Antes de convertirse en escultor, Franklin Zúñiga Jiménez aprendió a mirar el mundo. Lo hizo en la calle, entre personas, materiales y experiencias que difícilmente caben en una escuela de arte. También lo hizo en los talleres de su familia, donde el oficio se transmitía de una generación a otra y donde aprendió que las manos no trabajan separadas del pensamiento.
Décadas después, al conversar sobre su trayectoria con el filósofo Alexander Jiménez y la escultora Francis Abarca, Zúñiga encontró una manera de comprender mejor aquello que había buscado durante toda su vida: comunicarse con los demás.
“Me interesa mucho la gente, me interesa mucho la humanidad, me interesa mucho conectarme con la gente, sentir que le puedo decir a alguien por medio del arte, con obras y contar cuentos que van más allá de una historia escrita”, explicó el artista.
Esa reflexión es uno de los hilos que atraviesan Franklin Zúñiga Jiménez: todos los materiales de un mundo (Editorial Arlekin), un libro escrito por Jiménez, director de la Editorial de la Universidad de Costa Rica (UCR), y Abarca, que se propone acercarse a la obra del escultor desde un lugar distinto al de una biografía convencional o un catálogo de piezas.
La publicación, de la editorial Alquín, es un libro bastante imponente, de unas dos cuartas de altura, tapa dura, con papel de fotografía (las imágenes son de Esteban Chinchilla) y un diseño en el que las imágenes ilustran la vida artística de Zúñiga al lado de textos que hacen el ejercicio de un perfil periodístico.

El origen del proyecto fue, curiosamente, otra investigación. Jiménez acababa de escribir un libro sobre Max Goldenberg, músico nicoyano, cuando una experiencia con una obra pública de Zúñiga, en Nosara, despertó su interés por conocer más sobre el escultor.
A partir de aquella observación surgió la posibilidad de investigar su trabajo. El artista recibió la propuesta con entusiasmo y abrió las puertas de sus talleres para conversar con los autores.
El proceso tomó cuatro años. Durante más de dos, Jiménez y Abarca sostuvieron conversaciones con Zúñiga en distintos momentos y lugares. Después vino el trabajo de transcribir, editar y organizar los testimonios, además de revisar los textos que ya se habían publicado sobre el escultor, estudiar sus propios apuntes y cuadernos y observar sus obras.
“Es un libro en el que la voz de Franklin ocupa la central. Eso para mí es muy importante: que Franklin pudiera dibujar su trayectoria”, señaló Jiménez.
El resultado no pretende explicar las esculturas desde una distancia académica, sino acercarse a las condiciones que las hicieron posibles. Para Jiménez, una obra puede parecer el resultado de la imaginación individual de un artista, pero detrás de ella suele existir una red de personas, conocimientos y experiencias.
“Es un libro en el cual uno puede comprender que nadie crea a solas”, afirmó.
La calle como escuela

Nacido en Alajuela el 10 de junio de 1956, Zúñiga creció en una familia de artesanos y escultores que ha dejado una huella en la historia artística costarricense. Su padre, Manuel María Zúñiga Rodríguez, fue maestro de varias generaciones de escultores, entre ellos su propio hijo.
Ese legado familiar es una de las claves del libro. Los talleres no eran únicamente lugares para fabricar piezas: también eran espacios de aprendizaje, convivencia y transmisión de conocimientos. Allí, el oficio se aprendía mediante la observación, la práctica y el contacto cotidiano con otros.
Jiménez considera que esa experiencia permite cuestionar una idea arraigada sobre el origen del arte: la creencia de que los grandes artistas necesariamente provienen de ambientes privilegiados o de instituciones prestigiosas.
“Siempre hay posibilidad de que las cosas más significativas provengan de una base popular profunda, en su caso”, explicó el filósofo.
La familia de Zúñiga se dedicaba a la imaginería religiosa, una tradición que contribuyó a formar una generación de escultores. A partir de ese entorno, Franklin y su hermano Edgar desarrollaron sus propios caminos creativos.
El artista recuerda que, durante su infancia, prefería la calle a la escuela. No se trataba de rechazar el aprendizaje, sino de encontrarlo también fuera de las aulas, en los juegos, las amistades y la convivencia con otras familias.
Esa relación con el entorno terminaría manifestándose en su trabajo con materiales encontrados y en su interés por la escultura pública. La calle, entendida como un espacio de encuentro con los demás, se convirtió en una fuente de experiencias que alimentaron su imaginación.
Para Jiménez, el libro permite observar cómo se construye un mundo creativo a partir de esos intercambios. Además de la familia y los talleres, en la trayectoria de Zúñiga aparecen otros escultores, la universidad y las relaciones con el mundo político y cultural.
“Detrás de esa potencia y de esa creatividad hay otro mundo, un mundo que lo ha acompañado”, señaló.
El arte como conversación
Para Zúñiga, revisar su vida durante las entrevistas también fue una experiencia de descubrimiento personal. Las conversaciones le permitieron preguntarse por qué había tomado determinadas decisiones, qué lo había llevado a trabajar con ciertos materiales y qué buscaba comunicar con sus esculturas.
Comprendió que, más allá de las formas, siempre había intentado expresar una preocupación por la existencia humana.
“Somos uno en la humanidad, somos uno en la Tierra”, resumió al explicar su interés por incorporar elementos de distintas culturas y civilizaciones a su trabajo.
El artista ha experimentado con bronce, acero, ferrocemento e instalaciones multimedia. También fue pionero en la instalación de su propia fundición para producir esculturas en bronce y desarrolló obras monumentales para espacios públicos.
Entre sus trabajos figuran piezas instaladas en el parque La Sabana y los Tribunales de Justicia de Alajuela, así como obras en Ecatepec, México. Su trayectoria incluye el primer premio en el Concurso Internacional de Escultura en Nieve de Quebec, en 1991, y el primer premio y la medalla de oro en Montreal, Canadá, en 1992. Su obra forma parte, además, de la colección permanente del Museo de Arte de las Américas de la Organización de los Estados Americanos, en Washington.
Pero el reconocimiento no es lo que Zúñiga identifica como el principal propósito de su trabajo. Lo que desea es establecer una comunicación con quienes observan sus piezas, transmitir ideas y contribuir a que las personas reflexionen sobre su relación con el mundo.
“Lo que uno necesita y desea es transmitir pensamiento, poder conversar con la gente con una obra musical, con una obra de teatro, con una obra de arte, con cualquier cosa”, expresó.
Esa intención también explica su preocupación por las condiciones actuales para la creación artística en Costa Rica. Zúñiga recuerda una época, particularmente durante los años ochenta, en la que percibía una mayor actividad cultural y más espacios para las artes. Ahora lamenta las dificultades que enfrentan los creadores, en un contexto de recortes presupuestarios.
Aun así, considera que la falta de recursos no tiene por qué impedir la creación. “Yo mismo ha trabajado con materiales desechados y ha encontrado en ellos nuevas posibilidades expresivas. Se trata de imaginar”.
“Precisamente, este libro me enorgullece mucho porque sí logró darle en el clavo con ese transmitir pensamiento, ese intercambiar ideas con la gente, pero especialmente siento que el libro va dirigido a jóvenes, a nuevas generaciones”, dijo.
El escultor observa que los espacios de aprendizaje que conoció durante su formación han cambiado y que los talleres tradicionales ya no ocupan el mismo lugar en la experiencia de muchos estudiantes. Para él, la relación directa entre maestro y discípulo tenía un valor difícil de sustituir.
Aunque reconoce las posibilidades que ofrecen internet y las redes sociales, defiende la importancia de dejar un registro material de los conocimientos y las experiencias de quienes han dedicado su vida a un oficio.
El libro recoge parte de esa memoria y la pone a disposición de quienes buscan su propio lenguaje artístico. No ofrece una fórmula para repetir la trayectoria de Zúñiga, sino la posibilidad de conocer cómo fue construyendo su camino.
Jiménez coincide en que esa puede ser una de las principales enseñanzas de la publicación. El artista sigue trabajando con otras personas, compartiendo lo que sabe y participando de una dinámica colectiva que, según el filósofo, ha sido fundamental desde sus primeros años.
“Aun cuando uno tenga la idea más genial, si no está cerca y profundamente unido a otras personas, no lo va a lograr”, afirmó.
Zúñiga, por su parte, resume su propósito en una palabra: “se trata de compartir. Desde los juegos de la infancia hasta el trabajo en los talleres”.
Actualmente trabaja en 30 piezas inéditas que espera presentar en una exposición el próximo año. Mientras continúa creando, el libro deja constancia de una trayectoria que no se explica únicamente a través de sus esculturas, sino también mediante las personas, los lugares y los aprendizajes que las hicieron posibles.
Es en ese sentido que Todos los materiales de un mundo no busca cerrar la historia de Franklin Zúñiga, sino abrirla.
Puede conseguir el libro a través del teléfono 8379-8166 con Pamela Zuñiga. La obra tiene un valor de ¢30.000.
