluble entre su pintura y el paisaje, la técnica y el pensamiento.

El conjunto establece un diálogo entre la naturaleza costarricense y la retina acentuada que logró transitar entre los canales del Tortuguero, el Cerro Pelón o las faldas del volcán Turrialba. Esta última pintura corresponde a una de las últimas erupciones del volcán que con sus fumarolas ácidas quemaron el bosque a sus faldas. En el caso de Cerro Pelón, es un cuadro que no se gesta desde el internet, más bien Tapia, lo camina, los siente y lo sueña. En “Punta Uva”, Tapia convierte una isla en un rompecabezas de colores y líneas coronadas por una vegetación prominente y desordenada.
En todos los cuadros el balance entre colores cálidos - muy cálidos - y fríos (verdes y azules), equilibra el exceso y limita el ahogo. Sin embargo, las gamas de rojos, naranjas y amarillos “quema” los cuadros y el fuego toma un protagonismo que hace que ese silencio se convierte en crepitar, crujir y rugir, ¿será que el artista está haciendo un llamado de atención desesperado ante el cambio climático? O tal vez quiere gritar desde su fuero interno la desesperanza y temor ante un mundo donde domina la incertidumbre. Así cada pieza de esta muestra, es prueba evidente de la más profunda reflexión de Carlos Tapia que nos presenta sus “Trece paisajes costarricenses” como colofón a una larga etapa de su vida, que eventualmente abrirá nuevas puertas a su mundo, desde su origen.
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Trece paisajes costarricenses. Carlos Tapia
Galería Nacional, Sala VIII
